Las ideas de cada cual

Antolín Dávila

Antolín Dávila (Vega de San Mateo, Gran Canaria, 1952) es graduado social, profesor de EGB, administrador de fincas y  funcionario de Administración Local jubilado. Ha publicado las novelas ‘Una orla para todos’ (1988) —finalista del Benito Pérez Armas 1986—, ‘La calle de la Concordia’ (1989) —finalista del premio Pérez Galdós 1988—, ‘El cernícalo’ (1989 y 2013) —premio Benito Pérez Armas 1988—, ‘El roble del olvido’ (1991) —finalista del premio Ateneo de Valladolid 1986—, ‘El eucalipto azul’ (por entregas, 1992/1993), ‘La sombra de los grillos’ (por entregas, 1993), ‘El amigo de humo’ (por entregas, 1994), ‘Alguien cabalga sobre su seno’ (1996) y ‘Una rosa en la penumbra’ (2007). En 1998 fue finalista del Benito Pérez Armas con ‘El inválido del obelisco’. También ha publicado los libros de cuentos ‘El caudillo de las sombras’ (1992) y ‘La feria de los lindos sueños’ (2006), además de relatos en ‘Fablas’ (1980), ‘Narrativa Canaria Última’ (1987 y 2001), ‘Retablo y geografía de cuentos canarios’ (1993), ‘Antología de relatos vasco-canaria 2.050 km. de palabras’ (2006), en el suplemento Cultura del periódico ‘La Provincia’ (desde el 29-11-1990 al 29-06-1995) y en otros medios de prensa tales como ‘Canarias7’, ‘Jornada’ y ‘La Gaceta de Canarias’. Premiado en el II Concurso de guiones radiofónicos de RNE con el programa de carácter músico-literario ‘Grafías al viento’ (1986). Además de este, ha escrito y presentado programas de radio como ‘Narraciones al atardecer’, ‘Música y poesía’, ‘Diálogos de nuestra tierra’ y ‘América canta’, entre otros.

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Llevaba pensándolo mucho tiempo. Él no era así, un parsimonioso que dejaba transcurrir la vida sin implicarse en algo por caro que le costara. Los proyectos se le agolpaban en la cabeza, de modo que ya era hora de hacer algo para satisfacer no solo sus ansiedades, sino sus ideales, también su ego que era grande o, más bien, desproporcionado para lo que significaba en su entorno.

Pronto se puso a la tarea. Tuvo claro enseguida que lo primero era buscar un lugar destacado donde cada vez que pensaran en él y en su obra lo relacionaran: envuelto en un sinfín de meditaciones,  se decidió por el risco Rozadera, porque desde aquel sitio tan vistoso no podría pasar desapercibido, es más, despertaría la atención de todos.

Salió de la ciudad de Camelias a media mañana con tres libros y dos reproducciones pictóricas sin enmarcar bajo el brazo. Pasó por el barrio de Entrecaminos sin decir adiós a nadie, tomó el camino empedrado hasta su final y cogió luego una de las muchas veredas que lo llevarían a lo más alto del risco. Los lugareños, extrañados, decían a su paso que no se había peinado ni lavado la cara.

Efectivamente, cuando vieron a Eufrasio de los Ángeles, pertrechado de libros y pinturas, subir al risco Rozadera, los comentarios se dispararon, no solo en el barrio más cercano de Entrecaminos sino por toda la ciudad de Camelias en general.

—El revolucionario está tramando algo, te lo digo yo.

—¿Y a dónde irá el loco este ahora?

—Cuidado que este es un hombre peligroso, capaz de implicar a uno en cualquier fechoría.

—¡Pero si dicen que es un hombre letrado!

—Quien mucho habla…

A lo lejos, con prismáticos potentes, desde la azotea de la casa cuartel, los guardias civiles no dejaban de vigilarlo un instante, ni se cansaban de anotar con detalle todos sus movimientos, por mínimos o intranscendentes que fueran, a lo largo del trayecto que seguía hasta su parada definitiva en aquel risco con forma de rozadera.

Después de media hora de camino cuesta arriba, puso los libros y las pinturas en el suelo y se sentó sobre una piedra en el mismo centro de lo más alto del risco Rozadera, y observó su entorno, primero echándole un vistazo al trayecto que había recorrido, fijándose a continuación en las casas diseminadas del barrio de Entrecaminos y finalizando con su mirada desparramada sobre la ciudad de Camelias, abajo, donde trató de distinguir la azotea de la casa cuartel de la Guardia Civil y llegó a divisar que había alguien seguramente vigilándolo, sin embargo, no quiso darle más importancia ni preocuparse por ello.

«La ciudad de Camelias sería la pionera del nuevo comunismo que él trataría de implantar, sin necesidad de divisiones y guerras»

Tomó una bocanada de aire, como si quisiera tragárselo todo. Cogió uno de los libros, el primero de los tres que había dejado apilados, y se centró en la lectura del diálogo de La República de Platón, donde se definía lo que más tarde se denominaría comunismo platónico.

Eufrasio de los Ángeles se extasiaba leyendo aquello. ¡La sumisión de toda propiedad privada a la propiedad de la ciudad! Sin duda que era fantástico. Ya estaba convencido de cual era el punto de partida, para cuando trajera a los jóvenes que pretendía aleccionar. La ciudad de Camelias sería la pionera del nuevo comunismo que él trataría de implantar, sin necesidad de divisiones y guerras, y desde allí se expandiría al resto de la nación. El risco Rozadera se transformaría en un auténtico santuario, el barrio de Entrecaminos y la ciudad de Camelias pasarían a formar parte de la historia y él, sin remisión, sería el artífice de esa nueva historia, convirtiéndose en un hombre valioso capaz de dirigir a las masas, o mucho más.

Estaba ilusionado. ¡Al fin encontraba un objetivo importante para su vida! Cerró el libro de La República de Platón y a un tiempo los ojos, para meditar. Le daba coraje no haber tenido mucho antes aquella iniciativa tan maravillosa. ¡Qué tonto había sido y cuántas necedades las suyas! A tientas, buscó en el suelo una de las reproducciones pictóricas que se había llevado, cogió la segunda, y sin abrir aún los ojos se la puso delante, la observó luego con detenimiento y, aunque ya la había visto en el momento de comprarla, se quedó admirado ahora: nada más y nada menos que se hallaba ante el líder comunista Mao Zedong declarando la formación de la República Popular China en la puerta de la ciudad prohibida en 1949.

—¡Podré ser un segundo Mao! —espetó a los cuatro vientos—. ¡En estos tiempos que corren, de vacío mental y pobreza de pensamiento, muy pronto me convertiré en un líder con miles de seguidores! —abundó a gritos espantando a un cuervo cercano que descendió risco abajo igual que un obús.

«por primera vez en su vida tenía una meta que alcanzar»

Se levantó. Abrió los brazos queriendo abrazar al mundo. De improviso se acordó de los otros dos libros que había llevado, los recogió, pero de inmediato se dijo que ninguna otra cosa merecía la pena, y los tiró al suelo. Estaba henchido de satisfacción, porque a partir de aquel instante por primera vez en su vida tenía una meta que alcanzar, no como hasta ahora que solo había estado dando palos de ciego y hablando sin ton ni son, pues notaba que más de uno lo trataba de medio loco o simplemente de imbécil.

De repente, en la soledad de la cima del risco Rozadera, se sintió libre y satisfecho consigo mismo. Echó una meada a los cuatro vientos y se recreó de cómo la brisa rociaba el terreno y le mojaba un poco los pantalones: una bandada de pájaros dio la impresión de querer acompañarlo en aquel solemne acto. Cogió los libros y las reproducciones pictóricas, y decidió regresar a la ciudad de Camelias por donde había llegado.

Pensaba, mientras descendía, que la vida era hermosa si se alimentaba. Aquellas veredas que iban quedando atrás le daban la impresión, en cada recodo, que constituían cada uno de sus fracasos en la vida, pero de igual forma percibía que tales fracasos ahora se convertían en hermosas iniciativas, que girarían todas en torno a su idea del comunismo y a la implantación que él, como principal artífice, pondría en marcha e inculcaría allá por donde fuera dejando sus pisadas.

«Un hombre, de bigote abundante, sombrero de paja y azada al hombro, de pronto, se le interpuso en su camino»

Terminó de bajar y cogió el camino empedrado que servía de acceso al barrio de Entrecaminos. Pronto, las lugareñas se habían puesto de acuerdo para asomarse a sus puertas y ventanas, dedicarse a barrer el camino con suma ansiedad, decirle adiós o regalarle unos buenos días, y cuchicheaban luego a sus espaldas de manera atropellada. Un hombre, de bigote abundante, sombrero de paja y azada al hombro, de pronto, se le interpuso en su camino, escupió delante de él y despotricó algo inaudible.

Estaba claro que su empresa no sería fácil, dedujo, pero la situación cambiaría cuando él, el dirigente llamado Eufrasio de los Ángeles, pusiera en práctica su modelo político de verdadero comunista capaz, en poco tiempo, de que aquel vecindario al completo dispusiera en común de todos los bienes que tuvieran, desde un pan a una bestia de carga, de modo que a nadie le faltaría cosa alguna.

La llegada a la ciudad de Camelias no pudo ser más preocupante. A la entrada, bajo el arco formado por unas buganvillas moradas, le esperaban, con mucho disimulo, un guardia civil y un policía municipal, quienes en principio no le dijeron nada, si bien, los dos le echaron una mirada amenazante; sin embargo, Eufrasio de los Ángeles, craso error, se paró ante ellos con la intención de dirigirles unas palabras de salutación.

—¿Por qué se para usted? Circule de inmediato —dijo el policía municipal.

—No. ¡Alto! ¿De dónde viene usted? —le espetó el guardia civil.

—Vengo… Vengo de pensar.

—¿Y usted piensa? ¿En qué piensa usted? —intervino de nuevo el guardia civil.

—Pienso en hacerles la vida más fácil a todos, a ustedes también.

—¡La que nos faltaba! ¿Y esos libros? ¿A quién ha robado los libros y los papeles pintados que lleva ahí?

—Nunca he robado nada a nadie, señor guardia civil. Son míos.

—No queremos verlo más por aquí, no lo olvide. Así que continúe su marcha —terminó espetándole el guardia civil.

«de ese modo podría convertirse en un líder, en un revolucionario amado por el pueblo»

Eufrasio de los Ángeles, con una serenidad digna de encomio, continuó camino de la calle principal de la ciudad de Camelias. Desde aquel momento, fue consciente de que su vida se le complicaría en gran manera; le quedaba claro que, para poner en práctica su comunismo, tendría que enfrentarse al poder establecido y eso iba a tener un coste personal muy grande para él; pero a pesar de todo, se sintió satisfecho, porque de ese modo podría convertirse en un líder, en un revolucionario amado por el pueblo como Mao Zedong.

Cruzó la calle principal. Tomó otra estrecha a la izquierda de casas blancas, techos con tejas y de una planta todas, salvo al fondo, donde destacaba una casona de dos pisos con un hermoso balcón de madera reluciente presidido por una bandera nacional. Entró rápido, tratando de evitar que lo vieran. Enseguida alcanzó el mostrador, detrás del cual estaba la joven bella de siempre llamada Genoveva, que le sonrió con agrado. Entregó los tres libros que llevaba junto al carné que sacó del bolsillo de la camisa: estaba en la biblioteca de la ciudad de Camelias, sintiéndose allí dentro tranquilo y protegido.

—Hace un rato estuvieron preguntando por ti —le dijo la joven con un tono como de protección.

—¿Ah, si? ¿Quién?

—Un guardia civil malhumorado. Me preguntó que si solías venir mucho.

—No te preocupes. Dime, Genoveva, ¿todos los libros que tratan sobre el comunismo están juntos?

—Solo hay un par de ellos, y están en el piso de arriba, en las estanterías del fondo donde cogiste el de La República.

Aquella chica siempre le había gustado, sin embargo, nunca se había atrevido a decírselo: quizá fuera un buen apoyo para su propósito, pensó; sin embargo, ni siquiera le dio las gracias, sino que tomó la escalera y se dirigió a la planta superior.

«no se atrevía a tomar la decisión que pensaba, más bien que necesitaba»

La estancia estaba vacía, solo un hombre bastante mayor literalmente dormía y roncaba ante un libro abierto virado al revés cuyo título y autores pudo leer, quedándose hierático, confuso y hasta asustado por la casualidad: Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels.

Dudó. Hecho un pasmarote, parado y con la mirada clavada en el título de aquel libro, no se atrevía a tomar la decisión que pensaba, más bien que necesitaba, pero el ruido de unos pasos subiendo la escalera lo hizo reaccionar: se acercó al hombre dormido, cogió el libro cuidando mucho de no rozarse con la mano que tenía extendida sobre la mesa y disimuló virándose para las estanterías.

—Buenos días.

Evitó contestarle a la mujer que acababa de entrar a la estancia, intentando que no lo reconociera, y raudo, igual que si de un ladrón se tratara, salió de allí, bajó la escalera y se dirigió a la muchacha encargada de la biblioteca.

—Hoy me llevo este solo. Gracias, Genoveva. Mañana pasaré a hablar contigo: tengo algo importante que proponerte. Adiós.

Eufrasio de los Ángeles salió de la biblioteca como si hubiera robado algo. Sujetaba el Manifiesto Comunista acariciándolo con la yema de sus dedos, porque estaba convencido de que sería la mayor prenda lograda en su vida. Entonces entró a su casa, pero ya dentro, tomándose un vaso de agua, se percató de su error: tenía que haber despertado y charlado con aquel hombre viejo, quien con su experiencia podría ayudarlo a conseguir su objetivo, sin embargo, la ansiedad por leer aquella joya de libro pudo más que su raciocinio.

No se le vio el pelo a Eufrasio de los Ángeles durante los siguientes dos días. La Guardia Civil y la Policía Municipal, por más que preguntaban a diestro y siniestro, no daban con su paradero. Y es  que aquellas cuarenta y ocho horas las dedicó, encerrado a cal y canto, a memorizar sin tregua el Manifiesto Comunista, planificando su estrategia para iniciar a la gente joven de la ciudad de Camelias en las bondades de la doctrina donde los bienes pasarían a ser de todos.

«mientras se acercaba, a Eufrasio de los Ángeles le pareció una preciosidad de mujer»

Aquel miércoles amaneció caluroso. A las diez en punto de la mañana llegó a la biblioteca municipal, aunque permanecía cerrada. Pronto, transcurridos apenas dos o tres minutos, apareció la bibliotecaria por la esquina de la calle: mientras se acercaba, a Eufrasio de los Ángeles le pareció una preciosidad de mujer, y casi llegó a decírselo cuando estuvo a su altura y se dieron los buenos días, si bien se abstuvo, quizá por miedo a fracasar en la petición que le iba a hacer después.

La muchacha abrió la puerta, y entró. Rauda, hizo lo mismo con las ventanas y encendió algunas de las luces de los rincones. Al regresar a su mesa, allí permanecía Eufrasio de los Ángeles abstraído, a la espera. Un silencio espeso se produjo de repente, pues él se hallaba ensimismado en la figura de Genoveva, con la mirada oscilante entre sus senos medianos y su cara linda.

—Tú dirás —le dijo la joven un tanto conturbada.

—Vengo a pedirte ayuda. Necesito que me dejes un listado de los jóvenes de Camelias que visitan la biblioteca.

—¿Para qué?

No sabía cómo decírselo. Tampoco se atrevía a contarle su proyecto y los pormenores, porque era consciente de que la implicaría de un modo u otro y podría acarrearle graves consecuencias: al fin y al cabo la amaba ya, sin duda; pero no supo contenerse, su ilusión y sus ansias pudieron mucho más.

—Pronto, muy pronto, me convertiré en el revolucionario más grande de la historia de esta ciudad y de toda la nación. Pasaré a ser el artífice de una revolución que promoverá la abolición de la propiedad privada burguesa, y todos seremos más iguales y más felices.

—¡Estás loco! —replicó Genoveva con una mirada orgullosa—. Anda, dame una semana y te prepararé ese listado. Espero que no se convierta en mi perdición. Te lo doy el próximo martes.

«se leyó tres veces el Manifiesto Comunista y lo subrayó casi todo»

No desaprovechó aquella semana Eufrasio de los Ángeles, al contrario, se leyó tres veces el Manifiesto Comunista y lo subrayó casi todo. Decidió que el día ideal para llevar a cabo la concentración sería el sábado siguiente, y cuando miró el calendario para ver la fecha se quedó estupefacto: su gran momento caía nada más y nada menos que un 18 de julio.

Apenas salía a la calle, para evitar toparse con la Guardia Civil, pero el día que recogió el listado citó a cinco jóvenes que consideraba como de su misma cuerda, a quienes encargó encontrar seguidores para que se unieran a la causa. Preparó un discurso. Pensaba una y mil veces en el reconocimiento y el aplauso ajenos, siempre teniendo al lado a una feliz y orgullosa Genoveva. Dormido soñaba y despierto se imaginaba que posaba ante el pintor más importante de la nación saludando a las masas que lo veneraban, igual que si de Mao Zedong se tratara.

El viernes, por la tardecita, Eufrasio de los Ángeles recibió la visita inesperada de Genoveva, quien le pidió que tuviera cuidado porque los tiempos estaban difíciles, advirtiéndole que había mucha mala gente y más traidores, que incluso el alcalde estuvo preguntado por él, diciéndole además que ella lo apreciaba mucho, ocultándole sus sentimientos.

Algo raro estaba ocurriendo aquel sábado justo al mediodía. Una hilera de jóvenes y menos jóvenes portando banderitas con la hoz y el martillo, al frente de la cual iba Eufrasio de los Ángeles con un libro en la mano, emprendía en el más absoluto silencio una marcha desde la plaza principal de la ciudad de Camelias en dirección al barrio de Entrecaminos.

«Nunca se había sentido tan importante»

Nunca se había sentido tan importante Eufrasio de los Ángeles. Jamás creyó que pudiera responder a su iniciativa tanta gente, aunque tampoco eran tantos, quizá entre veinticinco y treinta. No tardó el camino en dejar de estar empedrado y en hacerse pedregoso y empinado, empezando todos a subir por aquel laberinto de veredas en dirección al risco Rozadera. Más pronto que tarde empezaron a escucharse sirenas en la ciudad y, enseguida, bajo los prismáticos de la Guardia Civil, comenzó a aparecer un hormiguero de gente que ascendía montaña arriba.

El sol estaba en lo más alto: muchos llegaron al risco Rozadera con la lengua fuera. Unos se sentaron en la primera piedra que encontraron y otros se tumbaron a ras de tierra. Todos esperaban las palabras de Eufrasio de los Ángeles, quien manoseando el Manifiesto Comunista, con la cabeza agachada y el aliento contenido, dudaba entre sacar el discurso que había escrito  para leerlo o dirigirse con sencillez a sus seguidores.

«Y no pudo decir nada más Eufrasio de los Ángeles, porque se quedó sin voz»

Saludó con el puño en alto: una, dos y hasta tres veces. Una lágrima se le escapó mejilla abajo. En un tono muy moderado, dio las gracias a los presentes y predijo que aquellos instantes constituirían los más culminantes de sus vidas, pues al partir de allí camino de sus respectivas casas nadie podría sentirse pobre y marginado, sino un igual, ya que ellos, los proletarios, iban a luchar para que la burguesía acabara esfumándose desde que tuviera que compartir sus riquezas con los demás. Y no pudo decir nada más Eufrasio de los Ángeles, porque se quedó sin voz al ver que seis guardias civiles, que llegaban asfixiados al risco Rozadera, encañonaban a diestro y siniestro con sus pistolas reglamentarias.

Aquella tarde nadie durmió la siesta en el barrio de Entrecaminos ni en la ciudad de Camelias, porque todos los vecinos se hallaban apostados en las puertas de sus casas  y aquí y allá viendo, con una pena infinita, aquella formación en línea como si fueran presos de guerra camino de la casa cuartel de la Guardia Civil.

—¿Creíste que dormía, verdad? No me debiste robar ese libro. ¡Las ideas no son para los ilusos, mentecato! ¡Yo lo custodiaba para que ningún idiota como tú pudiera leerlo!

Mientras la hilera de detenidos avanzaba calle principal adelante, a la altura de la biblioteca y justo cuando pasaba cabizbajo  y lloroso Eufrasio de los Ángeles, en la acera de enfrente una triste y enamorada bibliotecaria lloraba sin consuelo y un hombre mayor gritó aquellas cuatro frases cargadas de resentimiento.

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