Ariadna y la isla

Fermín Higuera

Fermín Higuera (Tenerife, 1961). Su actividad intelectual y creadora tiene tres facetas: la literaria, la musical y la docente. Desde 1986 es profesor del Conservatorio Profesional de Amaniel en Madrid. Ha dado numerosos recitales de piano solo y camerísticos por toda la geografía española. En 2004 pone música al documental ‘Crispín’, premiado en el concurso Documenta Madrid. Como escritor muestra, hasta el momento, dos vertientes: la poesía y el ensayo. Como poeta, entre otros libros, ha publicado: ‘La carne de las hojas’ (1980), ‘El idilio de los ausentes’ (1991), ‘Querella del dolor’ (1994), ‘Verba volant’ (1995), ‘El hijo del ir’ (1996), ‘Sangre al cielo’ (Tenerife, 2003), la antología poética ‘Bisagras en la hoguera’ (Poemas 1980-1999) (Tenerife, 2002) y ‘Religare’ (2011). Como ensayista: ‘El verso en blanco’ (1995), ‘La literatura oral en el camino hacia el despojamiento’ (1995), ‘El movimiento de la mirada’ (1996) y ‘Hacia una materialización de la trascendencia’ (2003). Recientemente ha publicado su libro de prosas ‘Sinfonía de la sombra blanca’.

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Enfundado en un pequeño docenario, nuestro escritor nos entrega Insolaciones, nubes. La observación del tiempo, con su sucesión de noches y días, sirve para apuntalar una estructura de páginas, un predio de heridas que el pudor impide que sean nombradas pero que el poeta nos descubre entre las líneas. La estructura del diario le permite desvelar, en el vértice contradictorio que hay entre la contemplación y el testimonio (a favor y en contra de ambos), el relato de sus vacaciones. Resuena el abandono de los amantes, la desolación de Ariadna y Dido, en el clamor silencioso de la isla. Pero por su mano diligente, su plectro sabiamente gobernado, nuestro escritor quiere salvarse, atesorarse en la obra y ser esperanza de su propia sanación. Hay un empeño de testimoniarse, de dar la propia vida en la escritura cercana al diario y hacer de la experiencia su motivo.

Como en una pieza musical, Rafael José Díaz ha seriado las variables, las alturas de las nubes y el sol, del norte y el sur, y los intervalos de sus apariciones. Establece los motivos guiadores, los correlatos del yo en el escenario bifronte de la isla que son entre otros: la escritura (quizás su mayor certeza existencial), la obediencia a la llamada de la madre, el auscultamiento en la mirada y, sobre todo, el alarido de los placeres prohibidos que aún no alcanzan su plenitud en el esponsalicio. Podemos seguir el retorno de estos motivos,  y sobre todo del último (la llamada del deseo en las tierras hostiles), no sólo en la progresión de las páginas de este libro, sino a lo largo de los opus poéticos, que por ahora conozco, de nuestro autor y que, partiendo del rigor de una poética del silencio, reivindica, cada vez más, el testimonio de su experiencia amorosa.

Como en una filmación cinematográfica, alinea planos, ordena secuencias. El espejo múltiple de la ventana y la mirada obligan a leer el espacio en donde resuena la contrición y el arrepentimiento. Sin embargo, el párpado y la persiana que se cierran, el plano oscuro, no facilitan la huida.  Se cierne la cerrazón sobre los latidos, ello encuentra su analogía en un cielo totalmente cubierto. Pero el dolor es una dimensión demasiado grande para las consideraciones estéticas de la mirada y ni siquiera el paisaje, en su inmanencia, es capaz de abarcarlo. Si antaño, quizás, pudo evadirse o sentir placer estético en la imagen descendente del cielo cubierto, ahora no puede. Ni el poema del paisaje, ni la poesía que ha de surgirle de la comprensión del tiempo, le proporcionan consuelo, sino resonancia de los ánimos devastados. A veces el mundo interior del poeta es síntoma de su separatividad que lo obliga a descender a lo real, desde donde quizás consiga trascender, una elevación diferente, menos dependiente de los presupuestos estéticos y más unida al flujo humilde de las sudoraciones y angustias de lo humano.

«El poeta, poseído por el arquetipo solar, repite el fracaso del dios»

Padece la insolación («Sol poderoso, intratable, indiscutible»). El astro pronuncia siempre su enemistad con los devaneos de la sombra, no comprende el erotismo y denuncia la oscuridad de los amantes, es el cuerpo que pronuncia la luz del día pero, al mismo tiempo, enarbola el infortunio del corazón. Apolo, pese a su poder, es desdichado, ninguna de sus apuestas amorosas llega a buen término. El poeta, poseído por el arquetipo solar, repite el fracaso del dios y, por la derrota de sus tentativas, es huérfano de sí mismo. Fisura por donde escapa la vida, la experiencia del enamoramiento, es una lección de humildad, que le ha sido dada para su propio alumbramiento. En las cimas de la desesperación, como diría Cioran, sólo cabe confiar en el cuerpo emocional y que él nos otorgue el resurgimiento. La única inteligencia reside en permitir que el cuerpo nos devuelva la alegría. Atisbamos signos de ella en las golondrinas o en las estridencias del loro, seres que escapan al relato de la depresión.

Las nubes, el símbolo que promete la abundancia, se mueven erráticamente, iguales a saetas del fracaso. Veleidades, bromas del vapor, monadas del cielo, cristalitos de colores, adornos ahora inútiles que no pueden engañar la mirada escrutadora del sol. La humedad nocturna de los amantes yace herida en una mañana de verano.  El poeta se conduce obligado a sobrevivir, a gestionar su sobrevivencia.

«es poesía de lo real, pulso que mantiene la lamentación del hastío»

Esta obra podría ser considerada poesía del tiempo, pero sólo por sus apariencias. A mi parecer, es poesía de lo real, pulso que mantiene la lamentación del hastío y la contrición, o poema existencialista, pero sin los afanes trascendentes de El extranjero o La peste de Camus o El inmoralista de Gide, fundada en la desnudez del escalpelo lírico de la voz que se niega a sí misma, en la paradoja nocturnal del anhelo y la aspiraciones del individuo que padece la higiene de las emociones. Y, también, con esta obra, hemos de reconocer que los presupuestos originarios de nuestro autor, su punto de partida han evolucionado hacia un nuevo desafío. Si antes, en El canto en el umbral, su primera entrega, afirmaba el jardín cerrado del espacio interior, el paraíso exclusivo, ahora, en Insolaciones, nubes, muestra el infierno sin salidas de la insularidad. Su valor reside en no apartarnos del áspero alambre de lo real, en no prometer paraísos, sino en conducirnos por la radicalidad de la dureza. En lo fundamental nuestro autor también puede ser cernudiano, en cuanto que hace del deseo el tema principal de su pensamiento, pero tampoco lo es porque no elige el tono que canta la exaltación del mismo sino el descenso a sus transiciones ausentes y yermas. Su tema es el deseo, pero no por lo que fue o podría ser, su hipótesis anhelante, sino por los paisajes de su devastación.

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