1967: ecos de un verano del amor

Antonio Lorenzo Tena

Antonio Lorenzo Tena (Santa Cruz de La Palma) es diplomado en Profesorado de Educación General Básica por la ULL, licenciado en Psicopedagogía, licenciado en  Antropología Social y Cultural y graduado en Sociología por la UNED. En la actualidad se encuentra realizando la tesis doctoral en el programa Comunicación y Educación en la Red, correspondiente a la Facultad de Educación de la UNED. Ha participado en algunas monografías editadas sobre historia local y ha sido colaborador habitual en la revista ‘La Prensa’, del periódico ‘El Día’, además de publicar varios artículos sobre temáticas variadas en revistas especializadas de Canarias. Su interés por la historia de La Palma le ha llevado a investigar sobre diversos aspectos del pasado insular, llegando a obtener el premio de investigación histórica Juan Bautista Lorenzo Rodríguez (2010). Desde la infancia ha tenido interés por la literatura, y aunque ha escrito ensayos y relatos breves, es neófito en lo que respecta a la publicación en esta faceta. Ha desarrollado su actividad profesional como bibliotecario en el centro asociado a la UNED de La Palma.

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Medio siglo ha transcurrido desde aquel verano de 1967 —el verano del amor—, considerado por muchos como la radiante eclosión del movimiento hippie, en el que tanto cambio se vislumbraba en el horizonte.

La percepción de que algo diferente sucedía, aunque no se supiese exactamente qué, caló profundamente en millones de jóvenes, como una llamada tribal intangible que les aglutinaba en torno a unos nuevos ideales de vida, muy alejados de los parámetros tradicionales asociados a un consumo sin límite. La conciencia de un cambio inminente era algo más que una ilusión febril. Ya lo había preconizado Bob Dylan en la letra de una de sus primeras canciones (1964):

«Vamos, madres y padres
de toda la tierra,
y no critiquéis
lo que no podéis entender.
lo que no podéis entender.
Vuestros hijos e hijas
están más allá de vuestro dominio.
Vuestro viejo camino está
envejeciendo rápidamente.
Por favor, salid del nuevo
si no podeis echar una mano,
porque los tiempos están cambiando».

California o Nueva York se convertirían en la meca soñada: «Si vas a San Francisco deberías llevar flores en el pelo», decía aquella vieja canción de Scott Mckenzie de hace cinco décadas. «Se puede cambiar el mundo, y se puede cambiar con canciones», manifestaba otro célebre lema, o «Haz el amor y no la guerra», en una clara alusión al pacifismo, a la libertad sexual frente a las rígidas normas sociales. Y es que las letras de las canciones rezumaban optimismo y rebeldía por doquier y la música actuaba como un elemento catalizador. Bastaría escuchar Good vibrations de The Beach Boys en un contexto de efervescencia vital global, para llegar a enloquecer a las endorfinas más perezosas, y es que, en un mundo que parecía preparado para la experimentación más hedonista, «disfrutar era fácil» como se afanaban en recordar The Young Rascals y Electric Flag. El mensaje de las letras emanaba luz, y a la vez las canciones se hacían eco de los deseos de un mundo más solidario y feliz. Era el tiempo de los himnos, del All you need is love de The Beatles o del Get together de la rutilante Joni Mitchell, auténtico icono musical del movimiento hippie:

«Solo somos el fugaz brillo de sol
que se desvanece en la hierba.
Vamos, sonreíd a vuestro hermano,
que todos se reúnan,
intentad amaros unos a otros…
ahora».

Era como si de repente todo se hubiese convertido en un inmenso caleidoscopio de colores, como si en el cielo gris hubiese surgido un brillante arcoíris, algo más que un simple trip lisérgico; la «hermandad de los hombres» proclamada en Crystal Blue Persuation de Tommy James & the Shondells.

«Un nuevo día llega. La gente está cambiando
¿no es hermosa la persuasión azul cristal?
Mejor prepárate para ver la luz. El amor es la respuesta y es algo maravilloso.
Así que no te rindas ahora, es muy fácil de encontrar,
solo mira a tu alma y abre tu mente».

En 1967 Janis Ian, una adolescente de apenas 16 años, saltaba a la palestra con una canción (Society child) contra el racismo, que le acarreó serios problemas de censura. Su pesimista letra, aunque con fe en el futuro, hacía explícitos los impedimentos sociales hacia el amor entre personas de diferente raza:

«Uno de estos días voy a levantar mis brillantes alas y volaré.
Pero ese día tendrá que esperar.
Chico, yo solo soy hija de la Sociedad.
Cuando seamos mayores, las cosas pueden cambiar,
pero por ahora las cosas son así,
y te digo que no puedo verte más chico,
no puedo verte más.
No quiero verte más».

No importaba, la mecha del cambio ya había prendido y era imparable, vendrían más canciones y habría más sueños por cumplir, más utopías por las que luchar.

«La cuestión era romper con un modo de vida, adoptando una nueva forma de pensar»

Pero no solo se trataba de música y canciones, había mucho más. La época marcó fuertes movimientos antirracistas y de liberación de la mujer. «La imaginación al poder», clamaban los estudiantes franceses en mayo de 1968. Se extendió el pacifismo y la no violencia, al calor de los efluvios psicodélicos y orientales. Comenzó a enraizarse el ecologismo como una forma de luchar por un mundo abocado al desastre. En el ideario hippie había una palabra clave que sobresalía sobre las demás: libertad; ese concepto a veces tan mítico y difuso a la vez que hoy aparece como un elemento utópico casi imposible de alcanzar; la ansiada libertad a la que se refería Joni Mitchell en Cactus tree con su repetido estribillo: «…mientras ella solo pensaba en ser libre». La cuestión era romper con un modo de vida, adoptando una nueva forma de pensar que incluía una estética diferente y anárquica: pelo largo y vestimentas eclécticas de color frente a la uniformidad urbana, vida natural frente a consumo, amor libre y comunas frente a parejas formales, ausencia de reglas frente a convencionalismos… Jefferson Airplane popularizaba en 1968 la canción Triad de David Crosby en la que planteaban el, hoy en día, llamado poliamor («¿qué podemos hacer ahora que ambos te amamos? Yo también te quiero, no veo por qué no continuar los tres»). Pocos meses después ese amor comunal era nuevamente recreado por Stephen Stills en Love the one you´re with («si no puedes estar con quién amas, cariño, ama a quién está contigo»).

«muchas de sus obras nacieron bajo el influjo del peyote o del LSD»

Por todo ese inconformismo los jóvenes, sintiéndose dueños legítimos y partícipes de su tiempo, recuperaron y reivindicaron obras de los escritores de la Generación Beat  (Beat implica el concepto de cansancio) como En el camino, de J. Kerouac, auténtica novela de culto para la juventud con ansias de rebeldía, cuya influencia fue capital para los creadores más avezados del momento. La coyuntura general había encumbrado textos literarios escritos varios años antes como El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, cuyo contenido contracultural encajaba a la perfección en el espíritu nihilista de la época. La misma libertad, cruda y realista, era enarbolada, asimismo, por Allen Ginsberg, irreverente e iconoclasta, que no tenía inconveniente en manifestar que muchas de sus obras nacieron bajo el influjo del peyote o del LSD, lo cual parece evidente en poemas como Aullido, con una narrativa hilada de manera casi hipnótica:

«He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, históricos famélicos muertos de hambre, arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria en la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de la ciudades contemplando el jazz».

Ginsberg, Ferlinghetti, Burroughs o McClure, entre otros poetas de la Beat Generation, compartían el desencanto hacia una forma de vida con la que no se identificaban. Otro autor revitalizado para la causa hippie fue Ken Kesey con su célebre novela Alguien voló sobre el nido del Cuco, publicada en 1962, en la que se recrea el uso de drogas psicotrópicas. Su adelanto al mundo psicodélico ya se había producido en 1964 cuando Kesey, junto al grupo The Merry Pranksters (Los Alegres Bromistas), había ideado un autobús multicolor de carácter lúdico al que llamaron Further (Más Allá).

«un grupo de mujeres alzó su voz, procaz y altiva, un grito al viento, casi imperceptible»

Eclipsadas por un mundo en el que prevalecía la dominación masculina, un grupo de mujeres, asimismo, etiquetadas como pertenecientes a la Generación Beat, alzó su voz, procaz y altiva, un grito al viento, casi imperceptible, para proclamar sus infinitas ansias de libertad. No les resultó nada fácil. Lenore Kandel (The love book) fue tildada de obscena por sus poemas desinhibidos, una especie de hard core literario adelantado a su tiempo. Su visceralidad vitalista se refleja en poemas como Poema dios/amor:

«…estoy desnuda contra ti
Y coloco mi boca lentamente contra ti
anhelo besarte
y mi lengua te rinde culto
eres hermoso
tu cuerpo se mueve hacía mí
carne contra carne
piel que se desliza sobre piel dorada
como la mía sobre ti
mi boca mi lengua mis manos
mi vientre y mis piernas
sobre tu boca tu amor
resbalando…resbalando…
nuestros cuerpos se mueven unidos
insoportablemente
tu cara sobre mí
es la casa de todos los dioses
y demonios hermosos
tus ojos…».

El orientalismo, la psicodelia, el sexo sin ningún tipo de tabú o la disidencia más radical llenaban el universo creativo de escritoras tan audaces como Elise Cowen, Joanne Kyger, Diane di Prima o Janine Pommy Vega entre otras muchas heroínas adelantadas a su tiempo. No lo tuvieron nada fácil en una sociedad modelada por y para los hombres y, aunque gozaron del reconocimiento de los contemporáneos de sus círculos contraculturales, necesitaron hacerse fuertes, como decía Marge Piercy en uno de sus poemas:

«Una mujer fuerte es una mujer con voz
en la cabeza que le repite:
Te lo dije, so fea, so mala, so tonta
Nadie más te va a querer nunca
¿por qué no eres femenina?
¿por qué no eres suave, discreta?
¿por qué no está muerta?
Una mujer fuerte es una mujer
empeñada en hacer algo que los demás
están empeñados en que no se haga».

La nueva visión que los hippies tenían del mundo auspició la reinterpretación de autores y obras cuyo contenido se identificaba mejor con los nuevos tiempos de contracultura. Así sucedía con Hermann Hesse cuyas novelas El lobo estepario y Siddhartha conocieron un enorme auge a finales de los años 60. La primera, fruto de la crisis existencial de su creador, debido a todo el universo onírico y psicodélico que pudiera vincularse con las drogas psicotrópicas, y la segunda por su conexión con las filosofías orientales, cuya seducción aumentó tras la visita de Los Beatles a la India.

«No faltaban filmes en los que se mostraba la cara más cómica del mundo hippie»

La ansiada libertad juvenil, enraizada con los nuevos valores contraculturales, calaba también en el cine británico y norteamericano. Música e imágenes se asociaban para conformar un producto multimedia atractivo que reflejaba aquel momento de cambio. Ya en 1966 la película Blowup jugaba con la dicotomía apariencia vs realidad, un coqueteo que se incrementaría en años sucesivos en torno a los efectos de las drogas psicodélicas, como Psych-Out (1968) con la banda sonora del grupo Strawberry Alarm Clock encabezada por la bellísima Pretty song («Estoy perdido en el sueño de un poeta donde los cielos son borgoña. Solo agita las manos y pronuncia las palabras. Serán azules») o Alice in Acidland (1968) que además abordaba el lesbianismo con la utilización de efectos visuales y, tras los primeros escarceos de Peter Fonda en The Trip (1967), especialmente con una auténtica pieza emblemática de este tipo de cine: Easy Rider (1969), un alegato sobre las drogas y sobre la libertad juvenil, aderezado con secuencias de carretera y música de The Byrds o Jimi Hendrix. No faltaban filmes en los que se mostraba la cara más cómica del mundo hippie como I love you Alice B. Toklas (1968) en la que el efecto de las galletas de marihuana generaba sentimientos de amor y felicidad entre sus consumidores; y es que todo tenía cabida, desde lo ácido y lo underground hasta la happy people y el poder de las flores. En las artes escénicas irrumpía a finales de 1967 el musical Hair, auténtica apología del mundo hippie, que parecía transgredir la tambaleante moral fuera de Estados Unidos con la aparición de varios actores desnudos y que contaba con canciones tan luminosas como Good morning starshine («buenos días, brillo de estrella. La tierra te saluda. Brilla por encima de nosotros…»).

Si 1967 fue un punto álgido de este movimiento contracultural, el festival de Woodstock en 1969, la mítica reunión de tribus que anunciaba el grupo californiano The Byrds un año antes, marcó el inicio de su decadencia.

«Ella te entregará un palo de sándalo,
una leve sonrisa y luego desaparecerá
para volver con una multitud de gente feliz,
que parecen haber venido de fuera.
Algo extraño, una reunión de tribus.
Un macedonio y un piloto llegan
riéndose de una broma alemana.
Un misterioso ángel sobre una moto
viene para sentarse a tu lado
y compartir una calada».

Si mirásemos hacia atrás, la perspectiva del tiempo genera hoy nuevos interrogantes sobre el movimiento hippie y el verano del amor ¿se trataba en realidad de un producto prefabricado de marketing? ¿un estado de color en forma de flower power urdido y controlado por el establishment para mitigar las fuertes tensiones sociales de la época? ¿una revolución en ciernes? ¿o acaso solo el sueño colectivo de una noche de verano, efímero y evanescente?

«¿Qué movimiento social podría tener un poder de convocatoria tan grande?»

Lo cierto es que los movimientos sociales tienen un componente indescifrable que los hace mágicos e imprevisibles, que surgen sin que se sepa realmente cómo, sin saber cuál es el auténtico mecanismo que provoca la ignición, cuál es el combustible que los alimenta, que vías utilizan para su rápida expansión… pero aquel tenía unas connotaciones diferentes. ¿Qué movimiento social podría tener un poder de convocatoria tan grande —sin la utilización de tuits o wasaps— como para que, por ejemplo, en el festival de Woodstock se llegasen a movilizar tantos jóvenes al unísono, conectados bajo el lema de tres días de paz, música y amor?, tantos como soldados participaban en la guerra de Vietnam. Probablemente el psicólogo norteamericano Timothy Leary, orador mesiánico de masas enfervorizadas y abanderado del LSD en los años 60, aquel que proclamaba: «enciéndete, conéctate, elige» (Turn on, tune in, drop out) como expresión de la expansión de la mente, y que soñaba con un mundo intercomunicado, hubiese flipado entonces de tener a su alcance las nuevas tecnologías disponibles hoy.

El medio siglo transcurrido desde aquel verano invita a una tentadora doble reflexión: ¿qué hubiese ocurrido hace 50 años de haber existido los poderosos mecanismos de intercomunicación actuales? o por el contrario ¿por qué hoy las redes sociales no constituyen un vehículo lo suficientemente potente para promover, instaurar y consolidar cambios profundos y sostenibles? y es que las últimas movilizaciones que conocemos en el siglo XXI carecen del halo propositivo de entonces, apenas pequeñas estrellas fugaces rutilantes que surgen constantemente como atisbos de un firme propósito de cambio, y que se extinguen con rapidez en la oscuridad por mor de la saturación de información y la dispersión de objetivos.

Hoy que todo es pesimismo y desaliento rememorar aquellos momentos es una oportunidad para la esperanza de un tiempo mejor por llegar, y aunque todo parezca confabulado para hacernos creer lo contrario no deberíamos perder la inocencia y la ilusión de perseguir un sueño imposible, la fe perpetua en un nuevo e interminable verano del amor. Wouldn´t it be nice!!!

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