Islas móviles

Texto leído en la mesa redonda 'La poesía como lectura del mundo y la insularidad en la poesía' y 'La poesía en el contexto de la literatura en las islas y en el mundo' dentro del I Encuentro Internacional de Poesía de Ponta Delgada

José Carlos Cataño
(Foto: Iván Pagant).

 

José Carlos Cataño (La Laguna, Islas Canarias, 30 de agosto de 1954) es poeta, narrador y ensayista. En 1977 se convierte al judaísmo ante un tribunal rabínico en Marruecos. Desde esta posición ha escrito en prensa denuncias sobre el antisemitismo español y ha emprendido proyectos sobre los judíos en África, Canarias y Barcelona. Su adscripción a un judaísmo diaspórico y reformista, le llevó a escribir una de las pocas novelas en castellano, a excepción de ‘Juanita Narboni’, de Ángel Vázquez, que recoge la jaquetía de los judíos del norte de Marruecos y el ladino balcánico y turco: ‘De tu boca a los cielos’. Colaborador en publicaciones internacionales como ‘Fisura’ (Nueva York), ‘Fractal’ (México), ‘Letras Libres’ (México), ‘Noaj’ (Jerusalén) y ‘Vuelta’ (México), ha ofrecido conferencias y lecturas poéticas en Siracusa (Sicilia), Jerusalén, Montevideo, Museo de la Casa del Poeta Ramón López Velarde de México, D. F., VI Festival Internacional de Poesía de El Salvador, Lyon (Francia), Internacional Festival of Poetry Smederevo’s Poet Autumn (Serbia), Ex Border. Festa della Cultura, Gorizia (Friul), Nueva York (Instituto Cervantes [1], Hofstra University [2], Cornelia Street Café), I Encontro Internacional de Poesia: “A Condição de Ilhéu”, Ponta Delgada, Ilha de São Miguel, Azores. Ha celebrado diversas exposiciones individuales de dibujos. Sus fotocollages han sido exhibidos en Espai d’Art Puntoaparte, Barcelona, 2013, Tenerife Espacio de las Artes (TEA), Santa Cruz de Tenerife, 2015, y S/t Espacio Cultural, 2016, Las Palmas de Gran Canaria. Su obra ha sido estudiada, entre otros libros, en Littératures espagnoles contemporaines, G. de Cortanze (Université de Bruxelles, Bruselas, 1985), Poesía española (Siglo XX), J. Marco (Edhasa, Barcelona, 1986), Cent ans de littérature espagnole, G. de Cortanze (Editions de la Différence, París, 1989), Lectura de poesía canaria contemporánea, J. Rodríguez Padrón (Colección Clavijo y Fajardo, Islas Canarias, 1991), Antología europea, F. Doplicher (Editore Avezzano, Roma, 1991), Historia crítica de la literatura española, F. Rico edt. (Editorial Crítica, Barcelona, 1992, Historia de la literatura española y latinoamericana, G. Sobejano edt. (Alianza, Madrid, 1993), Antología de la poesía canaria contemporánea (1940-2000), M. Martinón (Instituto de Estudios Canarios, Santa Cruz de Tenerife, 2003), The Cambridge History of Spanish Literature, D. Thatcher Gies (Cambridge University Press, 2004), Campo abierto: El poema en prosa en España entre dos siglos, M. Agudo Ramírez y C. Jiménez Arribas (DVD Ediciones, Barcelona, 2005). Ha ejercido un papel destacado en la difusión de la cultura canaria en el exterior como director en Barcelona del ciclo ‘El Papel de Canarias’ y como impulsor de iniciativas similares en colaboración con el Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya y la Fundación La Caixa. Por otra parte,  ha impulsado exposiciones, talleres de arte contemporáneo y ciclos teóricos en Cataluña, Canarias e Italia, como Trilateral, Travesías y Orientalismos. En enero de 2009 fue elegido miembro honorario de la Academia Canaria de la Lengua. En poesía ha publicado ‘Jules Rock. 1973′ (L’Oreille Qui Voit Tout’, 1975), ‘Disparos en el paraíso’ (Edicions del Mall, 1982), ‘Muerte sin ahí’ (Edicions del Mall, 1986), ‘El cónsul del mar del Norte’ (Pre-Textos, 1990), ‘A las islas vacías’ (Ave del Paraíso, 1997), ‘En tregua’ (Plaza & Janés, 2001), ‘El amor lejano. Poesía reunida, 1975-2005′ (Reverso, 2006) y ‘Lugares que fueron tu rostro (Bruguera, 2008). En el plano narrativo, ‘El exterminio de la luz’ (Nuestro Arte, 1975, – 2ª edición: Taller Ediciones JB, Madrid, 1975), ‘Madame’ (Península, 1989), ‘De tu boca a los cielos’ (Edicions del Mall, 1985 – 2.ª edición: Anroart Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, 2007), Ha publicado también los diarios ‘Los que cruzan el mar. Diarios, 1974-2004′ (Pre-Textos, 2004), ‘De rastros y encantes’ (Asociación de Amigos del Libro Antiguo de Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2012), ‘La próxima vez (2004-2007)’ (Biblioteca de la Memoria, Editorial Renacimiento, 2014) y ‘La vida figurada (2008-2009)’ (Biblioteca de la Memoria, Editorial Renacimiento, 2017); así como los ensayos ‘Antología poética de Saulo Torón’ (Biblioteca Básica Canarias, 1990), ‘Casi tal cual. La fotografía de Humberto Rivas’ (Lunwerg, 1991), ‘Escritos’ (colección Pasos Sobre el Mar, 1994), ‘Aurora y exilio. Escritos, 1980-2006′ (La Caja Literaria, 2007) y ‘Cien de Canarias. Una lectura de la poesía insular entre 1950 y 2000′ (Idea, 2009).

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De tanto llevar la isla dentro, siente uno la necesidad de expulsarse de ella. Se dirá que esto ocurre con todo punto natal. Y es cierto. Pero conviene ir por partes. La Isla, con la mayúscula de la soledad, es la parte esencial, el hombre en potencia que por salir del caos ingresa en el tiempo. La parte que invita, con precisión mitológica y poética, a efectuar el desplazamiento de la isla a la Isla, el péndulo cartográfico y espiritual entre el lugar de nacimiento y el lugar ante el mundo, como lo reflejan, con diferentes resultados, los Ulises de Kavafis y Joyce. Isla, por último y por principio, que es tiempo transformado en templo.

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Proveedoras de temor y encantamiento, a partes iguales, las islas fueron depositarias del Vellocino de Oro. Del Santo Grial. De las llaves para una transformación que no será posible, quizás, sino en otra vida: por eso, quienes llegan a las islas, en los relatos de Grecia o de China, lo hacen a través del aire. O navegando. En el primer caso, son los bienaventurados como Aquiles, cuyo cuerpo conduce Tetis hasta la desembocadura del Danubio para desposarlo con Helena y que conozca de este modo la felicidad eterna. Para ellos son la isla Blanca, la isla Verde de la mitología celta, Ceilán en la tradición musulmana del paraíso terrenal, las islas de la Espuma de las leyendas japonesas. Montsalvat la caribeña; Thule la última frontera: el borde de la fiebre que ya roza otro mundo. En el segundo caso se trata de los navegantes que se enfrentan a todo tipo de adversidades, como bien lo experimentaron los argonautas. O aquellos marinos que en busca de las islas felices solo  encontraron la isla de Formosa.

No es raro que sean islas exógenas, como la isla de Medamothi, que se hallan «en ninguna parte». O en algún lugar, pero guardadas por dragones o magas más fieras, como Morgana, la reina de la isla del Otro Mundo.

Cuenta la leyenda que el monje irlandés Brandano partió en busca del Jardín de las Delicias, como un día hiciera Sindbad el Marino. Y habiendo puesto pie en la isla a la que da nombre, también conocida en las leyendas macaronésicas como San Borondón, la isla se movía como si se tratara del lomo de un monstruo del océano. Fue el navegante portugués Diogo Gomes de Sintra quien, en 1438, regresando de Guinea a Portugal,  dio con unas islas que bautizó Salvajes. ¿Se trataría de San Brandano? El fraile andaluz Juan de Abreu Galindo cita en 1632 la isla que aparece y desaparece, San Borondón, llamándola Aprositus (la Inaccesible). Los pescadores del norte de la isla de Tenerife navegaban a las islas Selvagens, a 151 millas náuticas de Madeira y a 89 de las Islas Canarias. Por mucho tiempo las islas Selvagens o Salvajes solo existieron en la imaginación y en la experiencia del explorador, en la del fraile historiador, en la de los  pescadores.

Siempre ha quedado San Borondón deslizándose sobre el horizonte de la mar macaronésica. Isla premonitoria que, en el seno del navegante, reproduce el periplo de su propio reconocerse. Como la isla Chiang Tse, a la cual se accede desde el centro de uno mismo.

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Más allá de las islas odiséicas, con sus reinas caníbales, con sus particulares mantas religiosas, a veces también reparadoras, la bruja Sycorax de La tempestad de Shakespeare es como la reina Alsina del Orlando furioso de Ariosto, que a placer convertía en piedras o en plantas a sus amantes.

Las islas de la utopía europea reflejan aun a las arpías, amazonas y sirenas dueñas de las islas Estrófagas. Mujeres que, para amedrentamiento de los varones, vuelve a surgir en las relaciones de Marco Polo o de Cristóbal Colón.

Pero tratando de superar a estas fatales, el pensamiento utópico pinta islas idílicas, igualitarias y perfectas. Y tal es el grado de perfección, que no tardan en aparecer las islas Irónicas de un Rabalais. Son islas en las que s vive sin grietas ni dobleces. Son el aviso, desde su ingenuidad o inocencia, de las islas de Gauguin. La faz benigna que recubre el hueso podrido de la condición humana, que lo disfraza de carnaval.

Las islas utópicas fundadas por más Moro, como el Mag Mell de la mitología celta. recrearlos jardines de las Hespérides, con manzanas de oro parecidas a las que buscaba Hércules.

La Isla, como terreno simbólico de la realización, se desplomó al terminarse los mares tenebrosos, las tierras en blanco en los mapamundi, las distancias de puerto a puerto. Así también se desplomaron las paredes volcánicas de la isla de Krakatoa y al hacerlo lo anegaron todo, desde las páginas de Julio Verne hasta las páginas de nuestra imaginación. La resaca de la explosión volcánica había acostado las islas deslizantes, voladoras y metamórficas bajo el limo.

Hablaba Marina Tsvetáieva de tres épocas en la vida: la premonición del amor, la vivencia del amor y el recuerdo del amor. Si doblamos este pensamiento de la poeta rusa sobre un plano insular, nos encontraríamos en una época donde las islas han quedado reducidas a un verano de diez días, con desplazamientos incluidos; a la melodía de Je t’aime, moi non plus, La isla bonita o a la del descerebraos de turno.

No son las islas jardines de cosas y vivencias ideales como antaño, sino escenarios para la exaltación del cuerpo como apariencia plana, sin capacidad metafórica. Liso y mero cuerpo insignificante, como los sentimientos al ritmo de un sol que tiene la misma relevancia que el monitor que distrae las vacaciones hosteleras del turista. Salvo que como sucede en alguna novela de Houellebecq, la naturaleza hable mediante un atentado mortífero. O sin mediación literaria: como el tsunami del diciembre de 2004 en el Índico. O, en el mismo Índico, con la deportación en 1961 de los habitantes de las islas Chagos a manos de norteamericanos y británicos para construir una gigantesca base militar en el Índico sur.

Como pasa con el tema de Auschwitz, el poeta, el geógrafo de la escritura, el geólogo de la emoción, ha de contar con estos derrumbes y hecatombes para mantener la imaginación de la isla de sea, su deriva entre la primera explosión del universo y el final de su eco.

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