Desde luego ahora

Jorge Ortiz Robla

Jorge Ortiz Robla (Las Palmas de Gran Canaria, 1980) es restaurador de bienes culturales y reside en Catarroja (Valencia). Sus poemas aparecen en las antologías ‘Aldea poética VI’, ‘Anónimos 2.1 y 2.2’ (Cosmopoética), ‘En legítima defensa’, ‘Poetas en tiempos de crisis’ (Bartleby Editores) y en revistas como ‘La Cigarra’, ‘Cuaderno Ático’, ‘La bolsa de pipas’, ‘Obituario Magazine’, ‘Eñe. Revista para leer’, ‘La Galla Ciencia-Minoría Virgiliana II’ o ‘Carne para el Perro’, entre otras. Ha publicado los poemarios ‘La simetría de los insectos’ (Lastura, tercera edición, 2016), ‘Resiliencia’ (La Herradura Oxidada, 2016), ‘Presbicia’ (Baile del Sol, 2016) y ‘Aniram, cuento ilustrado’ (Lastura, 2017). Ha obtenido el primer premio en los concursos XLIII Certamen de Poesía de Cheste con la obra ‘Debo y puedo (2016),  Fractal 5.0, con el videopoema ‘Escrito quinto’ (2015) y  XIII Puente de Encuentro, con ‘Comenzar después del fuego’ (2015), así como segundo premio en el V Concurso Internacional de Poesía Yolanda Sáenz de Tejada con Entreguerras (2014). Codirige la Revista Crátera de Poesía y Crítica Contemporánea.

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I

Mi tacto reverbera por los brazos,
es arena que compacta un cuerpo.
Aquí donde no resiste el sauce pero surgen cristales de sal en las fachadas, como heridas abiertas  que escuecen al curar, no queda espacio ya para memoria.
Desde luego ahora es tiempo de volver a caminar.

II

¿Cómo puede aquel que se extingue en el espejo reconocer si quiera un rastro de su gesto?
No volver al recuerdo de esa piel invicta ante la lucha vengativa del lapso.
Apreciar que recién plantado el arroz sentimos ya el olor de su quemado.

III

Ahora que el pilar se está agrietando,
que hay fractura en organismos oficiales,
se podría decir que se cuartea el fango y se endurece la huella que el pueblo marca.
Que la tierra les sea leve.
La retina al fin refleja la aluminosis voraz del capitalismo.

IV

¿Ves? 
Cómo dijeron del miedo, echará raíces, se extenderá como la hiedra que opaca y cubre cada palmo y se adentra como pequeñas agujas en la solidez, ante el vendaval.
¿Ves?
Procura olvidarles.
Corre antes que llegue el invierno.

V

Crecemos, como lo hace la leguminosa entre las baldosas agrietadas de la calle, al igual que el polluelo reclama desde la rama del árbol, que seco tiembla ante la tormenta. Crecemos y somos en el mañana, el ayer de vuestra esperanza.

VI

Lo que a tu alrededor se extiende,
la tierra que pisas,
la tierra que trabajas,
la que te vio nacer,
el árbol que desaparecido se convirtió en ceniza,
el espacio que refrescaba su copa que hoy drena el residuo de un unifamiliar,
el campo de amapolas por donde corrías manchando tus codos y rodillas en la caída,
el frescor de la acequia y del caño,
eso, todo eso,
es y será tu vida.

VII

Ama hasta la extenuación y el desmayo, porque no amar así, con la fiereza del galgo que devora el paisaje, recorriéndolo en su constancia y su pulso, no es amar lo inexcusable.

VIII

El sol sobre la estepa es un vacío en sigilo, un animal desnudo, un débil blanco. No como la cañada o el junco que a la focha esconde, no como la Albufera y su entramado de venas de agua que hasta el corazón llegan.

El sol sobre la estepa es de la noche, su carencia.

IX

Cuando la neblina baja, empapa los hombros del llaurador, que solo, completamente solo, observa una mano posada en su hombro.
Es el empuje natural, que intrigado busca de lo que es capaz, ante la tierra el hombre.

X

Cuando perdido ante la roca te sientas y sea seca la distancia en tu memoria,
busca el musgo.
Bajo el rayo que atraviese la vorágine de copas del boscaje, siente la comprensión del misterio,
busca el musgo.
Busca el musgo,
él te indicará hacia donde el norte.

XI

Bajo la tierra esperaba el cuerpo, como se duerme el tiempo entre las piedras contra las que nunca sopló ya más el viento.
La cuneta meció tu dolor, 
ahora entre el aire, 
te acogen las manos del hombre.

XII

Ciega de amor llega,
con el temblor de la mano inerte,
sobre los cuerpos que remotos exorbita y clama
con su beso de raíz y de muerte.

XIII

¿Ves el fulgor?
¿Cómo el pulso te alienta?
¿Sientes el crecer interior de la barbarie?,
¿El pensamiento incoloro de la fiera que obsesiva convulsa el cuerpo?. 
¿Quieres bailar?,
Eres fibra que ante el aire se siente una mano muerta.
Vibra,
como vibra el tamiz en la búsqueda del oro.
Vibra,
como vibra el cuerpo anteponiéndose a la muerte.

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