La habitación doce

José Luis Correa

José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es profesor de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Tras una breve etapa como autor de relatos cortos, en la que obtiene algunos premios como el Julio Cortázar (La Laguna, 1998) o el Campus (Las Palmas de Gran Canaria, 1999), se instala definitivamente en la novela con títulos como ‘Me mataron tan mal’ (Premio Benito Pérez Armas, 2000) y ‘Échale un ojo a Carla’ (Premio Vargas Llosa, 2002). Con la novela ‘Quince días de noviembre’ (2003) irrumpe en el género negro e inicia la serie que tiene como protagonista al detective Ricardo Blanco, que continuará con ‘Muerte en abril’ (2004), ‘Muerte de un violinista’ (2006), ‘Un rastro de sirena’ (2009), ‘Nuestra Señora de la Luna’ (2012), ‘Blue Christmas’ (2013), ‘El verano que murió Chavela’ (2014), ‘Mientras seamos jóvenes’ (2015) y ‘El detective nostálgico’ (2017), todas ellas publicadas en Alba. En 2017 publica también ‘La décima caja’ (canariaseBook). La obra de Correa ha sido traducida al alemán, italiano y finlandés.

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A Eduardo López Marqués nunca le habían caído bien las putas.

Aún recordaba a su madre, purgando caracoles con gofio y despellejando tollos en el poyo de la cocina, mientras se bebía las lágrimas. Era un recuerdo ácido, como de metal oxidado, el recuerdo de los chuchangos y los tollos con sabor a llanto. «Tú no vayas a salir como tu padre —decía Yolanda Marqués, sorbiéndose los mocos—, que es un jeringado putañero. Y cuídate de las mujeres malas». Eduardo López Marqués no entendía, entonces, todo lo que su madre le decía, pero no debía de ser muy bueno porque lo decía con sus bellísimos ojos azules cuajaditos de llorar. Así que lo de su manía a las putas, frente a lo que pudiera pensarse, no tenía orígenes religiosos sino sentimentales. Porque, para ser sinceros, Eduardo se había desviado pronto de los preceptos religiosos, cuando no le salieron las cuentas el viernes de los suicidios.

Contaba trece años,

allá por el setenta y uno o setenta y dos,

cuando lo del viernes de los suicidios. A aquel viernes se le llamó así porque, entre el almuerzo y la cena, que es la hora más propicia para ello, tres habitantes del pueblo acabaron con sus vidas por la vía rápida. Don Gregorio, el notario. Un guardia civil al que Eduardo no llegó a conocer. Y el Laja, un pobre diablo que dormía más noches en el cuartelillo que en su casa. El notario se había suicidado porque ya no aguantaba más una enfermedad jodida que lo tenía cambado desde hacía varios años. Detrás de la muerte del guardia civil dicen que andaba una cuestión de honor: su mujer, una catalana reteñida que había conocido en su anterior destino, tuvo un lío con el primer trapecista del circo Price y, cada vez que éste pasaba con su espectáculo por el pueblo, doña Eulalia se desarretaba por completo y se perdía durante algunos días. Por su parte, el Laja se metió mierda, mucha mierda de la mala en el cuerpo para acabar con todo de una puta vez, harto ya de las miserias de una vida perra. El caso fue que a el Laja, el cura don Facundo se negó a echarle un mísero rezado, porque lo suyo fue un pecado mortalísimo, de gran cobardía. «Hay que ser muy cobarde —dijo don Facundo— para quitarse así la vida, que es un regalo de Dios; es como escupirle a Dios en plena cara». A don Gregorio y al guardia, sin embargo, el cura no sólo no los consideraba cobardes, sino que les dio una misa cantada. Al notario, para remate de la puñeta, fue a buscarlo a su casa con el hisopo de agua bendita y una cohorte de monaguillos vestidos como los de las huchas, con roquete blanco sobre sotanilla roja. A partir de ahí, Eduardo López Marqués no quiso tratos con la Iglesia. Ni con la Iglesia ni con las putas.

Estas dos malquerencias se le vinieron a aparecer, como espectros, a Eduardo veinte años después de aquel triste viernes. Tras nueve años de noviazgo poco menos que formal en los que se había ido fraguando, sobre el amor, una complicidad entrañable, había decidido casarse con Margarita Báez. Margarita Báez trabajaba de mantenedora en el archivo del Ayuntamiento y Eduardo la conoció en su etapa de técnico urbanístico, a los seis meses de entrar a trabajar allí. Una mañana tuvo que recurrir a los planos originales de una vieja finca de las medianías para comprobar un informe de lindes, cuestión de a quién pertenecía un pozo de agua. Lo recibió Margarita con su mirada triste detrás de unas monturas redondas y doradas, recogido el pelo caoba en un moño clásico que la avejentaba, Margarita y sus manos de seda tibia y suave, su tacto aterciopelado que dejó cicatriz en las manos de Eduardo al entregarle los legajos. A Eduardo le había dado lástima la mujer aquella amarilleándose detrás de una ventanilla de subsótano. La pena fue, bien pronto, dejando paso al afecto —«el roce hace el cariño», decía Yolanda Marqués, su madre— y éste al amor o a algo muy cercano al amor.

«Margarita era terriblemente culta. Le apasionaba la literatura hispanoamericana, sobre todo Bryce Echenique, el arte moderno, la cocina canaria, Woody Allen y Tchaikovski»

Resultó que Margarita no era, ni mucho menos, la mujer desvalida que parecía detrás de la ventanilla de archivos, sólo se entregan documentos los martes y jueves, detrás de la ventanilla de sus gafas de aro dorado, «son normas de los popes, a mí que me registren». Tenía una finísima ironía, un deje socarrón y hablaba mayormente canturreando. «Es la mezcla —solía repetir— de genes: mi padre es de Agaete, ya sabes, donde todos tienen puesto un nombrete; mi madre de La Palma, del mismísimo Mazo y hasta los cuentos me los cantaba». Margarita era terriblemente culta. Le apasionaba la literatura hispanoamericana, sobre todo Bryce Echenique, el arte moderno, la cocina canaria —hacía una postre de gofio con miel y almendra que, si no fuera porque ya estaba medio encaminado el asunto, hubiera bastado para enamorar a Eduardo—, Woody Allen y Tchaikovski. A Eduardo, que era más primitivo, todo aquello le sonaba a chino, pero le gustaba salir con alguien como Margarita. capaz de leer la carta de una hamburguesería como si recitase el poema veinte de Neruda. En el amor, Margarita Báez era discreta, ma non troppo, decía que las caricias y los besos había que guardarlos para el dormitorio que, si no, se gastan pronto. En la calle hay que andar separados, como Dios manda, y en la cama juntos, bien juntos, como el demonio recomienda, aunque sin extravagancias.

Hacían el amor los sábados

y algún que otro domingo, porque entre semana no se veían mucho y, además, llegaban muertos cadáveres a la noche. Elegían las tardes para amarse sin prisas, saboreando los besos al calor de las sábanas. Se buscaban a eso de las cuatro, después del café, y los separaba el hambre. Lo que era tradicional era la forma del amor, tú arriba, Edu, y yo abajo, para ir acostumbrándome al peso, por si llegan los niños, que yo tengo muchas papeletas para que sean gemelos, recuerda a mis primas, Esther y Olga. Margarita, en aquellas ocasiones, se quitaba las gafas y se dejaba el moño, mejor así, Edu, porque, si no, luego termino toda despelusada y tengo pinta de fulana y, eso sí, ni se te ocurra bajar con la lengua más abajo del ombligo, está bien que te acostumbres al sabor de mis tetas, pero no estoy nada cómoda sintiéndote enredar ahí, que debe de oler a raro.

«su sonrisa sinuosa se dejaba querer detrás de unos cristales con huellas de nostalgia»

La felicidad para Eduardo López Marqués era, por todo ello, algo bien simple: llegar al sábado con las ilusiones y las ganas intactas para Margarita, ver la televisión con su mano sobre las manos de ella, igual de suaves que la primera vez, manos que se entregaban a un libro de memorias, mientras sus sentidos se agazapaban detrás de unos auriculares con, por poner un ejemplo, música de Vivaldi, arameo para él, y su sonrisa sinuosa se dejaba querer detrás de unos cristales con huellas de nostalgia. Cuando ella le propuso, una tarde cualquiera, por qué no nos casamos, Edu, si total, casi vivimos juntos, con lo que nos gastamos en taxi podríamos montar un piso.

—A mí lo de las bodas de blanco me producen sarna.

—Ya, lo sé. Podríamos celebrar una boda sencilla, por lo civil, con algunos amigos y lo más indispensable de la familia.

—Y al alcalde de juez.

—¿Por qué no? Bastantes favores que me debe.

—¡Qué dices, muchacha! A tu madre le dan los siete males si no nos bendice el cura. Por cierto, ¿tiene que venir?

—¿Quién? ¿el cura?

—No, tu madre.

Después de hacer no pocas cuentas,

incluyendo el infarto de doña Angustias y los disgustos de la familia Marqués, para quien una boda era siempre motivo de reencuentro con el pasado, Eduardo López y Margarita Báez decidieron casarse por la iglesia, con un solo cura y sin cantos. Fijaron la boda para el primer domingo de primavera. En esto último insistió mucho Eduardo, ya sé que es un mal día el domingo, pero así la gente se retira pronto y acabamos con la vaina en dos horitas. Estas cosas, mientras más cortas, mejor se superan, pensaba Eduardo, y no pudo evitar el recuerdo de su primo Armando, que el mismo día de su boda apareció botado en pleno callejón con la cabeza abierta; a su lado se encontró un viejo saxo y nadie pudo explicar —menos que nadie, Cristina, la novia— qué demontres había pasado. No obstante, esas cosas podían pasarle a Armando, que era medio bohemio y algo alocado, y nunca a Eduardo, tan ordenado y serio. Todo estaba, pues, preparado para la serena felicidad de la pareja, pero la felicidad tiene más grietas que las termas romanas y además, en aquel caso, llegó alguien de afuera a socavar con todas sus fuerzas el muro de su felicidad.

«A Jorge, en su despedida, lo metieron en el primer avión de la mañana rumbo a Fuerteventura, sin un duro y apestando a ron añejo, y no veas lo que costó traerlo por la tarde a tiempo de la boda»

Las despedidas de soltero son prácticas más o menos comunes e inocentes en una sociedad como la nuestra, tan dada a la broma. Se trata, al fin y al cabo, de hacer recapacitar al novio o a la novia, de hacerles caer en la cuenta del berenjenal en el que van a meterse, negocio ruinoso lo mires por donde lo mires. En la mayoría de los casos, no pasa de ser una intentona baldía que deriva en una resaca de mil pares de narices y poco más. Pero el destino, a veces, le da por jugar a enredarlo todo y a Eduardo López Marqués le reservaba una ingrata sorpresa, aquel viernes, antevíspera del primer domingo de la primavera. El hombre llegó a su fiesta de despedida, como suele ocurrir, a tumba abierta, sin tener idea de lo que le esperaba. Si barajaba las últimas fiestas de despedida, la de Felix y la de Fede Ronda, se podía esperar una comida dislocada, regada con buen vino y licor para después del café. Quizás tuviera una tarta con bailarina exótica dentro, tal vez terminaran en un sarao nocturno con chica que se despelota, mírame y no me toques, el caso era acabar con el novio a cuatro patas de la tajada. A Jorge, en su despedida, lo metieron en el primer avión de la mañana rumbo a Fuerteventura, sin un duro y apestando a ron añejo, y no veas lo que costó traerlo por la tarde a tiempo de la boda; el suegro tuvo que desplegar toda su influencia para devolverlo en un estado potable a la hora de la misa. Lo de las putas, sin embargo, era algo nuevo. Sería porque Eduardo era un espécimen ideal para el chiste, sería porque ya todos los demás estaban casados y tenían ganas de echarse fuera del tiesto una noche, el caso era armar follón.

Así fue cómo la cena, poco más que un enyesque frío y deslavazado, dejó paso a los postres, una tarta algo guarra, obsceno desnudo de mulatona con pezones de guinda sobre los que se abalanzaron todos como bestias, nada más llegar a la mesa. Y el licor terminó de endulzar una noche de luna redonda. «Y ahora ¿qué?», preguntó ingenuamente Eduardo. Las sonrisas veladas y las miradas cómplices obviaron la respuesta: «Ahora, nos vamos de paseo a casa de la Mela». A esas alturas de la liga, Eduardo López Marqués ya no estaba seguro de si iba o venía, dónde coño me irán a llevar estos mamones. Claudio, que sabía leer la mente e interpretar los sueños desde que se cayó de una mula en un viaje de verano a Cochabamba, le respondió sonriente: «Caramba, Edu, cuarenta años en la pradera y aún no conoces a Caballo Loco».

El sitio

era más bien un caserón canario de dos pisos, con patio y fuente redonda de cantería. De forma cuadrada —observó Eduardo—, debía de tener más de quince habitaciones, demasiado sueño para una sola familia. Las buganvillas estaban hermosísimas, daban pinceladas armoniosas de color naranja y amarillo a una noche de marzo menguante. A Claudio le entró la vena pedante que suele darle los días múltiplos de tres y, subido al escalón más alto de la fuente comenzó a explicarle a las estrellas por qué a aquellas flores las llamaban así, que era —Eduardo no lo sabía— por un navegante francés, un tal Bouganville, que las llevó al nuevo mundo con él. Cuando terminó la disertación, concluyó, como en él era habitual, con una chorrada sin sentido: «… por eso es que aquí huele a caldo de papas y a cilantro».

A todas estas, con el escándalo que estaban montando alrededor de la fuente, apareció una mujerona entrada en años, en carnes y en maquillaje, que atendía al sonoro nombre de Mela. «¿Quién es el homenajeado?», preguntó. Todos señalaron a Eduardo a quien, en su inocencia pacata, no se le ocurrió otra cosa que citar a García Márquez en el peor momento: «esto podría pasar por un corazón —dijo, todo histriónico— porque el corazón tiene más cuartos que un hotel de putas». Entonces saltó la vieja con una mala uva que a punto estuvo de mandarlo todo a la mierda: «Óigame, pollillo, si empezamos a faltar, ya se me están yendo por la misma puerta por la que han venido».

«Alguien abrió una botella sin estrenar de licor, se trajeron unos vasos de cristal tallado, de otra forma el güisqui de malta sabe a garrafón, y un enorme macetero de porcelana sirvió de cubitera para el hielo»

Una vez superada la primera impresión, la mujer aceptó las disculpas de un atribulado Eduardo, pasaron todos al patio. En uno de los lados de aquel cuadrado abierto al fresco de la primavera, aparecieron algunos sofás de cretona marrón y amarilla. «A tono con las buganvillas», dijo una voz suave salida de detrás de un macetero inmenso con una palma enana que parecía pintada. Y es que, en el ángulo oscuro, como el arpa de Bécquer, veíanse media docena de muchachitas jóvenes, de no más de veintidós o veintitrés años, vestidas, por decir algo, con unos brevísimos camisones de seda y raso. En ese punto, se abandonaron las formalidades, las presentaciones quedaron a medias, doña Mela con la palabra en la boca y Eduardo López Marqués con la boca abierta y sin palabras: como si se hubiera levantado la veda, todos se tiraron al monte. Alguien abrió una botella sin estrenar de licor, se trajeron unos vasos de cristal tallado, de otra forma el güisqui de malta sabe a garrafón, y un enorme macetero de porcelana sirvió de cubitera para el hielo. Una de las muchachas encendió el aparato de música que comenzó a desparramar sensualidad por todos partes. Poco a poco, las luces se fueron atenuando hasta que sólo quedó una cortina de claridad de luna sobre el patio. Las parejas, que se habían formado de un modo natural, casi sin pretenderse, fueron perdiéndose entre palmas, buganvillas y enredaderas. Eduardo se vio, de pronto, solo, en una esquina, apoyado en el brazo de un sofá: en el fragor de la lucha, todos habían olvidado al novio.

No todos.

Una chica, rezagada del grupo, también se había quedado sin pareja y Eduardo sintió cómo lo miraba con ojos de vaca:

—Parece que esta noche no tenemos suerte.

—La suerte, señorita, es, con perdón, como una cagada de paloma: sólo tienes que estar debajo en el momento justo.

—Quizás por eso nos hemos quedado solos; como estamos cubiertos por las enredaderas.

—Quizás.

—Me llamo Marilín, como la actriz de cine.

—Yo Eduardo, como las papas viejas.

—¿Las papas viejas se llaman Eduardo?

—Bueno, usted es muy joven para recordarlo. Antes la llamaban quineguas, por el rey inglés.

—Ah!, ja, ja, claro: King Edward.

—Eso.

Siguieron hablando durante un rato en voz queda,

más por no molestar a los que, sin duda, ya debían de estar en faena, que por discreción. Él le explicaba que no sabía manejarse bien en esas situaciones porque, créame, es la primera vez que vengo a un lugar como éste; ella le respondía que ya lo imaginé cuando me llamó usted señora puta y, además, no importa porque estas situaciones se manejan solas. Él le hablaba de Margarita, con ternura ingenua; ella de un novio que tuvo que se llamaba Gilberto, el hombre al que más había querido y que vivía en un pueblecito de Valencia. Él no andaba fino con los vasos de cristal tallado y ya había roto dos de puro nervio, tenía la camisa y el pantalón perdidos de güisqui; ella se acercó un poco más para ayudarle en su torpeza, como una madre solícita que asiste a su hijo con los restos del puré. Él no dejaba de mirarla; ella de frotar los lamparones de su ropa. Él deslizaba su mirada impaciente alrededor de un pronunciado escote; ella dejaba vagar su mano por recónditas regiones poco exploradas aún. Y él empezó a sentir un ardor sofocante, el aire que se le negaba y algo de mareo; y ella se limitó a sonreír y a mirarlo, sus ojos reflejando los ojos de la luna, lo tomó de la mano y se lo subió a su cuarto, en el segundo piso, lentamente, como si no quisiera romper el hechizo.

«Salió al relente de la madrugada de la víspera de su boda llevando encima la angustia de la culpa y se echó a andar despacio, sin rumbo concreto, total no había sitio donde pudiera darle esquinazo a su pena»

Lo que sucedió dentro de aquella habitación, la número doce, con olor a pino fresco y colchas de encaje salmón, se lo llevaron a la tumba Eduardo López Marqués y Marilín. Pero él no volvió a ser el mismo. A la mañana siguiente, se vistió a oscuras para no despertar a la chica, que aún dormía con expresión de felicidad, baba incluida, y que parecía no guardar ninguna secuela de lo ocurrido apenas tres horas antes. Salió al relente de la madrugada de la víspera de su boda llevando encima la angustia de la culpa y se echó a andar despacio, sin rumbo concreto, total no había sitio donde pudiera darle esquinazo a su pena.

Las Canteras estaba poco concurrida a esa hora de la mañana, la marea baja propiciaba los paseos mañaneros, pero Eduardo López Marqués prefirió una terraza de la avenida. Aún estaban sacando mesas, sillas y sombrillas al enlosado y Eduardo preguntó al primer camarero si la máquina de café estaba funcionando. Le respondió que no, que era temprano y aún estaba montando el tenderete. Tuvo que preguntar cuatro veces hasta que, por fin, había café en un barito del muro Marrero: café solo para un hombre solo, el más solo de los hombres de esa mañana del sábado. ¿Cómo explicar la sensación amarga de pomelo que llevaba instalada en el pecho? Ahora tenía que enfrentarse a Margarita, mirarla a los ojos, afrontar la mirada de ella tras sus gafas doradas; al día siguiente iba a casarse con la más maravillosa mujer de la historia y, sin embargo, lo que sentía era un horrible dolor de alma. La mañana se fue volando y parte de la tarde también, con Eduardo sentado ante una mesa y la mente perdida, ahogándose casi en el azul marino, más allá incluso del azul marino, café tras café, duda tras duda.

Empezaba a anochecer cuando llegó a casa.

Tenía dos mensajes de Margarita en el contestador; en el segundo, una voz trémula y preocupada le preguntaba a la odiosa maquinita del teléfono dónde diablos estás, Edu, llevo localizándote desde hace tres horas, tenemos que recoger algunas cosas de la tienda de regalos y cenar en casa de mis padres. No había mentido jamás a Margarita y no se sentía con fuerzas para hacerlo ahora. Así que no la llamó inmediatamente, sino que se metió en el baño y se dio una ducha larga con la que esperaba engañar al olor profundo de Marilín con tres friegas de gel de avena. Pero el olor no se fue. El olor lo iba a acompañar durante muchos años y hasta cuando ya no podía recordar aquella noche de viernes ni el rostro de aquella chica menuda, el olor estaría allí, persiguiéndole como una mala sombra. Eduardo López Marqués aprendió a vivir con el olor de Marilín, igual que se aprende a vivir con un solo riñón. Era cuestión de hacerse una diálisis cada cierto tiempo. Por eso, él regresó, al mes de casado, un húmedo viernes de abril, a su manera viernes de los suicidios y, luego, todos los viernes del año a casa de la Mela, al cuartito número doce con olor a pino, en el segundo piso, a la cama enorme, a echar inmensamente de menos a Marilín, a depurarse, en fin, la sangre corrompida.

Cuando habló con su novia,

la víspera del primer domingo de la primavera, Eduardo se excusó para no tener que asistir a la cena en casa de sus suegros. No fue difícil, con esa voz abisal de mala resaca, explicarle a Margarita que se encontraba fatal, que había vomitado, no sé si por los nervios o por algo que cenamos anoche, el caso es que prefería descansar para el gran día. Ella se ofreció a ir a cuidarlo, pero Eduardo le recordó la mala suerte que eso daba.

—Si tú nunca has creído en esas supercherías, tolete.

—Ya. Tampoco creo en el matrimonio y mañana me caso por la iglesia y de esmoquin. Así que déjame el derecho al pataleo.

—¿Te arrepientes?

—Claro que no, mujer. Ya lo teníamos claro, ¿no?

—Sí, pero te noto extraño.

—Es la resaca, de veras. Mañana seguro que estoy como nuevo.

Salió bien parado, al final de todo. No tuvo que mentir en ningún momento, Margarita no había hecho preguntas comprometedoras y él había ganado tiempo, o, al menos, eso creía. Al día siguiente, se despertó en medio de un sueño raro en el que se veía en la puerta de una iglesia, que no era exactamente una iglesia, sino el portalón de la casa de la Mela, vestido de gala pero sin novia, porque Margarita no aparecía. Fueron llegando mujeres vestidas de novia que le hacían señales para que entrara con ellas en la iglesia que no era iglesia, pero ninguna era Margarita. Empezó a diluviar, todos corrían a protegerse de la lluvia menos él, que seguía esperando, empapado y con tiritera, a que llegara su novia. Cuando llegó un coche negro y grande con cristales oscuros de los que no dejan ver lo que hay dentro y se abrió la puerta trasera, Eduardo López Marqués se despertó sin llegar a saber con quién iba a casarse.

«Eduardo López Marqués y Margarita Báez se casaron, por fin, el primer domingo de la primavera. No llovió, sólo apareció una novia en una iglesia que sí era una iglesia y esa novia era Margarita»

Nada más saltar de la cama, fue a llamar a Claudio a que le interpretase el sueño, pero el teléfono sonó antes de que él llegara. Era el mismo Claudio que se le adelantaba. Llamaba para explicarle a Eduardo que, si soñaba algo raro la víspera de la boda, no se preocupara, que eso era normal, significaba que el reloj de su subconsciente estaba poniéndose en hora antes que su reloj biológico. Estuvo a punto de soltarle que eso era una mariconada, pero recordó lo sensible que era Claudio para esas cosas. Así que lo dejó estar y se preparó para un día nada corriente en su vida. Eduardo López Marqués y Margarita Báez se casaron, por fin, el primer domingo de la primavera. No llovió, sólo apareció una novia en una iglesia que sí era una iglesia y esa novia era Margarita. Todo, pues, como se esperaba. La fiesta fue un éxito de crítica y público. Familiares y amigos lo pasaron estupendamente, las consuegras lloraban como magdalenas mientras los consuegros se disputaban el derecho del nombre del primero de los hijos de la feliz pareja. Desde que hubo un hueco, la feliz pareja se marchó a la francesa dejando al hombre orquesta contratado con un centenar de ruidosos y embriagados animadores.

Esa noche casi siempre el cansancio de los novios es tan notable que, no bien llegan a la cama, caen rendidos. El amor suele venir al día siguiente, con más calma y, sobre todo, con más tiempo. Pero alguien olvidó darle cuerda el reloj del subconsciente que decía Claudio, porque ni por más guapa que estuviese Margarita Báez, recién amanecido su primer día de señora de López Marqués, hubo quien pusiese en marcha el minutero de Eduardo. No había forma de entonarse, por más que se concentraron el resto de la mañana y parte de la tarde, hasta que Margarita se durmió de puro agotamiento. Entonces, él la abrigó con el edredón de pluma y la besó en la frente, antes de salir del dormitorio. En el balcón, que daba a un mar de atardecer de una hermosura hiriente, había una mesa y dos sillas terraceras. En una de las sillas se dejó caer Eduardo, se abrazó las piernas con fuerza y lloró como desde niño no hacía.

Perdida la noción del tiempo,

lo sorprendió la primera luz del día. Se lavó la cara con agua fría y volvió adonde su mujer dormía, como solía hacer siempre, cogiéndose toda la cama para ella. Eduardo le apartó las piernas con suavidad, se acurrucó en la esquina que le quedaba libre y volvió a besarla, esta vez en la boca, con los labios resecos de la llantina. Margarita abrió los ojos. Llevaba el pelo suelto y el camisón totalmente desbaratado. Los pechos de su mujer, ahora al aire, le recordaron a Eduardo a los de la tarta de la despedida y, sin saber por qué, se encontró recorriéndolos con desesperación, como buscando recuperar la sal que había perdido en una noche de llanto. A ella ni se le ocurrió ponerle trabas al ardor de su marido, lo dejó hacer arriba y abajo, delante y detrás, y aguantó las embestidas de toro furioso que daba un Eduardo López Marqués desconocido. Cuando acabó, fue él quien se durmió como un chiquillo; durmió todo lo que no había dormido en los últimos dos días, tanto que Margarita llegó a asustarse y, a cada rato, se acercaba a la cama a ver si lo sentía respirar, mientras se preguntaba, desconcertada, a quién le había hecho el amor su marido esa mañana.

«los esperaban los regalos de boda de lo rezagados, facturas de la floristería y del fotógrafo, así como media docena de mensajes de amigos»

Al despertar, noche cerrada ya, Eduardo tenía un hambre de muerte. Bajaron al comedor del hotel y, mientras ella tomaba algo de ensalada y fruta, él se sirvió cuatro veces, cuatro platos a rebosar de embutidos y carnes frías. Ella lo miraba comer y se sonreía, olvidando —o, mejor, postergando— los funestos pensamientos que había tenido durante todo el día. Las cosas parecían volver a la normalidad de antes, a su marido le regresaron el color y las ganas de hablar y el resto de la luna de miel lo pasó haciendo broma de cualquier cosa, curioseándolo todo y amándola con la suavidad de siempre. Regresaron de su viaje de novios despidiéndose marzo. Llegaron a la casa de soltera de Margarita, que era más cómoda que el piso alquilado de Eduardo, y los esperaban los regalos de boda de lo rezagados, facturas de la floristería y del fotógrafo, así como media docena de mensajes de amigos, entre los que destacaba el de Fede Ronda que, con su natural discreción y buen gusto, les pedía dejen ya de follar y llamen, cojones, que no sabemos nada de ustedes.

Les esperaba algo más.

Pero ninguno hizo nada por sacarlo a relucir. Lo dejaron en paz sin agitarlo por miedo a que les estallara en las narices y, tal vez, eso fue lo que acabó destrozándolos. Volvieron al trabajo, a las mismas caras, a la misma rutina, al mismo horario. Sin embargo, ni Eduardo ni Margarita eran los mismos, una duda se les había colado en la cama, la duda del recuerdo de aquella mañana furiosa del hotel. Los dos sabían que, por mucho que la disfrazaran, la realidad era que no volverían a amarse con la fuerza de entonces, con el nerviosismo y la agitación de entonces. A ella le daba apuro preguntarle y él se escondía detrás de esa sensación para no hablarle de Marilín. Quizás si se hubiera atrevido a contarle el asunto de la casa de putas, ella lo hubiera entendido, o hubiera fingido entenderlo como hacen muchas mujeres para justificar a sus maridos y justificarse a sí mismas. Pero ése era el problema: Eduardo no hubiera podido soportar ese simulacro de perdón, no hubiera podido amar a Margarita después de esa renuncia a la dignidad y decirle a ella la verdad era, sencillamente, cerrarle la puerta al cariño en las narices. La única rendija que le vio Eduardo a la cuestión era regresar donde todo se inició.

«La muchacha quedó esperando que él le dijera algo, pero debió de notar su aturdimiento porque le abrió del todo la puerta y se hizo a un lado para dejarlo pasar»

Después de llamar a Claudio para preguntarle dónde era eso, después de soportar las preguntas pejigueras del pitoniso aquel de la porra, Eduardo esperó a la noche, se inventó una excusa creíble que no convenció a nadie para salir tan tarde, besó a Margarita y fue al encuentro de su destino y, acaso, del de ella también. «Últimamente —pensó—, cada vez que la beso le termino haciendo una putada». No hubiera reconocido la entrada del burdel si no es por el sueño del día de su boda. Le sonaba aquel portalón ancho con bordes de loseta y dos farolillos a cada lado iluminando el umbral: era el de la iglesia de su sueño, con los mismos dos escalones estrechos que bajaban al piso de piedra del recibidor. Eduardo tocó el timbre, que sonó áspero y lejano, como si no fuera de esa casa, y tardó un poco en escuchar unos pasos acercándose por la galería. Le abrió una muchachita vestida de vaqueros y blusa sin mangas. Parecía tan normal, tan natural, que Eduardo tuvo dudas de haber atinado con el sitio. La muchacha quedó esperando que él le dijera algo, pero debió de notar su aturdimiento porque le abrió del todo la puerta y se hizo a un lado para dejarlo pasar: «no se quede ahí, que hay corriente. Doña Mela bajará enseguida».

Terminó de reconocer el vestíbulo. Era el mismo en el que sus amigos festejaban su despedida de soltero. La misma fuente redonda. Las mismas buganvillas. A la derecha, encontró el sillón en el que Marilín le limpiaba los lamparones de güisqui de su pantalón y los lamparones también de su recato. Se sentó sin apoyarse del todo, incómodo, como el que sabe que va a estar poco tiempo en un sitio, hasta que vio aparecer el porte de madam de doña Mela detrás de la espesura de las plantas.

—Usted ya ha estado aquí, ¿no?

—Sólo una vez.

—Sí, claro. Todos han estado sólo una vez.

—Todos no sé. Yo sí.

—Y quiere ver a alguien en especial, ¿verdad? Quedó usted impresionado, digamos, por la dulzura de alguna de las chicas. No ha podido olvidarla, ¿no es eso?

—Debo de parecer un imbécil.

—No, sólo parece un hombre. Pero presiento que buena persona, y seguro tendrá una mujer, también buena persona, en algún lugar fuera de aquí.

—…

—Mire. Me va usted a permitir que le de un consejo de vieja y de amiga: aquí nos limitamos a ofrecer ilusiones por un par de horas, que no es poco, a quince mil la hora, que es bastante.

—¡Quince mil la hora!

—Una burrada, ¿verdad? Por eso solamente lo pueden pagar ciertos hombres, hombres sin conciencia, sin remordimientos, sin nada que perder. Hombres que, cuando se visten y salen de aquí, vuelven a su mundo real, a seguir jodiendo, pero de otra forma.

—Y las que quedan aquí dentro, ¿cómo hacen para volver a ese mundo real?

—¡Acabáramos! Usted viene a interesarse por cómo viven las chicas, si tienen vida privada, si aman sin cobrar, si hacen la compra en el Hiperdino. Usted es un iluso.

—De eso me estoy dando cuenta. Soy un iluso y mi ilusión se llama Marilín, que, con las mismas, va a resultar que no existe, que forma parte de un sueño.

—¿Marilín? —el rostro de la mujer se ensombreció de pronto, como si Eduardo hubiera pronunciado un nombre maldito. —Marilín ya no vive aquí, ya no está con nosotras. Hace dos semanas que se la llevaron.

—¿Se la llevaron? ¿Quiénes se la llevaron?

—Sí, verá. No sé si debo contarle esto, después de todo, usted no es más que un cliente.

—Por favor. Necesito saberlo.

—Es muy importante para usted, ¿verdad?

—Mucho.

—Pues a Marilín, bueno ése no era su verdadero nombre, se llamaba Ariadna, un nombre difícil de recordar, poco manejable, como ella, le decía que a Marilín le daban unos ataques extraños, epilepsia creo que le dicen, y se volvía como loca. Yo no lo supe hasta hace dos semanas, cuando le dio uno muy fuerte, porque si no, de qué la voy a contratar. Yo sólo admito chicas sanas, lo mejor de lo mejor, a ver. Ella me lo ocultó cuando llegó hace año y medio y había estado esquivando la enfermedad hasta ahora que, como le digo…

«se había perdido, para siempre, en lo de los ataques, en el recuerdo de una muchacha ingrávida, una muchacha luminosa y radiante, encima de sus ingles»

La buena mujer seguía hablando,

como si le hubieran dado cuerda, sin atinar que ya Eduardo López Marqués no la escuchaba. Que se había perdido, para siempre, en lo de los ataques, en el recuerdo de una muchacha ingrávida, una muchacha luminosa y radiante, encima de sus ingles, con las tetas brincando, alegres, como animales salvajes, su sudor mezclándose con el de él, una muchacha con el rostro congestionado, el rostro de la epilepsia confundido con el del placer, el olor caliente y húmedo de su cuerpo enfermo de placer goteando sobre el pecho de un Eduardo López Marqués que nunca había experimentado eso, ni de lejos, en su vida.

La noche envolvió a Eduardo en su regreso a casa. Margarita estaba en la salita, sentada ante un libro, a la luz de una lámpara de pie que le daba aspecto de estrella. Cuando lo sintió entrar, lo miró por encima de las gafas, en un gesto muy típico de ella, y tragó saliva. Él se acercó despacio, dando tiempo a que los sentimientos se sedimentasen en la sala, en la casa, en sus vidas, y la besó muy suave, como para no herirla más de lo indispensable, en la frente. La tomó de la mano, como alguien hiciera con él en otro tiempo, ahora muy lejano, y despacio, para no romper el hechizo, se la llevó a la cama. Mientras Eduardo López Marqués le hacía el amor a Margarita Báez con toda la ternura de la que era capaz, en un burdel de las afueras, una muchacha en vaqueros y camisa sin mangas recibía de su jefa, quien contaba un fleje de dinero que asustaba, la orden más extraña desde que trabajaba allí: alguien, seguro que algún millonario excéntrico, había reservado la habitación número doce para todos los viernes, a partir de ese día. Pero eso no era lo peor, lo peor venía luego. Iba a pagar sólo por el cuarto, una botella de güisqui de malta y un ramillete de flores de buganvilla.

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