La casa encantada

José María García Linares

José María García Linares (Melilla, 1977), reside en Tenerife, es profesor de Enseñanza Secundaria y doctor por la Universidad de Granada. Parte de su trabajo crítico está publicado en revistas como ‘Álabe’, ‘Tonos’, ‘CLIJ’ o ‘Elvira’. Es autor de los poemarios ‘Oposiciones a desencuentro’ (Dauro, 2007), ‘Neverland’ (Zumaya, 2010), ‘Novela Negra’ (Devenir, 2013), ‘Muros’ (Accésit del XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, Playa de Ákaba, 2014) y ‘El Salón Barney. Antología de poesía española contemporánea publicada en la red’ (Playa de Ákaba, 2014).

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Celeste es la fachada,
como si el mar de mis diez años
se hubiese zambullido en estas piedras
hinchado de verano y alegría.
Así es el rostro
de la casa en que vivimos.

Cargado de geranios el balcón,
de lirios el zaguán
y el comedor de rosas.
Helechos y begonias en los patios,
orquídeas y violetas en la sala.
La vida se marchita, sí,
pero florece a cada rato
de la misma forma que tus manos
son capaces de abonar mis sombras
para que brote, aturquesado,
este amor de olas y viento.

Dicen que las casas encantadas
son muy tristes,
que las energías negativas
minan de terrores sus cimientos,
que se oyen voces quejumbrosas
y las sillas van de un lado para otro.
Quizás en otras casas,
quizás en otros miedos.

Mis fantasmas siempre son muy educados,
transitan en silencio los pasillos.
Tienen sus rutinas,
sus espacios y sus tiempos.
Uno de ellos cose la mañana
con ovillos transparentes
en noches de luna llena
y recorta en ocasiones
siluetas de muñecas olvidadas
vestidas con un traje hecho de nubes.
A veces pinta la nostalgia
con los óleos sempiternos de la ausencia.

Sentado en el sillón
otra presencia indaga los secretos de la vida.
Su etérea biblioteca
ocupa con sus sueños mi escritorio.
Prefiere en el otoño
hallar una vacuna contra el frío
y ayudar en primavera
a dar a luz a las luciérnagas,
sanar el pétreo desaliento cotidiano
con un antídoto de ardor y mariposas.

De azúcar y vainilla es la quietud
de otro de los fantasmas, el que habita
en la templanza de la tarde anaranjada.
Su más allá de harina y de canela,
sus ángeles de hojaldre,
sus santos de merengue y hierbabuena
libando los almíbares del tiempo.

Siglo a siglo
aguarda a que otro espectro
se despierte de su siesta y dé comienzo
al relato enamorado de las cosas
en el cuarto de los niños,
a canciones infantiles
y leyendas que dormitan
en la gruta inaccesible de la historia.
Rodeado de ojos rosas
disfraza con principios y finales
el insoportable peso de lo eterno.

Así son los encantos de esta casa,
sus pétalos, sus voces, su lenguaje
de ovillos y pinceles, de antídotos y libros,
de azúcar y canciones
para morir y seguir viviendo,
para pasar y seguir estando.
Sin miedos,
sin terror,
en compañía.

Así tú y yo cruzamos el estrecho
que une nuestro ayer con el mañana,
remando el firmamento del presente,
haciendo del hogar
soplo de paz,
sorbo de sed
y encantamiento.

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