Juan Ramón Tramunt

Curtido, puede que no en mil, pero sí en más de cien batallas, Juan Ramón Tramunt transmite la apariencia serena de quien ha logrado entenderse con la vida. Puede que su formación como psicólogo contribuya en parte a eso, pero esa actitud reflexiva y ese gesto calmado estaban presentes ya en él desde mucho antes. Hombre de familia, escribe, viaja, frecuenta la naturaleza, organiza esto y aquello —anda siempre organizando algo—, y jamás hace ascos a una buena tertulia. En Anturios en el salón, su última novela publicada hasta el momento, no es difícil reconocerlo. No en el personaje protagonista, es cierto —algo que además el autor rechaza con firmeza—, pero sí quizá en el tono, en el paisaje, en las referencias. En esa suerte de paz desengañada, incierta y densa que irradia el libro. Tramunt estará este martes en la Casa Museo Pérez Galdós, a partir de a las 19.00 horas, para hablarnos de esto y de muchas otras cosas.

⇒ Un año después de su publicación, Anturios en el salón continúa protagonizando encuentros y presentaciones, no solo en Canarias, sino en diferentes puntos de la geografía española. Eso es mucho más de lo que, por lo general, suele ser la vida de un libro en nuestros días. ¿Qué balance haces de este primer año de tu última novela?

El balance es positivo, pero eso es, quizás, porque me tomo la literatura con cierto optimismo. Las presentaciones son necesarias siempre, pero lo son más cuando no eres un monstruo mediático al que la propia editorial se encarga de moverle el producto, de incluirlo en todos los medios y concertar las presentaciones aquí y acullá. Las mías las concierto yo y me sirven de excusa para viajar, conocer gente y reencontrarme con amigos.

«Si algo impidiera la entrada de víveres y enseres a nuestros puertos, sería una catástrofe sin precedentes»

Un relato distópico, una historia de amor, un homenaje a la familia, una denuncia política, medioambiental, un reencuentro del ser humano consigo mismo, una oda a la naturaleza, a la superación… Anturios en el salón tiene tantas lecturas como lectores, algo habitual en todo buen libro, pero en este caso puede que incluso más acentuado. ¿Qué tenías en mente cuando comenzaste a escribir la obra y qué te fuiste encontrando por el camino?

Pensaba en algo que me preocupa enormemente, y es en las limitaciones que tiene nuestra tierra, nuestra fragmentada tierra, ante la posibilidad de una catástrofe medioambiental o de conflicto bélico. Nuestro archipiélago alberga a dos millones de habitantes, sin contar con el turismo, y, sin embargo, es incapaz de alimentar a tanta gente por medios propios. Si algo impidiera la entrada de víveres y enseres a nuestros puertos, sería una catástrofe sin precedentes.

En ese regreso a las esencias que plantea la novela, el protagonista se ve obligado a dejar su tierra e instalarse en Barcelona (Europa), para luego regresar de forma voluntaria a Canarias y, por fin, dirigirse a tierras africanas. África es la cuna de la humanidad. ¿Es la metáfora definitiva del retorno a lo que una vez fuimos?

Solemos mirar a África con cierta condescendencia, con cierto aire de superioridad, y nos olvidamos de que ese continente tiene muchos más recursos que Europa, más población joven que nosotros, y que si se la dejara en paz posiblemente se pondrían a la cabeza del desarrollo en pocas décadas. En Canarias solemos olvidarnos de que somos geográficamente africanos y que cualquier cosa que pase allí nos puede afectar, para bien o para mal. Deberíamos tenerla en cuenta mucho más de lo que lo hacemos.

«La posibilidad de vernos como Robinson Crusoe no es tan descabellada»

Un hombre, una isla, una soledad inmensa, un aprender e improvisar constante para sobrevivir, peligros latentes por todos lados… ¿cuánto hay de Robinson Crusoe en tu novela?

Daniel Dafoe nos mostró un personaje que todo el mundo debería tener en cuenta como una opción, aunque fuera remota, porque uno no sabe los reveses que puede dar la vida. Que tuviéramos que recolectar fruta o tubérculos, pescar en la orilla, o cazar algún conejo para sobrevivir, encender fuego sin fósforos, aprovisionarnos de agua potable sin poder ir al supermercado, sin corriente eléctrica… La posibilidad de vernos así no es tan descabellada. Piensa en las personas con titulaciones universitarias, con formación profesional cualificada, de clase social destacada que ahora se hacinan en los campos de refugiados, se aplastan contra las alambradas o se la juegan en una lancha neumática… porque su mundo se les vino abajo. Mi personaje se lo pensó y se la jugó.

⇒ Has publicado cuatro novelas, dos poemarios, dos libros de relatos y seis obras dramáticas, lo que supone una abundante producción editorial. ¿Cómo definirías esa producción? ¿Qué ha ido cambiando a lo largo del tiempo? ¿Tienes alguna asignatura pendiente?

En los tres géneros que he cultivado me encuentro a gusto. Son cosas tan diferentes que me resulta difícil compararlos. Bien es cierto que empecé con la poesía, pero luego necesité contar las cosas con mayor descripción, desde un punto de vista menos personal, y la narrativa llenó ese espacio. Con la dramática se produce un efecto sublime cuando ves que las palabras que pusiste en un papel alguien de carne y hueso las dice, las vive, piensa como tú querías que pensara (en escena, claro). Los tres géneros me satisfacen plenamente, pero le dedico menos tiempo al teatro, porque lo que escribas solo tendrá sentido si alguien le da vida en un escenario, mientras que con la poesía o la narrativa el lector se puede tomar su tiempo para adentrarse en tus páginas.

«Sería absurdo que los escritores no se implicaran en eventos y acciones encaminadas a dinamizar la literatura»

Además de escritor, has estado presente en diversos proyectos de carácter literario; cofundador de la revista Puentepalo y de la editorial homónima después, cofundador también de la compañía teatral La Fanfarlo, vicepresidente de la Asociación Canaria de Escritores… ¿Qué te han aportado esas actividades? ¿Crees que el escritor debe ser también una persona entregada a la dinamización de la literatura?

Sería absurdo que los escritores no se implicaran en eventos y acciones encaminadas a dinamizar la literatura. Además eso nos da otra visión del mundo literario, que no siempre es tan idílica como muchos se piensan. Para algunos quizás sería estupendo escribir y esperar que alguien viniera a buscar el original y poco después lo viera publicado; pero como eso solo funciona con contadas personas, viene bien hacer otras cosas en ámbitos diversos para tomarle la medida a este oficio.

Como persona involucrada en la literatura de las Islas desde hace ya varias décadas, ¿cómo valoras el boom de publicaciones y de autores que vivimos en Canarias?

Pues yo intento verlo con buenos ojos. Sé que mucho de lo que se publica tendrá una vida efímera, pero creo que todo el mundo está en su derecho de probar, aprender o estrellarse. Como en todas las disciplinas hay grados de talento. Cada cual debe convivir con el suyo y descubrir hasta dónde puede llegar. El hallazgo no siempre es grato.

«En otoño saldrá ‘Condena y júbilo del poeta Caín’, una obra en verso»

¿Qué echas de menos? ¿Qué crees que falta en el sector de las letras del Archipiélago?

Hasta hace poco echaba de menos una publicación que aglutinara todo lo posible nuestras inquietudes y las hiciera llegar a las personas interesadas, y hete aquí que surgió DRAGARIA. Es un paso importante. Otra cosa que veo necesaria es que nos proyectemos más hacia África, nuestro continente, aunque políticamente estemos distanciados.

⇒ Tienes varios trabajos inéditos y proyectos de edición a corto o medio plazo. ¿Puedes adelantarnos algo?

En otoño saldrá Condena y júbilo del poeta Caín, una obra en verso que hace mucho tiempo que quiero publicar. Y la editorial Baile del sol tiene un volumen que incluye una novela y varios relatos. ¿Para cuándo? No lo sé.


Juan Ramón Tramunt (Las Palmas de Gran Canaria, 1955) es psicólogo clínico y ha sido profesor de Lengua y Literatura en Enseñanza Secundaria. Es autor de los libros Libreta en blanco (poesía, 2001), La vida posible (relatos, 2002), La hembra del centauro (novela, 2004), La ceniza que avanza (relatos, 2008), La piel de la lefaa (novela, 2012), Caligrafía (poesía, 2012), La Virgen de Sola (novela, 2015), Condena y júbilo del poeta Caín (poesía, 2015, inédita), Betsabé (novela, 2015, inédita)y Anturios en el salón (novela, 2016). Cofundador de Puentepalo, Revista de Literatura y Artes (1980), y director de Insularia, Revista de la Asociación Canaria de Editores (2009), es también cofundador de la Editorial Puentepalo (2000). En el mundo del teatro fue cofundador de la compañía La Fanfarlo y ha escrito las obras dramáticas Las palabras y el cuchillo (2003), Menos bulto, más claridad (2004), La vida sobre fondo blanco (2005), Papas y piedras (2005), Nanas en la oscuridad (2011) y La valla (2013).

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