Crónica de un matrimonio de filólogos

Echedey Medina Déniz

Echedey Medina Déniz (Moya, 1994) cursa el Grado en Lengua Española y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). Si bien hace relativamente pocos años que ha descubierto la poesía modernista de sus paisanos, se confiesa desde su infancia un admirador inconsciente de la sensualidad de los juegos florales del bosque umbrífero de Doramas, donde pasó sus años de niño jugando. Aún sin abandonar el juego, se ha sumado ahora a una aventura literaria que pretende ser el camino para ser partícipe de la fiesta de la vida, pues cree lo que dice Osho: «Conózcanse a sí mismos pues el camino es hacia adentro». Aunque cursó un primer año en el Grado de Historia, supo pronto que su amor siempre había sido la filología. Fue miembro del grupo literario El Paseo de los Flamboyanes y actualmente es miembro del grupo literario Palma y Retama, junto a otros compañeros de carrera.

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En cambio a él no le había hecho falta llevar la cuenta viciosa de cuántas veces había leído las novelas de García Márquez no por deleite sino por el tormento sin fin de disfrutar analizando frases sintácticamente; le temblaban las manos cada año más, pero cogía el bolígrafo y empezaba a garabatear funciones, cajones y sujetos morfológicos cada vez con más destreza y con menos miedo en el corazón cuanto más envejecía, y analizaba frases para olvidarlas, pero cuanto más analizaba para olvidar la sintaxis más la recordaba y cuanto más la recordaba más frases analizaba,  acomodado definitivamente en la honradez solitaria de ser un filólogo retirado a la caridad de la luz pública casado con una filóloga en las mismas exactas circunstancias que él, pues se había sorprendido a sí mismo con la revelación de espanto de que lo más difícil de la convivencia conyugal no era perdonar las grandes traiciones sino saber pastorear las diferencias de un análisis sintáctico. Si a la hora del primer café del día en la terraza de los mangos él creía que era suplemento, a la hora del mediodía ella lo desarmaba del tenedor y la servilleta con la profunda simplicidad de que ante las dudas siempre es circunstancial. De manera que a la hora de la siesta llegaban a relacionarse malamente, refunfuñando por la pus abierta de viejos rencores matrimoniales que levantaban la herida de otros rencores más viejos y estos a su vez las de otros, desgastando el sartal sin fondo de los recursos de la contrariedad que iban erosionando a la sirena del mascarón de proa del buque común y la iban corrompiendo inocentemente con la salitre del amor empozado en los venados podridos del coladero del matrimonio de dos jóvenes filólogos que se habían unido para luchar por la causa noble de la educación y habían acabado encaneciendo en las tuberías de los desagües de la vejez y unidos en una paz que se parecía bastante más a la amistad que al amor. En un principio los problemas eran puramente académicos y se limitaban a dialogarlos pacíficamente en las mecedoras del patio del loro con cuestiones tan viscerales para el corazón filológico como el debate entre el realismo mágico y lo real maravilloso o los contrastes del suplemento según Emilio Alarcos, pero en un determinado momento de la tarde la conversación se les estancaba y la conciencia quedaba perdida en los laberintos de la costumbre del amor domesticado. Entonces se les atoraba la mirada y con comentarios irónicos primero y dañinos después, acababan por ensuciar el debate filológico de las cochinadas que ya no hacían en la cama, de las piernas absurdamente recatadas de ella después de tantos años de matrimonio y del carácter autoritario de él después de tantos años de compartir cama, de manera que las ovejas perdidas del cotidiano ser acababan por imponer su pastoreo sobre las aguas mansas de la filología, que a fin de cuentas, estaba tan inexorablemente unida a la vida misma que al final nadie podía decir a ciencia cierta dónde empezaba una y terminaba la otra. Las crónicas de viaje de Hernán Cortés, los libros de Antonio Pigaffeta y otras crónicas filológicas acababan embarradas de la pimienta reprimida a lo largo de los años como un líquido seminal que les abrasaba el pubis y el alma de aquella maestría de cátedra que nadie habría discutido que es el amor, pues como le gustaba decir a él a quien quisiera oírlo, la única tesis que no tiene tribunal es la del corazón. Lo decía sin creerlo porque los dos tenían desde hace tiempo las brasas del corazón acomodadas, y la vida cotidiana salpicada de tantos amaneceres rajados por el gemido ahogado bajo las sábanas blancas y los cuerpos jadeantes con los jugos blancos consumándose como una carta sellada con lacre al fuego de la vela, y sin duda habían rebasado hace muchísimo tiempo la duda mortal de los primeros tribunales de la carne y del silencio, por lo que hacía tiempo que él no veía girar la tierra con sus goznes cada vez que le llovía sobre la fruta, ni ella sentía ya los puños de hierba aprisionados en los dedos de los pies cada vez que él la empotraba con su furia de poeta y la ensartaba en cuatro con batir de cuerpos contra el cristal. No en vano vivían de la compasión del autoengaño, y todas las tardes tras el intento inocente del amor de las ardillas, acababan por resignarse al espacio inviolable de cada uno: tendidos cada uno en su respectiva hamaca, desperdigados por diferentes partes de la casa, más distantes conforme iba refrescando la tarde y más solitarios cuanto más oscurecía, quedaban separados por una bullaranga de pensamientos y dignidades íntimas que no se veían desgarradas ni por el alboroto de Román, el loro con alas rojas y pico azul que él había traído de Praga en su auge de lingüista sin amaneceres, y que amenizaba las tardes monótonas de una pareja de filólogos retirados al borde del tedio cantando boleros del Caribe y tangos de callejones y puñales. Al atardecer, se sentaban a tomar el café en el patio que daba a la bahía, a ver pasar los transatlánticos venidos de Nueva Orleans, de la Guajira, de Santa Clara y de Las Palmas que habrían de traer a aquel obelisco polvoriento la misma hambre de triunfo, los mismos líos de faldas y las mismas lecturas de unos filólogos jóvenes que seguirían la misma senda irremediable del arribo a las playas del corazón en calma que era la vejez, y las mismas ganas de llorar de amor y de comer rosas desde que se embarcaran en el tren de ida sin vuelta de la filología.

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