N. Wennofer N.

Inserto en el libro de cuentos de próxima aparición titulado 'Museo de agua o invención de renacimiento'

Ignacio Gaspar

Ignacio Gaspar (Charco del Pino, Granadilla de Abona, Tenerife, 1956) publicó su primer cuento, ‘Una noche de hambre’, en 1975. Le seguirían ‘El hombre en el rayo de la luna negro y las Ortigas’ (1977), ‘Árbol de frutos para árbol de fuego’ (poesía, 1980) y  ‘485 años después del año de la nana’ (relato,1981). Recientemente ha publicado ‘Nación de pájaros o desesperación de amanecer’ (poesía, 2012). En breve verá publicado su nuevo libro de cuentos, ‘Museo de agua o invención de renacimiento’.

en DRAGARIA

 

 A la imagen inescrutable de Fetasa

Los animales regados en las orillas pendientes de los lados, mordiendo las hierbas inalcanzables de las cortadas más arriscadas, y yo sentado en un asiento justo, al abrigo de un hueco, mínimo corte, orilla de la caída, a plomo del veril de Gabancho, cabeceando un sueño de resistencia, con una piedra pequeña en la mano, arrullado por querencia con el airito ligero y agradable que subía de la hondura de la profundidad, sintiendo las tentaciones confianzudas del miedo que me asaltaban la cabeza con más de una advertencia, y me aconsejaban que me halara para atrás, que tuviera cuidado, que no arriesgara tanto, no hacía falta ser tan valiente, ni tan orgulloso como yo me hacía, que en un descuido me podía ir hacia adelante, sin querer, y cuando despertara, me descubriría en el mismo fondo del barranco, sin vuelta posible.

La parte más activa del miedo permanecía dentro de mí, vigilante, posición imprescindible para el control interior y exterior de mis emociones; y la menos significativa, prolongación de una imagen casi de máscara, sesteaba, extendida por un lado mío en sitio de nadie,  mostrándose dócil, sujetando por la boca, de moño, un saco de muescas y mecanismos desconocidos, como un niño que se iba a dejar dormir rápido, cansado de jugar, porque no tenía hambre, o se iba a desvanecer como una sombra que se ausenta del descubierto por luz caída a plomo, o montar un artilugio de tres piezas sólo para instruir a necesitados. Pero en el momento de más confianza y más sosiego, por mi parte, no supe cómo ni de qué modo, el cabrón miedo adivinó el pálpito de una jodida duda que cruzó por mi entereza blanda, una cotidianidad mínima, yo la noté y no le di más importancia, como una bruma de ojo ligera que se estrega y desaparece; el miedo se engrandeció como una fiera y se lanzó como un ratón a la vena más visible de mi cuello, por donde corre el chorro de sangre más potente de mi alma, y empezó a morder con fiereza y a soplar y a morder y a soplar, mordiendo y soplando, y el dolor que yo sentía no repercutía en el forro del músculo del cuello ni en la vena en sí, sino en una parte oculta y casi insensible de mi cabeza, y mi interior se desarbolaba pidiendo una contrarrestación urgente, la que quiera que fuera, pero rápida. Y yo me sentía incapaz de organizar una réplica a aquel abuso, y el hijo puta miedo, con campo despejado, con más ganas y con más contundencia, mordía y soplaba, mordía y soplaba, aflojando y tensando, aflojando y tensando el hilo milimétrico que compone el potencial de la resistencia de la carne de la tripa de la vena y el músculo del cuello, hasta que logré zafarme de él, no de una sacudida, ni negando de mí mismo, sino olvidándome de quién soy, convirtiéndome en un luchador imbatible y en la máscara salvaje de la historia de un carnaval corrido, pendiente de trato, y también en el tapado oculto que roba peras de su propio peral, que linda con la mejor fruta para otra propiedad y bebe agua de las hojas del naranjo porque necesita absorber el jugo de la flor de azahar para mezclar con la sangre la sal de las lágrimas de lluvia, sudor de la naturaleza, y el  miedo cobarde aflojó la presión de los dientes sobre la vena del cuello y se dejó caer como una sanguijuela harta de chupar, que se hubiera hinchado y se hallara completamente satisfecha y se dispusiera a dormir un sueño y no hubiera sido yo con mi rebeldía, en lucha contra todo ataque y engaño, el que me lo hubiera sacudido de dentro y de encima con empeño y mi fuerza simple, sino él mismo, que se había tomado un descanso. Eran dos interpretaciones de una misma acción.

¿Cuál sería el poder de los dos contendientes que prevalecería para la próxima pelea?

«Mi madre, seguramente, fue mujer que tuvo que soportar mucho miedo, cualquiera alcanza a adivinar el miedo que tuvo que amarrar, mujer callada»

Con desvelo y obsesión, otra vez más, me pregunté cuál había podido ser el origen y el arraigo de aquella tremenda inseguridad dentro de mí. Y había llegado a la conclusión, y era muy probable que yo hubiera heredado aquel terrible temor y lo hubiera padecido antes de nacer. Mi madre, seguramente, fue mujer que tuvo que soportar mucho miedo, cualquiera alcanza a adivinar el miedo que tuvo que amarrar, mujer callada, nudo sobre nudo, para que no le saltaran los estribos, sujeta por la miseria y la incomprensión y la perplejidad, y al dominio completo de la existencia, acogida al aire, para continuar adelante a la vela del destino de la vida, sin aflojar lo más mínimo, con la lazada tensa en la garganta, acostumbrada a convivir con semejante ahogo y una pelota de mierda más y otros restos de otros escrúpulos innombrables también de más, alrededor. Por esas y otras causas fui heredero legítimo de mucho miedo, de demasiado miedo, no a una sola cosa, en particular, sino miedo a todo, menos a la imaginación y al abismo. Y me había criado con él, formaba parte indivisible de mi constitución, y siempre me he dejado cagar de miedo y no lo he terminado de cagar nunca en su totalidad, dedicándole toda la obsesión más limpia y más curiosa de mi existencia, porque yo he colaborado abiertamente con él, para su propagación en todo mi organismo.

Y tuvo que transcurrir tiempo de soportar revolturas, malestares y envenenamientos ocultos, incomprensibles, insuperables, hasta que de pronto me descubrí hablando, interpretándome con mi propia voz temerosa, como si yo mismo fuera el miedo mismo. Y conocí la realidad en carne cruda, y esa misma actuación me ofreció la contra actuación inmediata para igualarme al montón de mierda de miedo que me consumía. Me cagué en la real puñeta y en la madre que parió el mundo, y me fajé a muerte contra la posesión del miedo instalada en mi interior. Sin tregua.

«Después de ese día no he vuelto a vivir con tranquilidad, sino a ratos»

Después de ese día no he vuelto a vivir con tranquilidad, sino a ratos. Cuando siento que he deshecho parte del entramado y la representación del miedo por el que me dejé conquistar, por herencia o por debilidad, y del que me quiero desatar cuésteme lo que me cueste, que nunca será caro y siempre será lo último que haga y haya valido la pena la lucha y la resistencia sólo por esbozar un segundo de sonrisa para volver a pelear de la misma manera, hasta pensar que lo he achicado de nuevo y vuelva a sonreír abiertamente y recordarme una vez que me despierte después de muerto, con esa sonrisa de triunfo en los labios, con el recuerdo de la persona que me recuerde, sin haberse dicho nunca adiós o lo siento, no puedo más.

El miedo imponía su personaje y yo posesioné el mío, al mismo nivel, y se mantenían desafiados constantemente. La mayoría de las veces el carácter del miedo me vencía por mi condescendencia conmigo mismo, pero yo salía victorioso porque había resistido y habilidosamente le había cambiado los papeles, y yo, como parte del engranaje de miedo útil, encarnaba su propio personaje, y entonces el representante del miedo era yo y mi sujeto, y yo no le podía tener miedo al miedo de mí mismo, ni a la duda o el origen que lo había creado. Y lo debilitaba. Era la única manera de reducirlo, a poco menos de nada, y mantenerlo tiempo a raya, haciéndole un agujero en el balón de la eficacia para sustentar como pasante otras distinciones, y que destilara gota a gota la grasa de su bola, hasta descomponerse forzosamente como una miseria.

«No podía olvidar que tenía que convivir con el miedo y que el miedo no toleraba, sólo dominaba»

Y yo podía respirar, silbar, llorar, sentir, hasta que el mismo miedo perro volvía con nueva estratagema, y yo tenía que volver a estudiar otra estrategia de defensa original nunca utilizada para que me desconociera, para volverlo a rendir, y así sucesivamente, una pelea detrás de otra, toda la vida. No podía olvidar que tenía que convivir con el miedo y que el miedo no toleraba, sólo dominaba, y no era una pared con agujeros que resumía humedad, hilos de hierba, abrigo, sino que constituía otra figura indefinida, indescifrable. Y yo tenía que compartir la dedicación al combate del miedo con la corta existencia para poder mantener unas relaciones más o menos de llamada calidad: beberme una cerveza, un buen vino blanco de El Pinalete, el mejor vino del mundo, o comer papas guisadas con pescado salado, etc.

Toda esa lucha entre el miedo y yo, y yo y el miedo, acontecía sólo en mi cabeza. Exclusivamente en mi interior, y la única manifestación externa que se podía reconocer del fuerte combate que se libraba permanentemente en mi capacidad, eran las sacudidas de brazos y piernas, pérdidas de cabeza constantes que yo, con elegancia y madurez, los convertía en perfectos ejercicios gimnásticos que obtenían premio si competía en reuniones federadas, fuera de los círculos domésticos.

El miedo me hizo padecer una convulsión y un estremecimiento, una temeridad y una impaciencia que yo en aquel momento no estaba preparado para soportar. Me había vuelto a sorprender, como casi siempre, con una nueva celada. Algún desconcierto irreversible estaba el cabrón miedo habilitando en el inconsciente de mi organismo, que ignoraba, y que iba a aflorar de un momento a otro o poquito más tarde, cuando yo estuviera todavía más distraído en un deseo imposible, o más convencido de que la arremetida no iba suponer mucho más del esfuerzo que esperaba.

«Yo le devolví la sonrisa, era lo mínimo que podía hacer, conservar la gentileza»

El muy hijo puta miedo, actuando a través mío, sin mandar a nadie, pretendía otra vez con más ímpetu la destrucción completa de mi persona de un solo ataque, minando completamente mi seguridad, nada más que por el simple hecho de pensar en él y recrearlo con el solo pensamiento o debilidad. Y se hizo el gracioso y se echó a reír sin mirarme, como si yo no representara un rancho de gente indeterminada y él estuviera tratando con otra persona cualquiera de la reunión, o se hubiera equivocado de figura. Me devolvía mi réplica envuelta en papel estraza. Era su forma de remedarme, de sedarme y de provocar, porque había descubierto mi coartada silenciosa, pero no había podido rechazar mi asalto y se comportaba como si aquella levantada no tuviera valor. Yo le devolví la sonrisa, era lo mínimo que podía hacer, conservar la gentileza. Me llamó la atención mi movimiento forzado de labios, esbozando una mueca interpretable que me mantenía contradicho y dudoso, a punto de salirme fuera de mis sujeciones insumisas y útiles.

¡Y que yo me riera de mí mismo, después de haber introducido en mi propia sangre y en mi propia cabeza el misterio del miedo universal que me hacía reír, era grande! Me estaba manipulando a mí mismo y con gracia y con risitas, como si fuera un ganador improbable. Casi nada.

La orilla silenciosa del veril de la boca del barranco de Gabancho, cada día me cautivaba y me asombraba más, y no sabía explicar por qué razón. Aquel puesto me transmitía una seguridad pasmosa, la justa para mantener la contrapartida y la independencia en la lucha por la subsistencia y contra el miedo. Allí, a la orilla del peligro, en su propio terreno, en su único ámbito, el cabrón presentimiento de miedo quería desplazarme de mi sitio preferido de pensar para aislarme y que no acabara de inventar el mundo paralelo imprescindible para continuar sobreviviendo con otra visión distinta a la realidad, y combatir la puta construcción de una realidad que tampoco era de miedo del todo, sino de más mierda, de un poquito más de mierda pasada.

Me sentía bien. No lo podía evitar. Había agarrotado un ratito la actuación acoquinadora del cabrón miedo. A la hora del tránsito por este paso, que los animales en su recorrido diario, viraban de abajo y escogían estas laderas resbaladizas para pastar con riesgo, con absoluta tranquilidad, yo me refugiaba en este puesto, y el airito de la profundidad del barranco me protegía de todas las provocaciones y persecuciones que creaban los contornos, sin causa.

Allí, como yo estaba colocado, para descubrirme, tenían que conocer mi costumbre y fijarse desde lejos expresamente para aquel punto que me traía recuerdos infantiles inquietantes que me gustaban y me colmaban, porque de cerca y de cualquiera de los alrededores no se veía nada, sino el veril cortado que caía desde arriba hasta el mismo fondo del barranco. Nada más.

«Sonreí porque me había dado cuenta de que había confundido el ladrido de un perro con el graznido del cuervo»

Disfrutando de la posesión de aquel extremo de frontera, sobre la orilla alta de la hondura del corte del barranco, dominio sólo mío, particularmente mío, sentí lejano y próximo, los ladridos de un perro, y al mismo tiempo la coincidencia de los graznidos de un cuervo que se acercaba, aleteando, tranquilo. Lo estaba viendo atravesar por sobre la parte baja de la llanada larga de José Galván, siempre volando al mismo ritmo. Sonreí porque me había dado cuenta de que había confundido el ladrido de un perro con el graznido del cuervo. El cuervo atravesó la parte del espacio que mis ojos alcanzaban a abarcar por encima del Risco de los Vencidos, y prosiguió su camino recto hacia poniente, sin intención de posarse. Por la voluntad de vuelo aparentaba que no albergaba ninguna duda sobre su destino y que no iba a favor del viento, más bien circulaba en contra del aire, como un sobreviviente.

Al momento no lo volví a escuchar más. Se había alejado lo suficiente, o había dejado de graznar. Aquella distracción puntual me había hecho olvidar la presencia del perro y de la acción del miedo en mi organismo, y yo seguía anclado en mi misma posición, sólo, sin deseos de moverme, observando con tranquilidad la parte de horizonte que asomaba para que yo lo contemplara, por la boca abajo del barranco.

Quería darme otra oportunidad, otro principio para otra vida distinta, tenía derecho, me correspondía por naturaleza y por rebeldía. Aquel era un tiempo cesante que transcurría con otra lentitud, que se había echado atrás, que yo no lo quería retener, no me interesaba, para que empezara de nuevo por mí, y convertirlo en presente, en contemporaneidad, que yo pudiera rejuvenecer y renacer y hacerlo mío, con la misma pasión que por cualquier existencia. Sin tregua.

«El miedo me quería ahumar, para dejarme caer con naturalidad»

Dándole vuelta a cualquier actuación inmediata posible del miedo, una sacudida contradictoria, como casi siempre, me desequilibró el cuerpo y dos reacciones ocultas enfrentadas irrumpieron en mi juicio, sin contar conmigo, para nada, como si mi voluntad no existiera, y yo dentro de mi cuerpo, inútil y desvalorado, puesto en mi contra, a destrozarme. Una presencia testimonial más de las desavenencias de la ley de mi sustancia. Y los deshechos de aquella ruptura se mezclaron en mi sangre y abrieron sendas de pesar, desengaño, y un sentimiento de destrucción y renacimiento insustituible, al mismo tiempo. Y olí a humo, como si estuviera dándose fuego a brazados de leña, cerca. Borbotadas de humo de mezcla, ascendían por la pared de poniente de la orilla del barranco. El miedo me quería ahumar, para dejarme caer con naturalidad, para arriscarme mejor, envuelto en un pretexto, medio asfixiado, como si hubiera sido un accidente, no una decisión propia, o un consejo de confianza. Una disculpa más para justificar una presencia impalpable, porque lo llevaba en la sangre. Lo tenía todo previsto. Y yo también el rechazo y la contraria, a mi favor.

Levanté la cabeza y examiné los alrededores, tuve la cabrona impresión de que podía ser mi casa la que ardía, y el humo se reconducía sin saber de qué manera hasta la orilla de la pared de aquel barranco, justo donde me encontraba yo, inflexible, con mi desafío personal. Toda imposibilidad era probable. Y rematé mi idea de actuación de defensa sobre el miedo, y cambié mi lengua viva por una lengua de tabla, de quitar y poner, que servía para cualquier trámite sencillo y poco comprometedor, que se acababa rápido. La voluntad no me abandonaba nunca, y supe, por convencimiento propio, que mi casa no era la que ardía, yo no había dejado ningún caldero al fuego porque había salido muy temprano y volvía más tarde, a la hora del regreso de costumbre y me alimentaba con comida fría o de leche de cabra mamada directamente de la teta, por gusto, sino que se trataba de una fogalera hecha por el miedo para arrimar más temor a mi debilidad, a mis últimos momentos.

«Me hallaba seguro del riesgo por rutina del ejercicio que practicaba, y no pasaba nada, o casi nada»

El fuego del que brotaba aquel montante de humo escandaloso, no había sido la casualidad de una chispa de cualquier estallido de piedra o la reverberación de un cristal en una mata media seca y media verde nacida en una hendija de la pared liza del precipicio que podía arder y parecía que estaba ardiendo un mundo, sino que era una burla como el final de una fiesta que se quema en un soplo todo y era la candela que queda y que hay que quemar para dejar la fogalerita apagada, bien apagada, antes de que todo el mundo se marche, y que tampoco se apagaba con mucha agua sola, ni con poca agua y mucho esfuerzo tampoco, sino con otra provocación vigorosa, de igual categoría y envergadura.

La humacera de semejante fuego se desprendía de las plantas de mis pies descalzos que se abrasaban apoyados con las puntas de los dedos a las vetas de la piedra lisa del arriscadero, haciendo esfuerzos por mantenerme en equilibrio a aquella altura limpia. Era solamente yo el que fortalecía el fogaje que prendía debajo de mis propios pies. Así y todo no me sentía en peligro. Me hallaba seguro del riesgo por rutina del ejercicio que practicaba, y no pasaba nada, o casi nada. Veía las palomas salvajes volar y lanzarse a gran velocidad contra el vacío hacia abajo y ascender hacia arriba, con sencillez, y aquella soltura de las palomas me volvía más soberano y seguro. Por lo menos yo lo sentía. Eran mis sentimientos los que intervenían en la invención de mi espacio original, de estreno, desconocido para mí.

Desde lejos, la visión de aquella columna de humo tenía que apreciarse de otro modo. Con seguridad. Cualquier persona que pudiera estar observando mi ubicación, guindado al asiento mínimo del risco pelado, desafiando el miedo, tendría una opinión distinta sólo por la perspectiva.

«No me quedaba más amparo que ser consciente de que me encontraba solo»

Había quedado aislado completamente por fuera y por dentro, y buscaba respuesta a las interrogantes que se me planteaban en los signos del tiempo, reflejados en el firmamento que solía interpretar y leer, siempre que lo necesitaba. No me quedaba más amparo que ser consciente de que me encontraba solo, me hallaba completamente solo y tenía que resolver el desafío y la contrariedad contra el miedo, del mismo modo que si fuera a abrir la puerta de la casa de la Degollada de la Cabrera, al pie de la entrada a la cumbre para encontrarme con un vacío o la eternidad.

El acoso del miedo sólo me estaba permitiendo una salida: lanzarme al vacío y aprender a volar, o pasar al otro lado de la parte de allá del paredón. Pero yo intervine una vez más en mi propia reflexión inconsciente, dominada por el miedo propio, no con voz para suplantación, sino con lo poco que puedo ser, o soy, y de una sola vez, el ejercicio de rebeldía momentánea de mi reacción ordenó por importancia y rendimientos todos los pensamientos destocados y disconformes y dudosos de mi cabeza, que me dejó loco, con el sombrero educado de los saludos en la mano y con un poquito de menos miedo que otras veces.

No podía tolerar ni un momento más que el cabrón miedo continuara atravesado en mi manta, ni en mi garganta, ni en mi corazón, ni en mis corvas, y su mochila extendida por mis pies, apoderado de su medio y el mío, y yo constituido en un ser inocente, casi infantil.

Ignorante y débil, con la disposición de su astucia, yo me mostré servicial con mis sueños comunes, en el camino o en la aspiración, por si por casualidad el miedo anduviera perdido. De contesta recibí una patujada indescifrable, que no llegué a entender ni el temor mostró señales de aclaración.

Me pegué más a la piedra y al filo del veril, para desafiar con la misma ligereza y contundencia que la atracción del miedo me descalificaba por débil, creyéndose manejador de mis decisiones, y que con seguridad me iba a dejar caer, que me iba a lanzar al vacío para justificar su teoría y su presentimiento.

«Había sido la voz inconfundible de Isaatus, que estaba comiéndose un bocadillo de sardinas de lata, con Rafa»

No fue mi tino claro el que me asesoró. Lo supe con prontitud, porque era su forma más personal de plantear la propuesta. Había sido la voz inconfundible de Isaatus, que estaba comiéndose un bocadillo de sardinas de lata, con Rafa, hecho con el pan que la mujer de Rafa le envolvió en un papel una semana después de casados, cuando Isaac y Rafa salieron a dar una vuelta y tardaron una semana en volver y le dieron la vuelta a todo un mundo. Me aconsejó que dividiera mi cuerpo en órganos (como el personaje de Amos Tutuola atravesando el bosque de los fantasmas en la novela El bebedor de vino de palma, y con un cuerpo sin órganos, que Guilles Deleuze aconsejaba en su lección Cómo hacerse un cuerpo sin órganos, veintiocho de noviembre de mil novecientos cuarenta y siete), pasar el veril sin temor a despeñarse, y al otro lado, sobre un suelo seguro, volver a construirse, no con los mismos órganos del cuerpo anterior, porque nunca resultarían los mismos, sino con los de la invención constituida, de un renacimiento incontestable y rebelde, de un hombre fundado, sin órganos, porque había sobrepasado la vara de la franqueza y la marca de la bruma, de la luz y de la sombra, y había conocido el cruce de la muerte o el de la piedra del gallo, donde descansan las ánimas camino de la montaña Colorada de la cumbre, tras las señales del sol de los muertos, sobre el veril de la profundidad de otro barranco más hondo.

Cumpliendo la norma no escrita del fetasianismo que se había convertido irreversiblemente en verilista, por herencia, y por experiencia de principios, y porque era imposible que fuera de otra manera. Primero me convertí en la máscara salvaje que había sido, de dientes afuera, y me volví completamente desconocido, que con mi desaparición no perdía nada, absolutamente nada, sino la consecución y el alcance de un creador.

«empecé a desprenderme de los órganos más usuales, uno por uno»

Con el miedo sostenido entre la cabida de mis manos, atracado contra las piernas y los estallidos excitados en mi cabeza haciéndome olvidar lo conocido de mis vivencias, empecé a desprenderme de los órganos más usuales, uno por uno, primero los brazos, luego el tronco, a continuación la cabeza y el sombrero, y con las piernas y la cabeza debajo de los pies, cargado con sólo media imaginación al frío de las uñas de la laja afuera, ofreciéndome con plenitud al vano del precipicio, pasé al lado de allá, completamente inseguro y categórico.

Desde el otro lado me detuve a mirar para atrás, por curiosidad, razonando el hecho simple de aquel tránsito momentáneo que había generado tan tremenda discusión, la simple distancia entre la cresta del risco pendiente y el fondo del barranco abajo.

El mundo y los universos posibles contenidos en todas las concebibles visiones verosímiles al alcance de mi mirada alrededor tenían que ensancharse, porque el pasillo para el combate entre ese miedo acusador y yo, iba a resultar estrecho para la agarrada. Alguno de los dos tenía que desaparecer o transformarse y adaptarse a una nueva creencia, porque el más flojo, sin capacidad de reinventarse, pagaba más deprisa, con la destrucción y el exterminio.

«Mi nuevo estado, cuerpo transparente, sin órganos, me mantenía en el aire, sostenido solamente por la atracción del centro de la tierra»

Mi nuevo estado, cuerpo transparente, sin órganos, me mantenía en el aire, sostenido solamente por la atracción del centro de la tierra, igual que un pájaro. La transformación frente a la posición del miedo había sido y estaba siendo una novedad en mi recreación como individuo, y todavía no había concluido. Sólo con el desprendimiento de los órganos y el tránsito sin alarma, frente al veril de la debilidad y la codicia, como si no me hubiera fragmentado, por creencia inteligente, no por fraccionamiento físico, y como si estrenara nueva composición y nueva piel, porque en ningún momento de la alteración había perdido el control sobre mis órganos desarticulados, o no expuestos, no sólo porque pertenecían a mi memoria personal, sino a la imaginación colectiva de los otros, de todos, no tenía que adaptarme a mi nueva situación, con mi entidad desmontada, hombre sin órganos o nuevo pensador que conservaba otra sensibilidad sin temor, una rebeldía original y otra visión y extrañeza por la libertad que se brindaba inmadura, dame la mano Fetasa.

Contemplé la mochila del miedo deshecha al pie del veril, colgando hacia abajo, y yo ansioso, distanciándome de mí mismo, reculando, mirándome a la cara y riéndome a boca llena. Y mis especulaciones debatían si alguna vez, el miedo antes, había anidado por cerca o lejos de mi establecimiento o mi cabeza, con un poco de reparo y algún ligero olvido, de mordida.

«todo podía estribar en un paso más o paso menos, lo imposible, lo posible, el límite, lo infinito»

No puedo asegurar con certeza, por el esfuerzo ejercido en estado de excitación, el tiempo que pasé aferrado a la cabecera del risco sobrepasando la prueba de la inseguridad y del límite de tiempo, espacio donde el miedo no se atrevía ni a trepar ni a retroceder, y yo sólo tenía posibilidades de dejarme mear vivo con los pies colgados al vacío, ahogando la garganta con aire y un poco de saliva, hasta cruzar al otro costado. O si sólo fue un momento, darle la vuelta al risco alrededor, deslizarme de un lado a otro, pendiente de la misma orilla segura, de la altura del veril, como si me hubiera caído al fondo de aquel barranco sin fondo y no fuera yo el que transitara, desafiando el despropósito vencido y mi acumulación de miedo como un nido de huevos de araña, sino mi ánima que había ascendido del fondo de la cascada y había transcurrido con soltura pasajera ingrávida de una orilla a otra, asegurando que no había ninguna diferencia entre permanecer arriba, al filo del precipicio, o abajo en el firme del fondo de la inmensidad, y todo podía estribar en un paso más o paso menos, lo imposible, lo posible, el límite, lo infinito o un ejercicio de valentía o de terror, o si quedó en una sola pretensión, una ilusión de mi ansiosa liberación y no de mi conciencia ni de mi convencimiento que todavía arrastraba los restos del ejercicio de la  inoculación y de la expulsión del cabrón miedo, que continuaba acogotándome desesperadamente, con una locura imposible de comprender.

Desde el espigón saliente del risco donde me mantuve siempre sentado, frente a la profundidad del veril, salté al paredón, poseído de un extraño equilibrio de poder y tranquilidad, como si hubiera superado una prueba más de ingravidez y de inexistencia y la vida pesara poco, muy poco. Lo mínimo imprescindible, porque ya, casi sin querer, había repetido el mismo corto recorrido unas cuantas veces en el poco tiempo de esta polémica.

(1975-2016)

(N. Wennofer N. es un personaje de ‘Cerveza de grano rojo‘, novela de Rafael Arozarena)

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