En los grandes almacenes hay de todo

Cristo Saavedra
Foto: Raúl Ramos.

 

Cristo Josué Saavedra Sarmiento (Guía de Gran Canaria, 1981) inicia sus estudios universitarios casi al mismo tiempo que su pasión por la escritura (después de varios años sin quitarle la caperuza a la estilográfica). Actualmente se encuentra cursando las últimas asignaturas del Grado en Lengua Española y Literaturas Hispánicas, carrera que pretende terminar con un interesante proyecto sobre la obra poética de Jorge Luis Borges. Si todo marcha según lo previsto, en junio de este mismo año cerrará este ciclo universitario para especializarse en Español como Lengua Extranjera (ELE), dejando nuevamente su tierra canaria para continuar con un proceso de formación que le permita cumplir los sueños propuestos años atrás. En los últimos meses ha publicado varios microrrelatos en diferentes antologías y hace poco dio un pequeño gran salto con un libro de relatos cortos, reflexiones y poemas, titulado ‘Antología de un comienzo’.

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G

astar dinero, si no era en libros o cerveza, era algo que ya no le gustaba, pero a veces no hay más remedio que hacerlo y en esa obligación los soporíferos desplazamientos son, también, irremediables.

Pocos minutos llevaba buceando entre los artículos que ofrecían aquellos grandes almacenes cuando creyó ver algo que le resultaba familiar; lo interrumpió una dependienta aburrida con la frase más repetida en los últimos años: «¿Puedo ayudarlo en algo?» Volvió a su forzado cometido finiquitando diplomáticamente la breve relación comercial con la joven empleada y se fue a la sección de deportes. Una vez allí le pareció oír un nombre, en boca de alguien a quien creía conocer. Estuvo mirando como una peonza que gira a cámara lenta, una y otra y otra vez, sin ver nada que se ajustara a la sensación que hacía pocos segundos le había provocado aquella voz. Se agachó para escoger un calzado que se ajustara a sus nuevas necesidades de senderista novato y la llamada se repitió a apenas unos dos metros. Se irguió a toda prisa y vio a un crío, de unos ocho o nueve años, que sujetaba unas deportivas muy pasadas de moda, quizá populares en la década de los 80, al tiempo que gritaba: «¡Quiero estas!». Sintió cómo su piel se erizaba y cómo un extraño frío trepaba por su espalda cuando divisó a quién iba dirigido aquel clamor infantil. Allí estaba su abuela, casi treinta años más joven, ágil, fuerte, vigorosa… Y allí estaba él, imberbe, travieso, casi treinta años más joven, sujetando las que fueran sus deportivas favoritas a finales de aquella gloriosa década de los 80.

Los mismos rasgos, el mismo corte de pelo, la misma ropa hortera que mezclaba los colores con total impunidad, con la muñeca llena de pulseras de goma negra y los tobillos cubiertos por varios pares de calcetines que casi le llegaban a la rodilla. Era él, sin duda. «Perdón, señor», se dijo a sí mismo desde el pasado sin percatarse de la figura que había apartado bruscamente presa del ansia por estrenar aquellas nuevas playeras.

Intuía lo que estaba a punto de suceder, pues su joven abuela llevaba varias bolsas y su yo infantil ya tenía lo que había venido a buscar. Era el momento de pagar y de ir a la parada de guaguas. Por aquel entonces ella siempre tomaba el transporte público, la juventud y la seguridad de aquellos años le otorgaban cierta independencia.

«Apretaba el mando a distancia esperando ver las luces y oír el sonido que indicaban que el coche ya estaba abierto. Fue inútil»

Él se dirigió presuroso hacia los aparcamientos. Una vez allí observó que la plaza donde había dejado su coche estaba vacía y creyó que alguien se lo había robado. Presa de una repentina ansiedad miraba enloquecido por todos lados tratando de convencerse de que, quizás, lo había aparcado en otro lugar. Apretaba el mando a distancia esperando ver las luces y oír el sonido que indicaban que el coche ya estaba abierto. Fue inútil. Se detuvo un breve instante para coger aire y comenzó a analizar instintivamente el resto de coches que había en aquella planta: un Citroen CX de color gris marengo, varios Ford Escort muy nuevos, un Renault 4, un Seat Málaga que parecía estar recién pintado, incluso un Simca 1000. Aquello no podía estar pasando era lo que pensaba mientras los sudores descendían por sus sienes. «¡Un Talbot Horizon!», gritó ante el asombro del aparcacoches que se encargaba a veces de mover los vehículos que los clientes dejaban en doble fila sin el freno de mano puesto.

Pensó en la parada de guaguas y no dudó un instante en salir corriendo hacia allá. Una carrera sospechosa en miradas del pasado. El futuro llega así de rápido. Ya estaba cerca. Paró a coger algo de aire y se miró en el escaparate de una de las tiendas que había en la calle; su ropa había cambiado, su pelo también y sus gafas se parecían a las de Tom Cruise en Top Gun (1986). Introdujo su mano en el pantalón y sacó una cartera cuya piel era la burda imitación de alguna serpiente enferma de psoriasis. No había ningún documento identificativo, no había fotos, no había facturas, pero sí había pesetas. «¡¿Pesetas?!», pensó. Algo mareado se sentó en un banco próximo a la parada en la que esperaba encontrarse. Respiraba profundamente intentando recordar, reconocer aquella estampa y de nuevo la voz de su abuela que le gritaba que no corriera. Ambos la miraron; pasado y futuro, pasado y presente, pasado y futuro presente…

Allí se mantuvo expectante hasta que vio aparecer una desvencijada guagua que se resistía a envejecer. Uno a uno fueron subiendo todos los pasajeros y él no dudó en ponerse en la cola, justo detrás de una obsoleta familia.

«Cogió el desmesurado cambio y se sentó justo detrás de su ignorante abuela y su joven, pero no reciente, pasado»

Pagó con una moneda de quinientas pesetas. «Tres euros», pensó. El chófer lo miró con cara de pocos amigos y le preguntó que si no tenía nada más pequeño. Él apenas podía apartar la vista de la joven madre de su madre y de su yo más lejano y con displicencia le respondió al conductor que no. Salió momentáneamente del asombro cuando sintió en su mano un tropel de monedas que ensordecía el pensamiento. Cogió el desmesurado cambio y se sentó justo detrás de su ignorante abuela y su joven, pero no reciente, pasado.

Llegados a este punto, es imperativo señalar que la historia tiene dos finales: uno que todavía no es propicio desvelar y otro, creo que consecuencia del primero, en el que nuestro protagonista fue visto hace poco y en el que parecía saber demasiado. En usted, querido lector, dejo el esfuerzo y la voluntad de discurrir acerca de lo que ocurrió en el pasado más inmediato de hace casi treinta años, o bien elaborar las casi tres décadas posteriores a ese pasado.

De lo que no cabe duda es de que en los grandes almacenes hay de todo.

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