Aniversario

Luis Rivero

Luis Rivero Afonso (Las Palmas de Gran Canaria) es licenciado en Derecho por la ULL, master en Derecho de la Unión Europea por la UC3M y exabogado. Actualmente está dedicado al estudio e investigación independiente y a la creación literaria, y vive entre Italia y Gran Canaria. Es narrador, articulista y traductor. Tiene publicados, entre otros títulos, la novela ‘El letargo’ (Mercurio, 2015), los libros de relatos ‘Vivir del cuento’ (Mercurio, 2015) y ‘La campana de cristal’ (Idea Aguere, 2012), y el ensayo ‘Vocabulario satírico de español urgente’ (Idea, 2015). Acaba de publicar ‘Historias sefardíes’.

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Apenas guardo memoria de aquel encuentro, más allá del aroma a café bueno que llegaba desde el bar frente al que nos encontramos. Serían las ocho pasadas, porque la gente iba con prisa y rostro soñoliento y serio. Como el que apura el tiempo justo que le queda para llegar a la oficina.

Nos debimos de saludar en la misma puerta. Imagino que lo haríamos con la cordialidad mínima que exigía el reencuentro, pero sin aspavientos. El coronel vestía de paisano como siempre, de eso también me acuerdo.

[…]

A partir de aquí todo fluye en mi memoria como imágenes en un cinematógrafo.

Sin mediar palabra, salimos hacia la estación. Por momentos tuve la impresión de que el coronel ignoraba mi presencia, como si se abandonara absorto a sus pensamientos y yo estuviera ausente.

Maruana, rezagado, nos alcanzó por el camino, con su aspecto bohemio y trasnochador de siempre. Juan Prieto estaba delante de la estación esperando. Cuando llegamos nos sonrió con levedad, como para evitar el intercambio de frases formales y entretenimientos. El coronel dijo: «Estamos». Nos miramos unos a otros y sin más comentarios, atravesamos el hall y subimos al tren.

«No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que el tren se detuvo en nuestra parada de destino»

Esperamos la partida observando a través de los cristales el andar frenético de la gente en el andén. Sonó un silbato, y seguido, el coche se movió dando un respingo y arrancó dubitativo. El coronel miró su reloj como si verificara la salida en horario. Me pareció un hábito de viejo melindroso que ya no tiene otras cosas con las que entretenerse. El reloj de la estación lo confirmaba. Tanta puntualidad dio la impresión de que no estábamos donde estábamos. Me hizo pensar en algún lugar de Centroeuropa.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que el tren se detuvo en nuestra parada de destino. Descendimos ligeritos, como temerosos de que la falta de diligencia nos obligara a seguir el trayecto. Aquella estación de cercanías tenía la humana dimensión de la que carecen las grandes aglomeraciones urbanas. Había flores en los parterres y un jardín con césped bien cuidado a la entrada. Sin demora cogimos un taxi en la parada de enfrente. El coronel ordenó al taxista que se detuviera delante de una floristería, unas cuadras más adelante. Después pidió a Maruana que comprara flores.

– ¿Qué flores compro, coronel? –preguntó Maruana–.

– Las que más te gusten, basta que no sean crisantemos –le respondió casi con desdén–.

En tanto, el coronel descendió del coche y entró en una tienda de licores a canto a la florería. Al poco retornó con una botella envuelta en papel. Por la forma intuí que se trataba de brandy. Juan Prieto permanecería en el taxi, con su maletín viejo de funcionario bien agarrado entre los brazos y estrechándolo contra el pecho. Como si guardara en él algo valioso. Poco después regresó Maruana con un ramo de rosas rojas.

«Sólo se escuchó el sonido sereno del cristal al chocar. La mía quedó sobre el mármol, evaporándose, lentamente»

Era un siete de junio. Ahora lo recuerdo, porque coincidía con el cumpleaños de Leonor.

Proseguimos en el taxi hasta el cementerio, no muy lejos de la estación, en las afueras del pueblo. Cuando llegamos ya estaba abierto. El olor a hierba tallada advertía que algún jardinero se empeñaba en mantener adecentado el campo santo. A aquellas horas no se veía a nadie. Nos dirigimos a la zona de los panteones ilustres.

Sobre la tumba de mármol blanco languidecía un ramo de flores resecas junto a la inscripción de una fecha y un nombre del que no consigo acordarme. El coronel hizo un gesto con la cabeza requiriendo a Maruana que las retirara y colocara las rosas en su lugar. Maruana se llevó el recipiente con las flores secas. Al poco volvió con el florero lleno de agua y dispuso el ramo en sesgo decorativo y con elegancia.

Juan Prieto sacó cuatro vasos de cristal de su maletín y los posó con delicadeza sobre el mármol, todavía frío a aquellas horas de la mañana. En tanto, el coronel descorchó pensativo la botella de brandy. Entonces pude percibir con nostalgia el vaho añejo que exhala el licor, entremezclado con el perfume a rosas y los efluvios de la hierba segada que llegaban desde el prado. El coronel sirvió solemne las cuatro copas parejas. Cada uno levantó la suya y brindaron en silencio. Sólo se escuchó el sonido sereno del cristal al chocar. La mía quedó sobre el mármol, evaporándose, lentamente.

Es el mismo pensamiento indolente que me aborda cada año por estas fechas. Después, ellos se marchan. Yo me quedo aquí, en silencio, como varado en el tiempo.

****

[Post Scriptum: Leí una vez, hace muchos años, que en un pequeño cementerio de la localidad de Baltimore, donde está enterrado el escritor Edgar Allan Poe, cada 19 de enero, por el aniversario de su nacimiento, aparecían en su tumba un ramo de rosas y una botella de brandy (de la marca preferida del poeta). Este misterio dio lugar a todo tipo de especulaciones durante décadas. El cuento está inspirado en aquel enigma].

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