Una noche especial

Jesscia HerreraJessica Herrera es una gran fan de todos los mundos de fantasía. Desde muy joven se ha sentido atraída por la lectura épica y oscura. Como jugadora de rol ha participado en sesiones de ‘Exaltado’, ‘Ars Mágica’ y ‘Vampiro’, siendo esa última temática su favorita. Ha creado su propio mundo mezclando seres mitológicos tan distantes como los vampiros, los cazadores y los dioses griegos, dándoles un toque personal y abarcando todo un mundo nuevo de posibilidades para los seres de la noche. De prosa fluida y ligera, se caracteriza por las escenas cargadas de humor y por crear personajes con un enorme y elaborado trasfondo, dándoles una personalidad única y marcada. Ha publicado la trilogía ‘Saga de Sangre’ (‘Pentáculo de sangre’, ‘Cazador de sangre’ y ‘Augurio de sangre’), así como una guía de juego para aquellos que quieran disfrutrar de la trilogía como juego de rol.

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Aquella iba a ser una noche especial, Julio me lo había prometido. Llevábamos saliendo unos meses y había llegado el momento. Quería entregarme en cuerpo y alma a aquel muchacho de veinte años, de ojos grises y pelo azabache, que había conseguido atrapar mi corazón.

Me sentía preparada para dar aquel paso, ya había cumplido los diecisiete y era hora de permitirme amar sin barreras. Julio había logrado acallar todos mis miedos e inseguridades y me trataba siempre como la chica más hermosa del mundo. Sus palabras, como dardos llenos de amor, se habían clavado muy hondo en mi alma.

Tras una cena romántica en un restaurante íntimo, montamos en su coche y Julio puso rumbo a nuestro destino. El aire gélido se colaba entre las ventanas y la luna llena nos iluminaba el camino. Julio salió del asfalto para adentrarse en una carretera de tierra, que prometió nos llevaría al cielo. Mi cuerpo se bamboleaba con los baches, y la oscuridad se fue cerniendo a nuestro alrededor. Las luces del coche iluminaban una bruma densa que lamía el suelo, reptante como una serpiente huyendo del peligro.

El frío me erizó la piel, aguanté la respiración con una punzada de miedo, pero Julio me tomó la mano y me aseguró que todo estaba bien, que el lugar que nos esperaba merecería la pena. Minutos después vislumbré una gran casa, parecía antigua pero cuidada.

—¿Dónde estamos? —pregunté con curiosidad

—Es una casa que pertenece a mi familia desde 1870. Aún la conservamos aunque no vive nadie en ella, sólo la usamos para reunirnos en verano.

Asentí con una sonrisa. Estaba segura de que Julio lo había preparado todo a conciencia, y encontraría velas y pétalos de rosas en el interior, junto al fuego de la chimenea y a unas copas de cualquier cosa que calmara los nervios.

«El crepitar de las llamas iluminaba el salón, donde había colocado cojines y mantas en el suelo, junto a una botella de champagne»

Mis fantasías se hicieron realidad en cuanto entramos por la puerta. El crepitar de las llamas iluminaba el salón, donde había colocado cojines y mantas en el suelo, junto a una botella de champagne. Julio me ayudó a desprenderme del abrigo y nos sentamos juntos, entre sonrisas y miradas cómplices a disfrutar del alcohol y del calor.

Me sentía en una nube, con aquel joven mirándome ardiendo en deseo, mientras sentía como se arremolinaba en mi estómago las ganas que tenía de sentirlo pegado a mi cuerpo. Entre besos, risas y charla, las agujas del reloj dieron una primera vuelta.

De pronto, un sonido nos sobresaltó.

—Deben ser las contraventanas —dijo—. Iré a comprobarlo.

—¿El servicio? —pregunté.

—Por ese pasillo, la segunda puerta de la derecha.

Aproveché su ausencia para ir al lavabo y sacar el neceser para arreglarme y seguir perfecta. El espejo me devolvía la imagen de una chica sonriente, con las mejillas encendidas. Hasta que noté un escalofrío recorriéndome la espina dorsal y vi tras mi reflejo el rostro de una chica.

«La chica abrió la boca para decirme algo, pero de sus labios comenzó a salir sangre a borbotones»

Me giré con la respiración contenida y un grito ahogado en la garganta. La chica abrió la boca para decirme algo, pero de sus labios comenzó a salir sangre a borbotones. Entre mi chillido logré entenderle «vete».

Corrí hacia el salón, llamando a gritos a Julio que apareció corriendo escaleras abajo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—¡He visto a una chica sangrando en el baño! ¡Parecía… parecía un fantasma!

—¿Pero qué tonterías estas diciendo? —me miró como si me hubiese vuelto loca— ¿Es una broma?

—¡No! ¡Estaba detrás de mí!

Al ver mi estado de nervios, Julio concluyó que no mentía, y se dirigió hacia el baño. Abrió la puerta con cautela y asomó la cabeza, para luego abrirla del todo y mirarme con las cejas alzadas.

—No hay nada, Alicia.

Otro golpe. Esta vez lo escuchamos mucho más cerca.

—¿No has cerrado todas las contraventanas? —dije

—Será el árbol golpeando la ventana por el viento. Intenta relajarte.

Se acercó para abrazarme y llevarme de nuevo al salón para continuar lo que habíamos comenzado, pero para mí era imposible concentrarme en nada que no fuera mi propio miedo, que golpeaba todas las paredes de mi cuerpo con fuerza. Quería irme de allí.

«El ser golpeó la botella de champagne, y los cristales salieron despedidos por todas partes. Chillé de nuevo y Julio tiró de mi brazo hacia la salida»

Al girar en el pasillo para volver al salón, vimos delante de la chimenea una figura gigantesca que jugueteaba con unas cadenas en las manos. De ahí salía aquel sonido metálico que habíamos escuchado. El ser golpeó la botella de champagne, y los cristales salieron despedidos por todas partes. Chillé de nuevo y Julio tiró de mi brazo hacia la salida.

La puerta estaba atrancada. Lo vi forcejear con el picaporte, tirar de él hasta quedarse sin aliento, mientras aquel monstruo se acercaba hacia nosotros. Cada paso que daba resonaba en la madera, haciéndola crujir. Las luces comenzaron a titilar, temblando casi a la velocidad a la que yo lo hacía. Luego, un apagón.

Me aferré al brazo de Julio, que se había quedado rígido a mi lado. Intentaba inútilmente controlar los sollozos, las lágrimas corrían por mis mejillas.

—Por favor… no nos haga daño —musité.

La respuesta fue un gruñido animal, seguido de un empujón que envió a Julio al otro lado de la habitación. La luz volvió a titilar, mostrándome con cada pulso como aquel ser se acercaba a mí, moviendo las cadenas en círculos. Chillé y corrí escaleras arriba, para encontrar más horror. La primera habitación me mostró el cadáver de una mujer colgado del techo, prácticamente descompuesto. Con la segunda no tuve mejor suerte, miembros despedazados y sanguinolentos me esperaban tras la puerta. En la tercera sentí que mi raciocinio se pulverizaba, cuando vi a una chica que debía tener mi edad, atada con las mismas cadenas de aquel ser a la pared, con varios cortes en el cuerpo que aún supuraban sangre. Me acerqué a ella con cautela, pues aún parecía respirar.

—Oye… ¿estás bien? —le pregunté. Me sentí muy idiota.

La chica levantó la cabeza para mostrarme las cuencas de sus ojos vacías y negras. Sentí una arcada que vació todo el contenido de mi estómago. Lloré desesperada, esperando despertar de aquella horrible pesadilla en la que se había convertido mi sueño de amor.

—¿No te dije que iba a ser una noche especial?

Me giré lentamente al reconocer su voz. Julio me miraba con los ojos inyectados en sangre, con un sonido gutural y profundo, salvaje, mientras me enseñaba un puñal.

—¿Aún sigues viva, Elena? —preguntó con una media sonrisa— Pronto tendrás compañía.

«Su rostro se transformó en un gesto que jamás había visto. Una expresión hambrienta»

Su rostro se transformó en un gesto que jamás había visto. Una expresión hambrienta, anhelando el placer de cazar a su presa, de quitarle la voluntad y la vida a su antojo, de hacerla rogar por su vida.

El puñal se hendió en mi carne, hurgando en mis entrañas. Puñalada tras puñalada seguí deseando despertar. El dolor se atenuó cuando los pulmones se me encharcaron de sangre. La oscuridad se instaló en mis ojos. Lo último que escuché fueron las cadenas.

Luego descubrí que no había sido ni mucho menos la primera, y que no sería la última. La casa se llenó de espíritus perdidos, de mujeres que seducidas por un depredador encontraron la muerte en su mayor debilidad: el amor.

Pero aquel no sería el final… Julio lo pagaría muy caro. Con su vida y su alma.

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