Los olivos

Rafael-José Díez

Rafael-José Díaz (Tenerife, 1971) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Entre 1995 y 2000 fue lector de español en las universidades de Jena y Leipzig (Alemania). Actualmente es profesor de instituto en Tenerife. Es autor de siete libros de poemas, el último de los cuales, titulado ‘Un sudario’, apareció en ‘Pre-Textos’ en 2015. Ha publicado tres entregas de su diario, el libro de ensayos ‘Rutas y rituales’, los conjuntos de relatos ‘Algunas de mis tumbas’ y ‘El letargo’, la novela ‘El interior del párpado’ y una recopilación de textos en prosa titulada ‘Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta’. Igualmente, ha dado a conocer traducciones al español de autores como Arthur Schopenhauer, Philippe Jaccottet, Hermann Broch, Pierre Klossowski o Gustave Roud. En su blog Travesías publica desde 2010 relatos, apuntes, aforismos y ensayos.

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En uno de esos días en los que las vacaciones aún no han empezado, pero ya están al caer, seguro que saben de lo que hablo: de cierta sensación de frágil libertad, de la conciencia de una expansión inesperada; en uno de esos días tan especiales, un hombre se sienta a tomar una cerveza en una terraza poco concurrida. Véanlo ahí, sin ningún misterio, provisto de una bolsa de gran tamaño en la que lleva dos radiografías de tórax –frontal y lateral, lo acostumbrado–, un libro, un estuche con sus gafas de sol, una factura. Todo vulgar, todo anodino, sin interés, sin gracia. Es por la tarde, a una hora ya avanzada en la que todavía hay luz natural para que ese hombre saque su libro, que ha comprado un par de horas antes, y lo empiece a leer. Así lo hace: véanlo. Ha hecho lo mismo otras muchas veces en su vida, y no hay nada que podamos subrayar de una acción semejante: quizá tan sólo la extrañeza cada vez mayor que produce ver a alguien leyendo en la vía pública, o simplemente leyendo donde quiera que sea, alguien que, sentado solo, no consulta su móvil sino que lee un libro. La terraza en la que ese hombre está sentado pertenece a un bar como tantos otros, uno de esos establecimientos pertrechados de una barra alargada, unas cuantas sillas altas y un camarero chino que prepara cafés de mala muerte o barraquitos. La luz afuera no es la mejor para leer. La singularidad de esa terraza reside en que quizá sea la única de toda la ciudad situada bajo una fila de olivos. Seis olivos –y el hombre que lee intenta recordar en vano otros olivos plantados en la misma ciudad– jalonan el comienzo de una de las calles comerciales más transitadas. Un poco más allá, la plaza que todas las guías consideran la más bella del lugar, o al menos la más animada, un rectángulo ajardinado cuyo centro ocupa una fuente a la que parecen haberse encaramado unos cuantos ángeles sonrientes. En uno de los bancos que conviven con las mesas de la terraza está sentado otro hombre, alguien a quien podría considerarse el prototipo del desheredado propio de esta ciudad: enjuto, con camisa de manga larga de una talla mayor que la suya, casi siempre de rayas, con la piel tostada, el pelo corto, aceitoso, la nariz afilada, enrojecida, entre treinta y cincuenta años, con un cigarrillo colgando de la mano izquierda, que cae sin gracia por fuera del apoyabrazos del banco, la mirada perdida, la otra mano entretenida en dar golpecitos periódicos al respaldo del brazo con una vaga finalidad musical que materializa con el sonido metálico de lo que podría ser quizá un anillo o, mejor, una pulsera. Un tintineo que llega a ser cansino y que constituye un trasfondo típico para ese momento y ese lugar precisos. La musiquita. Después de un rato, ese hombre se levanta, tira al suelo la colilla, agarra con ambas manos, por encima de su cabeza, una de las ramas del olivo, se sostiene de ella como si de una barra olímpica se tratara, se estira, y el entumecimiento parece consustancial a su cuerpo, un cuerpo que podría llevar quizá horas sentado en ese banco, abandonado a la cadencia de una mano que golpea la madera y le saca una canción con un anillo de bisutería. Todos agradecen, de algún modo, que ese hombre se vaya, pues había llegado a resultar cargante su musiquilla sin encanto. El otro, el lector, ha guardado su libro, quizá porque ahora sí que ya apenas hay luz para leer. Véanlo cómo se dedica a seguir la estela de la gente que pasa: jóvenes con camisetas que les llegan a las rodillas y gorras que les ocultan buena parte de la cara, mujeres de mediana edad que llevan en el rostro, marcada a fuego, la oportunidad desvanecida años atrás, parejas de ancianos que deambulan como si la vida pudiera llevarlos todavía a otro lugar, hombres solitarios que no desearían volver nunca a sus casas por miedo a encontrarse con su propia sombra recostada en el sofá. Silencioso, en la mesa de al lado se ha sentado otro hombre, uno de esos solitarios que piden una cerveza, pasan quince minutos distraídos mirando también a la gente que pasa y luego se van como si su presencia allí hubiera sido tan etérea como la de un fantasma. Los olivos dan más sombra que otros árboles: parecen comerse la luz que los rodea. Esa terraza es como la avanzadilla de la oscuridad, de lo que ocupa luego, poco a poco, sigiloso, el resto de la calle, la plaza, los rostros. Quienes allí se sientan parecen sufrir algún tipo de mutismo. En la mesa de al lado, junto al lector que ya no lee, una anciana conversa, pero conversar es en este caso un decir, con una mujer de mediana edad. Esta última no habla, escribe la parte que le corresponde en el diálogo en unos papeles que va arrancando y que la anciana lee en voz alta antes de contestarle. Padece, al parecer, las secuelas de una operación de garganta, pues a veces se le oye una voz ronca, muy impedida, que la anciana casi parece incapaz de escuchar, pues con frecuencia la instiga a ofrecerle más papeles, escríbemelo, dice, pónmelo por escrito, le grita, y la mujer de mediana edad vuelve a coger el taco de papeles y escribe con letra no siempre inteligible –“¿qué pone aquí?, ¿ansia?, entonces le faltaría una i”– lo que quiere decir. No hay forma de saber qué piensa el hombre que ha guardado su libro, quizá no piensa en nada, quizá se siente tan vacío como el tórax de la radiografía, un mero armazón de huesos enganchados los unos a los otros con carne delicuescente dentro, algo que podría no estar ahí, una imagen adherida al papel fotográfico de la vida. La cerveza está deliciosa, bien fresquita, y eso que es de la marca local que tantas decepciones le ha procurado. Estirarse y colgar de un árbol, de un olivo, en concreto, eso sería lo que quisiera hacer, repiquetear obstinadamente la canción y luego irse con la música a otra parte, como aquel, como el desheredado que se marchó de allí tambaleándose. Los olivos son árboles que inspiran calma, comunión. Arrancarse de ellos es arrojarse a la ciudad. Se estaba tan bien allí, pensó. Recuérdenlo.

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