Incertidumbre

Luin Henríquez

Luis Alberto Henríquez Hernández (Las Palmas de Gran Canaria, 1978 es doctor en Veterinaria y profesor de Toxicología en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Ese bagaje de conocimiento científico le es de mucha ayuda en los detalles de algunos de sus relatos. Ha publicado un relato breve en formato kindle y ha obtenido el primer premio del VII Premio de Relato Corto sobre vida universitaria (organizado por la Biblioteca Universitaria y el Vicerrectorado de Cultura y Deporte de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria). Ha obtenido el segundo premio en el I Certamen de Relato Erótico de Las Palmas (organizado por Talleres Socioculturales Canarias) y ha publicado dos relatos junto a otros autores en la antología ‘Por un puñado de zombis más’ (Colectivo Grafito). En febrero de 2017, y de la mano de CHIADO Editorial, sale a la luz ‘El perturbado del verbo’, una colección de relatos cortos de horror, terror, surrealismo, erotismo y humor negro que conforman la ópera prima del autor y su debut en el mundo editorial. Además de la escritura, cultiva otras artes, en especial la música. Junto a un puñado de amigos de siempre recorre los escenarios canarios y peninsulares con las canciones de sus bandas en activo: Creepy y Crimson Stone.

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El padre Damián meditaba encerrado en el confesionario, pasando distraídamente entre sus dedos las cuentas de hueso de un viejo rosario, arropados sus sentidos por el silencio de la roca y el olor de la madera. Era su momento preferido del día. Nadie acudiría ya a esas horas a solicitar penitencia, aunque las puertas de la parroquia permanecían todavía abiertas. Los últimos rayos de sol se filtraban a través de las vidrieras de colores que daban hacia el oeste, proyectando en el interior una miríada de luces psicodélicas que iban sucumbiendo irremediablemente a la oscuridad vespertina.

El recinto se quedaba poco a poco en penumbra, iluminado solo por algunas velas prendidas horas antes por los feligreses más devotos. La imagen de Santa Lucía era sin duda la más venerada, a tenor del número de candiles encendidos a sus pies. El padre Damián se había resistido a cambiar al nuevo sistema de monedas. Ese en el que echabas algunos céntimos y a cambio se encendían electrónicamente un número proporcional de bombillitas que imitaban la forma de una vela. Tanto pagas, tantos favores celestiales recibes. La imagen de la beata había sido restaurada hacía menos de una década. Ahora lucía un cutis perfecto. Sus ropajes de pan de oro y su corona plateada brillaban hasta encandilar. En su mano derecha portaba una espada que sujetaba por el mango a modo de puñal, con la punta hacia los infiernos. Apretaba contra su pecho una hoja de palma, mientras que en su mano izquierda llevaba un plato labrado dentro del cual había dos globos oculares. La mirada suplicante y misericordiosa de la imagen contrastaba con aquellos dos ojos inertes sin párpado, que tenían una expresión esquizoide y desquiciada. El sagrario de la ermita de Santa Lucía contaba con más de doscientos años de antigüedad. El hecho de que sobreviviera a un incendio y de que permaneciera intacto durante los años de guerra civil, le habían imbuido de un poder sobrenatural. Muchos feligreses —especialmente las mujeres más ancianas del lugar— decían que la mismísima mano del Altísimo había intercedido a favor del sanctasanctórum. El oratorio tenía, además, todos los elementos necesarios: un altar de piedra de cantería, un ambón de madera desde donde el padre Damián lanzaba sus sermones, un cirio pascual sobre un soporte de plata y un Cristo crucificado que presidia todo el recinto.

El cura abrió los ojos, devolviendo su mente a la realidad. La tarde daba paso a la noche y la oscuridad ganaba terreno inexorablemente. Se disponía a salir del confesionario y dar por terminada su labor pastoral cuando fue sorprendido por una voz.

—Ave María Purísima.

«El pueblo estaba hoy cargado de años, arrugas y canas. A esas horas de la tarde noche, la mayoría de los vecinos descansaría en sus mecedoras»

Se trataba de una voz masculina. Profunda a pesar del bajo volumen empleado. Una voz pausada. Extraña.

—Sin pecado concebida —respondió el padre Damián, que se había visto sobresaltado por una voz cuyo timbre no reconocía.

Silencio.

Una pausa necesaria para preparar los oídos del confesor e infundir valor a la lengua del pecador. El cura continuó—: Dime hijo, ¿qué tormentos te afligen?

—He pecado, padre.

A pesar de su historia y de su pasado, la ermita de Santa Lucía había vivido épocas más gloriosas. Hoy, apenas una veintena de feligreses acudían a recibir sacramento. El éxodo de la población a las ciudades y la enorme crisis de fe que sufría la Iglesia, habían hecho que cada domingo el número de asistentes fuera cada vez menor. Hacía años que en la ermita de Santa Lucía no se celebraba una comunión. A pesar de que algún vecino romántico decidía bautizar a sus hijos en la parroquia, lo cierto era que el padre Damián realizaba más funerales y rituales de extrema unción que bautizos y bodas. El pueblo estaba hoy cargado de años, arrugas y canas. A esas horas de la tarde noche, la mayoría de los vecinos descansaría en sus mecedoras, con las pantuflas puestas y una manta de lana a cuadros para combatir el frío del invierno que se cernía implacable. Habrían tomado su medicación y estarían esperando pacientemente la llegada del sueño frágil y doliente de los ancianos. El padre Damián conocía a su rebaño. Y por eso, aquella voz al otro lado del tupido entramado de madera le resultaba tan inquietante. Conocía a su rebaño, pero no identificaba a esta oveja.

—Entiendo —dijo el párroco—. ¿Has pecado de pensamiento, palabra, obra u omisión?

—He traicionado la confianza de Dios, padre.

—El Señor es misericordioso —dijo mirando de reojo a través del entablado que separaba la virtud de la vileza.

—No conmigo, padre. —La voz bajó aún más el volumen hasta convertirse en un susurro—. Me he suicidado.

«Incluso era posible que el pecador se hubiera expresado erróneamente»

Necesitó unos segundos para entender las palabras del doliente. Un tiempo que se había hecho eterno, congelado por un terror ancestral que invadía sus venas. El padre Damián apretaba con fuerza el rosario entre sus manos, buscando el valor en la fe. Cabía la posibilidad de que hubiera entendido mal al penitente. Incluso era posible que el pecador se hubiera expresado erróneamente. Pero algo en lo más profundo de su ser le decía que se encontraba ante un hecho extraordinario. Inquietante y paranormal. Atrás, los cuervos graznaban en el camposanto. Arriba, en el firmamento, la luna traía de la mano a las estrellas. Por fin, el párroco encontró las fuerzas necesarias para murmurar una respuesta. Palabras dubitativas. Inconexas. Confusas. A cambio, no recibió más que silencio. Una ola de sudor frío le empapó la sotana casi al instante. Un espasmo de horror le recorrió la espina dorsal, turbando su ánimo hasta el extremo.

—El Señor es mi pastor, nada me falta. —El padre Damián rezaba entre susurros—. En verdes pastos él me hace reposar. —Se agarraba a su credo para hacer frente a la situación—. Aunque pase por quebradas oscuras, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo con tu vara y tu bastón, y al verlas voy sin miedo.

Y así, se levantó de su silla y salió del confesionario. Una rápida ojeada al interior de la ermita le reveló lo que suponía. No había nadie. Cierto es que era muy sencillo esconderse entre los bancos de madera, detrás del altar o en la mismísima sacristía. Pero el cura sabía en su interior que un alma atribulada le había visitado.

La noche se hizo larga y tenebrosa. Sin pegar ojo. Apenas había descansado en un duermevela y una zozobra continua, con la luz de su mesilla encendida, el rosario en una mano y un libro de plegarias en la otra. ¿Por qué a él? El dogma de su fe descartaba el esoterismo, lo paranormal y lo ocultista. Eso incluía la brujería, la adivinación y los fantasmas. ¿Le estaba poniendo Dios ante una prueba? ¿Estaban siendo evaluadas sus creencias? El padre Damián revivía en su cabeza la conversación. ¿Podía estar seguro de lo ocurrido? Tal vez algún bromista se había colado en la parroquia sin que lo oyera. Era posible que la meditación vespertina se hubiera convertido en una siesta y que alguien quisiera darle un escarmiento por ello. En realidad, se lo tenía merecido. Por haber faltado a su compromiso con Dios y con sus feligreses. ¿Pero dónde se había escondido el burlón después? Lo cierto era que tardó una eternidad en salir del confesionario. El intruso tuvo tiempo de sobra para esconderse entre las sombras de la iglesia. Seguro que se trataba de eso. Y sí, se lo tenía merecido. Avanzada la madrugada, cuando el alba estaba a punto de despuntar en el este, el padre Damián decidió que iría a una parroquia cercana a confesar sus faltas y sus debilidades. Hasta entonces, compensaría sus flaquezas con un ayuno estricto. Solo tras ese pensamiento, su corazón abatido encontró el consuelo suficiente para descansar.

«Había conocido y enterrado a muchos de los que allí yacían. Las tumbas lucían descuidadas, invadidas por el musgo y cinceladas por el paso inexorable del tiempo»

La mañana era fría. Los cipreses del cementerio se agitaban pesarosos, mecidos por una brisa helada. Lánguidos y abatidos, emitían un sonido lastimero con el movimiento de sus hojas. El padre Damián contemplaba desde el ventanuco de su habitación la extensión sagrada de terreno que quedaba detrás de la parroquia. Había conocido y enterrado a muchos de los que allí yacían. Las tumbas lucían descuidadas, invadidas por el musgo y cinceladas por el paso inexorable del tiempo. Dentro de algunos años, recibiría sepultura el último habitante vivo del pueblo, y después, él tendría que irse a otro sitio. Eso si no moría antes, claro. Le pediría al obispo de su diócesis que le permitiera recluirse los últimos años de su vida en algún monasterio. Se sentía cansado. Y vacío. Así no podía cumplir la misión pastoral que le había sido encomendada el día que fue ordenado sacerdote. Pasaría los últimos años de su vida consagrado a la oración, al estudio y a la meditación. Alejado de problemas mundanos y de la rutina anodina del día a día.

La casa en la que habitaba el padre Damián era un anexo a la parroquia. El ayuno penitente había comenzado, así que era hora de ponerse el hábito y dedicarse a los quehaceres diarios: abrir las puertas de la parroquia, cambiar el agua de las flores —en el altar y bajo las imágenes—, comprobar que no hubiese velas desgastadas, recoger el cepillo, encender incienso y asegurarse de que todo estuviera listo para la misa diaria. Los pasos del sacerdote retumbaban en la nave central. De repente, allí, en la que había sido su casa los últimos cuarenta años, se sentía como un extraño. Contempló entristecido su mundo. Aparte de la imagen de Santa Lucía, la ermita contaba con una imagen de San Sebastián. Tan joven y tan guapo. Con su torso atlético al descubierto, descalzo y amarrado a un árbol. Inmovilizado por las muñecas con una cuerda de cáñamo. Atravesado y perforado por media docena de flechas que se habían clavado en piernas, brazos, pecho y abdomen. Heridas que chorreaban sangre. El dolor y el sufrimiento como parte de la beatificación. La ermita contaba con una serie de cuadros que recorrían ordenadamente las paredes del lugar, representando las diferentes estaciones del via crucis del Nazareno. Por último, una pila bautismal, seca como la tierra pedregosa de la parábola del sembrador, completaba la decoración interior de la parroquia de Santa Lucía. Allí, entre esas cuatro paredes y entre tantas representaciones de dolor y sufrimiento, había pasado la práctica totalidad de su vida adulta. ¿Habría sido suficiente para salvar su alma? Porque en ese instante, y en ese lugar, el padre Damián tuvo la sensación de haber desperdiciado su existencia.

¿Por qué se habría suicidado? El pensamiento le abordó de forma repentina. Y aunque estuvo ese día y los siguientes rechazando la cuestión, la pregunta le asaltaba una y otra vez. ¿Por qué se habría suicidado? ¿Y cómo lo habría hecho?

En los días sucesivos, el ánimo del padre Damián se había ido resquebrajando sin remedio. Cediendo bajo el peso de las dudas. Doblándose por la carga de la incertidumbre. El cura sentía como si estuviera en mitad de un lago helado. Allí donde la orilla más cercana estaba a decenas de metros de distancia. Justo en el punto exacto donde la capa de hielo era más fina. El lugar más débil e inestable. El sacerdote notaba el hielo crujir bajo sus pies, amenazando con romperse y dejarle caer a las gélidas aguas del desasosiego y la desesperanza, donde se hundiría sin remedio, lastrado por el peso de una sotana negra como su destino, que lejos de mantenerlo a flote y salvarlo, le arrastraría sin remedio hasta lo más profundo del abismo.

«Aunque tenía el rosario entre los dedos, no rezaba ni oraba»

Esa tarde, el padre Damián estaba como de costumbre en el confesionario. Aunque tenía el rosario entre los dedos, no rezaba ni oraba. Contaba una y otra vez las cincuenta y nueve bolas de hueso que conformaban el santo objeto. Hastiado y con su espíritu muy lejos de Santa Lucía, San Sebastián y del mismísimo Todopoderoso.

—Ave María Purísima.

Reconoció la voz al instante. Notó cómo se le formaba un nudo en el estómago. Por fin. Por fin había vuelto —se dijo. El terror inicial dio paso a un estado de ansiedad difícilmente controlable. El sacerdote permanecía cabizbajo, con la mirada clavada en sus propias manos, sin atreverse a encarar a aquel o aquello que estuviera al otro lado de la celosía de madera que separaba el habitáculo del cura del habitáculo del penitente.

—Sin pecado concebida —dijo el párroco, sobrecogido.

—He pecado, padre —continuó aquella voz, en los mismos términos que días atrás—. He traicionado la confianza de Dios. —Y acto seguido—: me he suicidado.

Había llegado el momento. El señor es mi pastor, nada me falta.

—El suicidio es una falta grave ante los ojos del Señor. Es algo moralmente inaceptable. —El padre Damián había iniciado una perorata, como si le hablara a cualquiera de sus feligreses—. Ya lo dijo San Agustín: “suicidarse es rechazar el dominio de Dios sobre la propia existencia”.

—Lo sé, padre.

La interrupción le cogió por sorpresa. Se disponía a reiniciar su sermón cuando la voz continuó.

—Lo sé. Pero ¿qué pasa si aquel que puede condenarte o salvarte no existe?

Silencio.

El padre Damián cerró los ojos, estremecido.

—Dígame, padre. ¿Qué ocurre si después de todo, al final del camino no hay más que soledad y oscuridad?

El hielo se quebró bajo sus pies, emitiendo un sonido seco similar al que producía un hueso al fracturarse.

—Eso no es posible —respondió titubeante el cura.

—¿Seguro? ¿Cree usted en Dios, padre?

—¡Por supuesto que sí!

—¿Cree en Dios? ¿O cree que cree en Dios?

La fisura se amplió. Era cada vez mayor. El sacerdote no respondió. La voz continuó.

—Sí, padre. Su silencio habla por usted al igual que lo hizo por mí. Tantos años de estudio, tanta homilía vacía y tanta mentira; tanta oración vana y sin respuesta, tanto sacrificio y tanta disciplina; tanta purgación del cuerpo y tanta privación de los placeres de la carne, para nada. Para absolutamente nada.

«como si fuera un recién nacido abandonado por su madre. Desvalido e inútil ante una realidad que no podía afrontar»

Aquella voz resumía todo su sentir. El momento espiritual en el que se encontraba. La crisis de fe que le azotaba el alma. La voz continuó, describiendo de mil maneras los sinsabores de una vida austera basada en un dogma sin cimientos, en unos hechos no contrastados y en cuyo nombre se había torturado y asesinado a lo largo de la historia. El padre Damián escuchaba desolado todo aquello, como si le hubieran puesto ante un espejo y estuvieran desgarrando su esencia más íntima. La voz había ido desnudando poco a poco su ser, eliminando las barreras erigidas por la doble moral a lo largo de tantas décadas. Dejándolo sin defensas, como si fuera un recién nacido abandonado por su madre. Desvalido e inútil ante una realidad que no podía afrontar.

—¿Cómo lo hiciste? —interrumpió el padre Damián, con los ojos enrojecidos por la rabia y el llanto contenidos, mirando directamente a través del enrejado de madera que le separaba de aquel pecador—. Dime cómo lo hiciste.

Silencio.

Dientes apretados. Nudo en la garganta. Uñas clavas en sus puños apretados, sobre las cuentas del rosario. Respiración agitada.

Silencio.

Sombras. Velas que se apagaban llevándose consigo la esperanza. Los ojos de Santa Lucía que se escurrían del plato, cayendo al suelo como dos babosas moribundas. San Sebastián que lloraba de dolor, atravesado por las saetas. El Cristo que miraba burlón por encima del altar mayor, a punto de soltar la mayor de las carcajadas, allí, colgado de tres clavos a un madero.

Silencio.

—¿Ves esos cipreses de ahí detrás? ¿En el camposanto? —dijo la voz.

—Sí.

—De ahí me colgué, usando ese mismo cíngulo que llevas ceñido a tu cintura.

Por fin, el hielo se abrió bajo los pies, y el padre Damián se vio caer y caer, buscando una luz blanca que no llegaba, oscilando a un lado y a otro, mecido por la fría brisa del invierno que se cernía implacable.

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