Especial Finados 2017

‘La regañisa’

Comenzamos por este relato de Ángel Sánchez que, como buena parte de los textos sobre este tema, está basado en una leyenda popular, pero que en su pluma se ha acabado transformando en una pequeña joya de la literatura de terror del Archipiélago. Se trata de La regañisa, una abracadabrante aparición que tiene como escenarios diversos puntos del Cono Sur de la capital grancanaria en los años treinta del pasado siglo:

«Con su terno de dril limpito y las solapas almidonadas cuando salió de la Portadilla de San José, iba ahora Juan Casiano el de los Petreques, al que llamaban en el barrio ‘el Petreque Chico’, por ser el varón de menor edad en su familia. El ‘leyland’ de Calixto lo había dejado en la piconera que estaba poco más allá de la Vista, y desde allí se dejó llegar a la plaza de Jinámar, donde estaba el ganado. Burros viejos y mulas trabajadas en la zafra, poco que ver. Se manchó la pechera con vino, compró el turrón de costumbre para la viejita y volvió por el camino otra vez para San José, cuando ya el sol estaba boqueqando detrás de las lomas.

Había llegado a la vuelta de la Marfea cuando alcanzó a ver sobre el promontorio a una mujer con falda oscura y sombrero de palma subir por la veredita que llevaba al albercón de los ingleses. No llevaba muy lejos aquella vereda, si acaso a los riscos de la Marfea, donde la mar barría emperradamente la negrura del farallón. Era un derriscadero sin salida, aquello.

Saliendo ya del túnel de La Laja, Juan Casiano había acumulado tanta oscuridad en sus pupilas, que por fuerza tuvo que ver la mancha blanca que formaba en la cuneta, por el lado del mar, un bulto que había allí. El muchacho abrió muy grandes los ojos, creyendo a la primera que sería algún saquito de guano o un talego de gofio que hubiera caído de alguna caballería al volver del molino. Si fuera algo de comer no iba a pensarlo dos veces para echárselo al hombro y decir que se lo había encontrado, como así era: no eran tiempos para dejar comida botada sin ninguna necesidad, pasando ellos tanta en su casa. Se acercó al bulto blanco y, desde más cerca, pudo ver claramente que era un bulto de ropa que envolvía algo, pero no un saco con cosas de comer. Algo que se movía lentamente.

Se sentó Juan Casiano muy extrañado en el mismo borde de la cuneta para poder acercar sus manos al lío de la ropa, y lo vio por primera vez. Era un niñito de los que las desgraciadas aquéllas botaban por la Marfea. Le pasó por la mente lo que decían sus mayores en las tertulias, siempre que sabían de algún caso en que se hubiera descubierto el cuerpito de un niño en medio de los riscos: que las desgraciadas mayores eran las malas mujeres que mataban a sus criaturas tirándolas por la Marfea en lugar de dejarlas en el torno de las monjitas, y que las putas no hacían eso. Antes bien, las putas eran unas santas mujeres que cuando, por un poner, parían, no botaban a sus criaturas a la marea, sino que las dejaban en el mundo y así había tantos hijos de tal —decía maestro Miguel.

Allí había entonces un niño que no habrían podido tirar a última hora por los riscos y que, por el arrepentimiento de su verdugo, estaba ahora al borde del camino para que alguien hiciera la caridad de recogerlo y lo criara como suyo. Pensó en la mujer que había visto hacía poco cruzar la loma. Miró hacia arriba, pero desde allí era imposible ver el otro lado de la montañeta y era de suponer que, al paso que iba, ya habría traspuesto por el tanque. O que no tenía que ver nada con la criatura. Se decía, entre las mujeres de su casa, que una cosa es del primero que la ve. La levantó entre sus brazos y la puso a la poca luz del poniente. La carita, embozada con la sábana doblada y redoblada que lo envolvía, era una simple mancha de carne oscura. Le retiró el embozo por encima de la frente y vio con más precisión las líneas de su cara. Era como ver la cara de un ratoncito acabado de nacer, de los que por juego metían los niños de la Portadilla en cajas de fósforos, con el propósito de observar las desventuradas y monstruosas criaturas antes de escacharlas con un tenique.

El niño abandonado tenía aquellos dos mismos agujeritos por nariz, una frente como de cuero curtido y el pelo anormalmente crecido y gris para ser tan chiquito. Con sus ojos cerrados, parecía dormir. Subiendo el camellón de tierra que separaba la cuneta del camino, Juan Casiano hizo un movimiento brusco para impedir que le resbalaran los pies. Hundió el talón del pie más retrasado en la tierra para guardar el equilibrio y, sin notarlo, hizo el movimiento instintivo de apretar el fardo que importaba más que él mismo. Con tal fuerza apretó a la criatura en sus manos sin querer, que esta precaución terminó por despertar al niño.

Sus ojos verdes, magnéticos y rayados de amarillo, produjeron a Juan Casiano un vértigo emocional irresistible que lo paralizó al borde de la cuneta. Parecía un pequeño diablito que le miraba con más de cien años de experiencia, con el brillo de los culos de la botella abandonados en el basurero, cuando les cae el sol en peso. Aguantó la respiración. Luego, pensando en un posible miedo de la criatura que podía extrañarlo, asombradita de ver a un desconocido, tomó algo de aliento como para susurrarle un shshshsh! mientras lo movía apenita, como ya había hecho tantas veces con los hijos de su hermana Siona cuando eran chiquitillos. La reacción que tuvo el niño a aquellos arrumacos, que pretendían calmar su asombro, llenó de espanto al ya conmocionado Juan Casiano.

El niño había abierto su boquita y enseñaba unos dientes anchos como millo paletudo, negros e iguales, en una sonrisa satánica que Juan Casiano no puedo soportar. Le parecía ver allá adentro una boca sin fondo y un chisporroteo en las pupilas de la criatura, toda regañada. La mueca del engendro le había achicado los ojos de carbunclo, achinándolos, y todas las arrugas de un viejo aparecieron alrededor de su boquita, de los agujeros nasales y sobre su frente de cartón. Juan Casiano gritó: «¡Mi madre’el alma!¡Sale p’allá, jijo’l diablo!», lo echó a la cuneta con un furor de loco y echó a correr por el camino hasta llegar a la vista de La Laja.

Estaba bajo los efectos del asombro mayor de su vida: se le había aparecido el diablo, como contaban las viejas, en forma de niño revejío. Eso probaba que su padre había sido alguien de fuera de su casa. Miró atrás y no alcanzó a ver a nadie. El bulto estaría ahora en el fondo de la zanja y era imposible de ver. De buena se había librado, porque se había dado cuenta rápidamente y no había dejado que el diablito le hablara, que si lo hubiera hecho ya estaría perdido con el mal de ojo.

Miró al mar, oliendo la penetrante salinidad del atardecer para refrescarse. Allí estaba increíblemente la placidez de la vida que hasta entonces le alcanzaba, el cielo malva de la tardecita. Las gotas de la rompiente lo despejaron y sintió el escalofrío repentino que parecía librarlo del peligro. Caminó de nuevo hacia la ciudad. A la vista de San Cristóbal apremió el paso: quería encontrar a alguien, ver y hablar con alguien a quien poder decirle lo que le había pasado, para acabar de librarse de la posible maldición. No fuera a pasarle a otro lo que a él, sin culpa ninguna. Que alguien tenía que ir a echar paladas de tierra sobre aquello, para devolverlo a los infiernos.

Encontró a un pescador ya bastante viejo en el murito de la playa, sacando samas de una cesta pedrera para escamarlas sobre la piedra saliente del muro. Viéndole aparecer como vestido de fiesta y con aquella cara de resaca, el pescador le encaró: «¡Adiós el hombre! ¿Qué? ¿De fiesta viene? ¿Y cómo está eso este año?

—Bueno está… Pero ¡calle!, que casi me desalo cuando pasé por el túnel…

—Pos… ¿y qué le pasó? ¿le tiene miedo un pollillo nuevo a la escurridá?

—¡No, hombre! Pa mi cuenta que se me apareció el Malo… Yo creía que era un niño envuelto en ropa y… ¡tenía un jocico! —se persignó por primera vez Juan Casiano después del encuentro—. ¡Yah mi madre!… ¡Me hizo una regañisa que me volví loco y lo boté en la cuneta otra vuelta…!

—¡Oiga, caballero…! ¡Cómo que botó a un niñito…! ¿Y si allega a estar vivo? Los niños que se ajogan porái salen moraditos. No los desprecie, pos si no están cristianaos no es curpa d’ellos…

—¡Pero si estaba vivo…! ¡Y no era un niño… cóntrale!

¡Vaya cosa más rara! Eso es algún maleficio que han puesto ahí… ¡Y qué fue lo que le hizo?

—Una regañisa… Y se puso todo viejo… como… como…

—…Como yo ¿verdad? Dilo sin magua. Pues mira: como yo estoy más arrugado por viejo que por… Bueno, te voy a ayudar a quitarte la temblera que tienes, hombre…

—¿Y cómo, oiga?

—Te voy a isí la verdán.

—Pos venga… A ver si me quedo tranquilo…

—Pero dime primero: ¿cómo se te regañó? ¿Así?

Y fue entonces cuando el pescador cambió como por encanto su cara arrugada por el mar, morena y salitrosa, y aparecieron debajo de sus cejas grises dos cristales de aristas verdes. Y los dientes que le quedaban aún sobre las encías aparecieron podridos como los de un desenterrado, y un mapa de venas incandescentes le recorrió las arrugas de costero. Y todo era verlo como si hubiera crecido el diablito de la cuneta, traspuesto a aquel lugar para seguir persiguiéndolo y hablarle, al fin, como lo había hecho. Juan Casiano partió a correr con el pánico de salvar su alma y su vida, porque no podría defenderse frente al cuchillo de escamar pescado que tenía aquel diablo pescador de almas, estacado en mala hora a la orilla del camino; y corrió y corrió tanto que los turrones saltaban en el bolsillo de la chaqueta de dril almidonada, no viendo más que el cielo y la risa turbia del pescador que le seguía desde lejos. Lo más importante era no volver la vista atrás porque el mal de ojo de un viejo sería ya la condenación eterna. Tanto corrió y corrió que todo el polvo del camino quedó en su cuerpo, formó manchas en el sudor de sus alpargatas, y las manos las tenías frías. Y el sudor sobre su frente era como rocío helado de una ralentada.

Llegó Juan Casiano a los poyos del Obispo más sosegado de ánimo. La carrera frenética y cuesta arriba le había librado de un segundo peligro. Caminaba ahora ensimismado por las primeras calles de San José y se fue directo a la fuente del Callejón a lavarse la cabeza, porque ya le estaban dando tontunas de fiebre como cuando había tenido de niño la meningitis y no quería llegar a su casa con cara de muerto y asustar a la vieja. Se quitó las alpargatas, se arremangó el pantalón, lavándose los pies bajo el chorrillo. Unas pocas personas lejanas, sentadas en la acera, lo habían visto llegar y seguían con indiferencia sus movimientos, sabiendo que era un buen muchacho que le daba entero el jornal a la madre, Rosario la Melada, y no cualquier borrachuso que estuviera refrescándose, encochinado por el ron.

Ya más repuesto, subía el Petreque chico por el empedrado callejón, cuesta arriba hacia su casa. Atuásndose el pelo tocó en la puerta. Le abrió su madre, cubierto el pecho con un saco en forma de delantal y un trapo en la cabeza, como que estaba tostando millo en el patio.

—¡Pero Juanillo…! ¡Cómo vienes enchumbado!… ¿Que te bañaste en la playa vestido y todo?

—¡Jesús! ¡Calle, madre, no me nombre ese sitio!

—¡Pero bueno…! ¿Cómo allegas blanco como la cera? Venga, que no habrá comido usté y se gasta los cuartos pizco va y pizco viene…

—Madre, no me aturulle, que vengo corriendo todo el camino, y lo… lo más que usté sabe es que yo no bebo…

—Venga, mi jijo. No te quedes ahí parado. Pasa p’adrento… Pero ¿cómo es que vienes corriendo si entodavía no ha sido el toque de ánimas…?

—¡Madre… no miente usté a las ánimas, por favor, que me vuelvo loco…!

—¡Pero… y este hombre…! ¿Tú fuiste a una fiesta o a un intierro? ¡Mira tú qué facha p’a llegá a la casa d’uno…!

Juan Casiano entró a casa en silencio. Se secó el pelo, tomó un buche de café frío, directamente del calderito donde estaban las borras de por la mañana y apenitas de líquido, saliendo luego al patio a intentar tranquilizarse. Encima de los horrores que le habían sucedido iba a tener que aguantar los reproches de la vieja. Esta lo había dejado estarse ante la imposibilidad de saber qué pasaba por aquellos ojos encuevados, aquella frente de papel, y seguía dando vuelta al grano en el tostador, manteniendo el palo envuelto en una tela que, al calor de la lumbre, se había quedado cada vez más canelosa.

Estaba entonces Juan Casiano en la piedra trabucada junto a las latas de aceite cuajadas de helecho, rascándose las canillas, y se había decidido a contarle con intermitencias («Por cierto, le traje los turrones de azúcar que a usté le gustan, pero no me alcanzaron los cuartos p’a la caña de azúcar; otro año se la traigo…») a su madre lo que había sucedido en el túnel de La Laja y en el muro del Rebosadero, todo el horror que lo había dejado desalado. Aquella historia que debía largar enterita para poder librarse de ella y no soñar de noche con el tormento del Malo, repetido en dos regañisas idénticas. Procuraba soltar todos los detalles que le habían llevado al pánico, mirando hacia la tierra barrida del patio, con el fin de que no le mentase más en su vida a las ánimas benditas ni la Marfea, ni aquellas preguntas en la puerta, que sólo podía hacer el lobo vestido de abuelita en la cama…

Contaba con furia de detalles, para recordarse que lo había vivido él y que sería quien iba a olvidarlo antes. Para que aquel suplicio no se le amontonara en sus noches ni lo hiciera aborrecer el paso por el túnel otras veces, cuando fuera preciso ir a Telde a echar un encalado. Contaba quizás con agrado: para no enloquecer, para dejar suelto el horror de la experiencia y que el viento se llevara el maleficio. Para no hundirse en los carbonos de aquellas bocas negras como el dolor de vivir sin padre, sabiendo ahora que era mentira la muerte de su viejo en una marea mala de la Costa, que le había contado siempre la vieja.

Y cuando hubo referido Juan Casiano todo lo que recordaba, sintió cómo Rosario se apartaba del fogón y, con el palo de remover entre las manos, se le acercaba con cara de no haberse creído nada y le iba diciendo la fatal alineación de palabras que más podía pegarle un tirón hacia el abismo.

—¡¿Ah sí, mi niño?! ¿Y cómo era esa regañisa? ¿No era así?

Juan Casiano, fuera ya de la realidad, miró a Rosario con la valentía de los suicidas históricos: aquella frente llena de cenizas de carozos, aquellos conocidos ojos verdemar en fogonazos, aquella maraña de pelo de bruja secreta sobre las sienes de su madre, el palo humeando, aquella hórrida boca de condenación; y se levantó de la piedra como envenenado, gritando sin sentido, abriendo la puerta de la calle como si la casa ardiera por los cuatro costados y todo su cuerpo estuviera atizado por la candela del removedor de millo. Y corrió callejón abajo, cruzó el camino real, rodó ladera abajo a trompicones, con la agonía de la condenación eterna zumbándole en los oídos.

Y así entró Juan Casiano corriendo al mar por detrás del Castillo. el mar, que era entonces tan tierno y tan verde como un campo de alfalfa caldeado por el solajero de la tarde. Corría contra la resistencia de las olas, embriagado de fuego de sal verde, de seis pares de ojos familiares que le comían su mirada. Y así conquistó su lugar previsto en el carbunclo negrísimo de las profundidades del paraíso marino.

Y esto fue, según cuentan los que quedan vivos, el día de la Virgen de Jinámar del año treinta de este siglo…».

Inicio El Alma de Tacande, de María Victoria Hernández

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