Chanel nº 5

Inma Flores

Inmaculada Rodríguez Flores (Gáldar, 1967) es una creadora polifacética. Escribe poesía y narrativa. Fue colaboradora de Radio Canarias Sur a los 18 años. Ha participado varios libros de relatos y cuentos colectivos: ‘Camada’, ‘Los hijos de Alan Poe’, ‘Cuentos de Navidad’, ‘El amo de la isla’, ‘El peligro de amar’ y ‘Violeta de Manganeso’, que se gestaron a través de la web y en diferentes antologías de relatos y poesías. En febrero de 2017 presentó su primera publicación individual, ‘Quimeras de sal’. Pertenece a varias asociaciones de escritores y amantes de la literatura, entre ellas Palabra y Verso. También participa con asiduidad en programas de radio relacionados con la poesía en Radio Gáldar y Onda Canaria, además de publicar en el Paseo Literario del periódico virtual Norte de Gran Canaria. Escribe en los blogs Vivencias Oníricas, Un trozo de cielo azul, Dejando volar la imaginación.

FacebookBlogen DRAGARIA

 

Se pintó los párpados de un color con matiz terroso y, junto a la ceja izquierda, añadió un dorado mate, para luego hacer lo mismo junto a la derecha. Volvió a introducir su dedo índice en la paleta de colores y extendió, desde cerca del lagrimal, un tono rosa claro, para posteriormente rematar en la parte interior del párpado superior con un tono algo más claro. Tomó un algodón y suavemente difuminó los colores, cambiando e iluminando su mirada. Abrió el neceser y cogió un lápiz de ojos color azul petróleo, con el que bordeó las pestañas superiores mediante un trazo limpio. Su forma de maquillarse era pausada, una ceremonia que repetía cada viernes. Para finalizar utilizó un rimmel fijo que doblaba en volumen sus pestañas.

Es en ese preciso instante, frente al espejo, se miró a los ojos y sonrió con una mirada pícara que al rato se volvió triste.

Acabado el ritual en la parte superior de su rostro maquilló sus labios, con un perfilador marrón y una barra rojo pasión. Añadió un poco de color a sus pómulos, su frente, su barbilla y su nariz, para resaltar la feminidad de su cara.

No podía faltar el perfume. El mismo que siempre le regaló su esposo en cada aniversario.

Tomó de la estantería de su cuarto de baño el Chanel nº 5 que él le había obsequiado meses atrás y presionó el vaporizador, apuntando al techo; ágilmente se puso debajo de las partículas de perfume que caían sobre sí, inundando de la esencia su melena, sus hombros, sus pechos, su espalda… Cerró los ojos e inhaló, lentamente,  recordando como en ocasiones sembraban de besos su cuerpo recién salido de la ducha, con tanta pasión y prisa que apenas le daba tiempo de secarse, estando aún  envuelta en la humedad que tanto le gustaba.

En ese instante se sintió una pantera dispuesta a ir a la caza de su presa, de su nueva presa.

Desde que descubrió que su esposo la engañaba sintió la necesidad de probar el placer del peligro, de lo oculto, de devolver la pelota con la que le habían golpeado los sueños. No se trataba de un partido de tenis, tampoco de una venganza ¿o quizás sí? Lo cierto era que no quiso discutir cuando descubrió, tras un descuido con el móvil, varias de las conversaciones de wasap de su marido:

«Qué bien lo pasamos anoche. Me encantó. Esa postura jamás la había hecho antes, mi esposa es demasiado pasiva para convulsionar sobre mí como tú lo has hecho»

«Lamerme con esa lengua serpentina… ¡¡Uhmmm!!, me has hecho sentir un placer enorme; casi no puedo contenerme; por poco te impregno toda la cara y el vestido»

«Nos veremos el domingo en el restaurante. Disimularemos como siempre, recuerda, “hace meses que no nos hemos visto ni hablado”, no vaya a ser que se dé cuenta María»

«Le diré a mi marido que he quedado con Juani para tomar un café y nos vemos por el Puerto, en el mismo hotel donde estuvimos la última vez. Fue fantástico. Estoy deseando superar el número de orgasmos de la semana pasada. No te preocupes que yo llevaré los aceites y dime el nombre del gel que están usando en casa para que María no note ningún olor extraño».

«El dolor que sintió en su corazón le pareció infinito, pero a pesar de que esas conversaciones se clavaron en su corazón como puñales no fue capaz de soltar una lágrima»

El dolor que sintió en su corazón le pareció infinito, pero a pesar de que esas conversaciones se clavaron en su corazón como puñales no fue capaz de soltar una lágrima. Acto seguido se fue al ordenador de su marido, segura de que allí encontraría más argumentos que la ayudasen a tomar una decisión acertada, pues no acababa de creer aún lo que había visto y sentía un desagradable latido en sus sienes, que la hacía enloquecer. No pudo entrar en el correo electrónico, había cambiado la clave; tampoco en el facebook, pero sí fue a ver cuáles eran las últimas páginas que se habían visitado su esposo:

  • Sexo gratis en tu ciudad
  • Amistades en Las Palmas
  • Chat de sexo Canarias, gratis

También visitó el perfil de facebook de algunas de sus amigas con las que él decía que hacía tiempo que no hablaba, descubriendo comentarios que la entristecieron aún más,  y páginas de películas porno que aparecían en el listado de los links visitados en los últimos meses;  alguna de estas películas tenían títulos tan desagradables que prefirió olvidar.

Por un instante pareció que de su ojo izquierdo quiso escapar una lágrima; ágilmente la contuvo.

Esa tarde se calzó los zapatos de tacón negro más sexis que tenía en su vestidor y, acto seguido, bajó a la calle. Tras caminar varias manzanas, alejándose de su casa, tomó un taxi.

Había quedado en un pub cerca del mar con un joven de voz perturbadora que la llamaba a su móvil, con frecuencia, tras una primera vez en la que marcó su número por equivocación. Aún no le conocía en persona. Al entrar  le descubrió al instante, era el portador de una sonrisa espléndida. El joven se dirigió hacia ella y la tomó de la mano para llevarla al confortable sillón que se encontraba al fondo de la estancia. Antes de que se sentase rozó sus labios con un ligero beso cargado de sensualidad. Estuvieron escuchando música, bebiendo y charlando durante apenas una hora. Deseaban intimidad, por lo que decidieron dar un paseo bajo la luz de la luna,  con el arrullo de las olas de fondo. Ante cada paso que daban se iban apretando más y más, uno contra el otro,  tanto que él la tomó por la cintura y ella hizo lo mismo, para luego fundirse en un acalorado beso, donde dos lenguas se entrelazaban suavemente para finalizar con la boca del joven  besando y mordiendo el cuello de María, el lóbulo de su oreja, hundiendo la cabeza entre sus pechos…

—¡Uhm! Me encanta el perfume que llevas —comentó el chico—, no puedes imaginar cuánto me excita.

—Es mi pijama, el mismo que dicen que usaba Marilyn —contestó María con  un pícaro guiño.

—Pues tendré que ver cómo te queda —fue la respuesta que obtuvo.

«María temblaba, era la primera vez que estaba con otro hombre que no fuera su esposo desde hacía varios lustros»

Poco tiempo después estaban en el coche del muchacho, aparcados junto a un precipicio donde rompían las olas violentamente. Al compás del ruido del vaivén de las aguas sus cuerpos se iban excitando cada vez más. María temblaba, era la primera vez que estaba con otro hombre que no fuera su esposo desde hacía varios lustros, pero aún así decidió vivir el instante, y sus apasionados besos se extendieron por todo el cuerpo del joven, mientras desabrochaba con avidez su camisa, el cinto que custodiaba el fruto de su deseo, la cremallera del pantalón… y pronto se sorprendió degustando la firmeza que brotaba ante sí.

Mientras, él iba deshaciéndose de las telas que cubrían el esplendoroso cuerpo de la mujer, desabrochó el sujetador dejando al aire sus pechos, sus dos grandes y hermosos pechos, que se balanceaban ante sí de una forma tan sensual que no pudo soportar del deseo de acariciar aquellos pezones con los que soñó desde la primera vez en la que se cruzaron sus miradas. En un principio sus caricias eran suaves para continuar con la desesperación, el deseo y la agitación que brotaba de su entraña.

Cuando ella terminó de disfrutar del apetecido postre  se relamió, y él terminó de desnudarla, de quitarle la última prenda que  aún quedaba sobre su encendido cuerpo. —Ambos pensaron que fue una gran idea el ir a la parte posterior del vehículo, con los cristales tintados  nadie podría verles—. Acto seguido la atrajo hacia sí; abrió, con la ternura que la pasión le permitía, sus muslos y apoyó sus manos en las rodillas, para luego agarrarla  por sus nalgas; la  presionó entre sus brazos y la penetró con dulzura. En ese instante se miraron a los ojos, quizás a modo de consentimiento y súplica a la vez.

Los gemidos de María eran cada vez más fuertes, y a medida que el vaivén de las olas producidas en la parte trasera del vehículo adquirían velocidad, crecía la espuma de mar que desprendían…

Tras un intenso suspiro, extraído de las profundidades de su alma, el chico hizo rebosar su pozo de placer, a la vez que ella gritaba, extasiada.

¿Cuánto tiempo duró la estancia en ese paraíso? ¿Logró apagar alguna de las llamas de su infierno? Sólo María lo sabe.

Al acabar, continuaron abrazados hasta el amanecer. Luego él la dejó a medio kilómetro de su casa. Ella tomó, de nuevo, un taxi y dio varias vueltas antes de llegar a su desgajado hogar.

Su esposo dormía.

—¡Qué pronto has ido hoy al mercado!  No quise despertarte anoche y me quedé dormido en el sofá —le dijo, mientras se daba la vuelta para seguir en manos de Morfeo.

María sonrió. Ojo por ojo, asta por asta.

Puedes comentar este artículo en nuestra página de Facebook: