Nieves es de nieve

Lucía Rosa González

Lucía Rosa González (Los Llanos de Aridane, La Palma, 1954) estudió Magisterio en La Laguna y, más tarde, Filología Hispánica. En 1991, la obra ‘Mujeres dominantes, hombres obedientes’ obtiene el primer premio de teatro Santa Cruz de La Palma y ‘Tres mujeres y una historia’ es Mención Especial en 1992, en el mismo certamen. En poesía ha publicado los libros ‘Casta de rosas ausentes’ (CajaCanarias, 1995, premio de poesía Pedro García Cabrera en 1994), ‘De dónde el vuelo’ (Ediciones La Palma, 1998), ‘Sueños de qué mundo’ (Ediciones La Palma, 2003, finalista del Premio Internacional de Poesía de Santa Cruz de La Palma en 2000) y ‘Páginas trasladadas’ (Idea, 2011). En teatro, ‘Otro son, otra danza’ (Centro de la Cultura Popular Canaria, 2001), que incluye la obra ‘Auténticos bohemios’ y el libro de teatro infantil ‘Adónde van las brujas’ (Interseven, 2008), En narrativa, los libros infantiles ‘Donde el volcán nace’ (2005 y 2008), ‘La niña de pimienta seca’ (2007 y 2010) y ‘Javier es una estrella’ (2007 y 2008). Ha dirigido la revista literaria ‘Pequeños Poetas’ y los grupos de teatro El Roque y Ana María Samblás.

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Nieves es una niña de frío. O casi. Nieves es de nieve. Como lo oyes.

Pero la madre de Nieves oculta a los vecinos la naturaleza nevada de Nieves. No sé. Tampoco quiere llamar la atención sobre su hija. Prefiere mantener esa intimidad sin necesidad de que la gente le pida explicaciones.

—¿De nieve? ¿Cómo de nieve? ¿Helada como un iceberg?

—¿Y en verano qué?

—¿Has pensado ir a vivir con ella al polo norte o a la Antártida?

—¿Si está triste se derrite en copos?

Ha elegido el silencio para evitar estas y otras impertinencias obsesivas de la gente.

Hoy Nieves se viste de color azul celeste para ir a coger las setas a la cumbre. Es su pasión. Junto con su madre, ha recolectado una cesta de mimbre atiborrada de olorosas setas redondas como lunas.

—¿A qué huelen las setas, ma? ¿A tierra escarbada? –pregunta Nieves. Y se aleja sin esperar la respuesta.

Al pasar junto al riachuelo, Nieves nota la atracción invisible del agua y se mete entre las burbujas sonoras, transparentes casi. El agua le cubre la cintura; no obstante, se adentra más y más hasta que únicamente percibe el aire que le entra a sorbos por la nariz. Si no fuera de nieve diríamos que tiene la punta de la nariz roja como un geranio.

—¡Nieeeeeeves! ¿Dónde estás?

—¿Respirar es malo, ma? –interroga Nieves.

—Nieveeees, ¿dijiste algo? ¡Hijita! Alguien me habla como el agua. O si no, ¿qué es ese murmullo silbante como una rama de eucalipto con el viento?

«Nieves flota en su interior. Brazos flexibles. Piernas ligeras. Latido tranquilo del corazón. Labios abiertos en posición de risa. Y sonríe con la risa del agua fresca»

Nieves flota en su interior. Brazos flexibles. Piernas ligeras. Latido tranquilo del corazón. Labios abiertos en posición de risa.

Y sonríe con la risa del agua fresca.

El agua le resbala entre los dedos como seda líquida. Se percata de que allí las cosas son transparentes.

Ve sus pensamientos nada más imaginar las palabras. Es como soñar.

De repente, desde la orilla resbaladiza del riachuelo, la interrumpe una voz:

—Hola, Nieves.

—¿Me hablas a mí? –Nieves contesta con otra cuestión.

—¿Hay alguien más por estos contornos que se llame Nieves?

—No te veo. Por más que lo intente no sé de dónde llegas. O hacia dónde vas –especula Nieves.

—Aquí, vigilante del agua por si las moscas –responde la voz.

—No me había sentado jamás en el agua. Es delicioso. Como no estar.

—Verídico. Ya no eres nieve; agua, agüita. Eras nieve y en agua te revirtieres. El deshielo. Los efectos del cambio climático, niña.

—¿En serio? –se asombra Nieves.

—Claaaaaro, chica, nunca miento; protejo el agua –afirma la voz.

—¿Tú eres esa voz que viene de las piedras?

—De un canto rodado que no es lo mismo.

—Entonces, mi madre…

«La madre de Nieves, que no ha cesado de buscarla en todo este tiempo, llega agotada al borde del riachuelo»

La madre de Nieves, que no ha cesado de buscarla en todo este tiempo, llega agotada al borde del riachuelo. Deposita sus setas color tierra junto a la orilla, y llama desesperada:

—¡Nieveeeees, hija.

—Aquí, ma. Aquí.

Mas ninguna palabra moja sus pensamientos. Nieves oye a su madre; sin embargo, esta no oye a la hija.

—¿Conversabas con alguien? –le pregunta su vecina Carmen que recoge pinillo dentro de una espuerta.

—No, no.

—Vi que movías los labios y decías palabras extrañas al agua como si quisieras atraparla. Y el agua es de todos. Por si no lo sabías –puntualiza Carmen.

—Sí, lo sé, y me atormentaría que se agotara –recalca incómoda la madre.

Con ingeniosa habilidad Carmen agrega:

—Ay, mira la ropita azul que el agua dejó en la orilla. Qué interesante. Un suéter de algodón como el que tejiste en casa el invierno pasado. Fíjate, deslumbra. Es evidente: se ha llenado de lunas, digo de lunares encharcados. ¡Qué cosa!

La madre le arranca de las manos la ropa que Carmen escurre entre los dedos.

—De acuerdo. No voy a sembrarla en el jardín ni a comérmela –le reprocha Carmen.

Y Carmen se marcha no sin recelo. Siempre le ha parecido rara su vecina.

Desconsolada, sin poder dar más detalles, la madre ve entrar la noche con alguna estrella salteada. La noche huele a ramas truncadas, a sauces cansados; la noche inexorable. Además, su voz se ha quebrado de tanto gritar el nombre de Nieves.

—¡Nieveeeeees!

«Besa con ternura los ropajes azules empapados de agua fría, y se duerme con el nombre de Nieves creciendo en su cabeza»

Solo croan las ranas. Está exhausta. La madre única. Apoya su espalda sobre el tronco de un pino. Para qué quiere las setas. No le interesan. Que viajen con el agua hasta el mar. ¡Adiós, setas! Tampoco necesita la merienda que lleva en una talega con dibujos de gatos pardos. ¿Ahora para qué? Que se la coman las ratas y los murciélagos. Besa con ternura los ropajes azules empapados de agua fría, y se duerme con el nombre de Nieves creciendo en su cabeza:

—¡Nieves, Nieves querida!

Dentro del sueño, ¡la noche se aclara! Ve en imágenes palabras cristalinas, ideas hermosas, pero sobre todo le atrae la historia de una niña de agua.

—Yo tenía una niña de nieve. Con ella vine al monte –piensa o sueña la madre.

—Yo tenía una madre de carne y hueso –dice Nieves.

¡Nieves deambula dentro del sueño de la madre! ¡Roza con su voz los ojos dormidos de la madre!

—Hija, ¡¡¡Nieves!!! Te oigo, hija. Qué maravilla. ¿Y ahora qué? Solo estoy bien cuando sueño.

—¿Ves, ma? Ahora soy de agua. Coméntaselo a los vecinos. ¿Por qué ocultar una verdad? Que tienes una niña de agua. Las alegrías se agrandan si las compartes.

—¿Quieres decir que entonces habrá más agua? ¿O serás tú? Ay, no sé.

—Y ven siempre.

—Hijita, ¿en luna llena o en cualquier luna?

La voz de Nieves se aleja sigilosa en los sueños de su madre. Esta siente “lunaaa, lunaaa”, en eco, entrando e iluminando su mente. Pero no creciente ni menguante.

—¿En cualquier luna dijiste, hija? –más que palabras son sueños que crujen. El deseo de la palabra siempre. La voz de Nieves.

El riachuelo fluye lento. En ondas doradas. Se ven reflejos chispeantes como ojos en los cantos rodados. Ya es de día.

Tan pronto como se oculte el sol, brillan las voces de madre e hija dentro del sueño, en el riachuelo.

Y quién sabe si incluso las oyen, en off, lejanas los vecinos.

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