El perenquén volador

Agustín Gajate

Agustín Gajate Barahona (Santa Cruz de Tenerife, 1963) es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha desarrollado su trayectoria profesional durante tres décadas en diferentes medios informativos y en la Unidad de Prensa de CajaCanarias. Autor de los libros de poemas ‘Nada, nadie, ninguno’, ilustrado por el artista tinerfeño Paco Palomino, y ‘Achicaxna xaxo agual. Palabra de momia paria. 110 poemas y 9 grandes silencios en lengua guanche’, editado conjuntamente en 2013 por Ediciones Aguere y Ediciones Idea. A raíz de esta última publicación, crea el blog Achicaxna Xaxo Agual, donde difunde con regularidad relatos y textos relacionados con la cultura guanche, el periodismo, la literatura y diferentes temas de actualidad. En enero de 2017 publica su primera novela, ‘Los cimientos de Gomorra’ (Aguere-Idea). Participó con el ensayo titulado ‘Boceto del autor distante. Una reflexión sobre la función social del escritor en Canarias’ en el volumen ‘Un panorama crítico’ de la colección Nuevas Escrituras de la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias; al igual que los relatos ‘Mátrix Año Cero’ y ‘El coleccionista’, dentro del libro-disco ‘Laboratorio mediático’, editado por Lagenda. También ha sido coordinador editorial y escritor, junto a otros autores, de los volúmenes ilustrados ‘Historia gráfica de la lucha canaria en Tenerife. Siglo XX’ y ‘Cincuentenario del Santa Cruz Club de Lucha’.

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Las obras habían empezado hacía pocos días en una vivienda de la última planta de aquel altivo edificio de arquitectura vanguardista pasada de moda. Unos nuevos dueños y una nueva hipoteca se habían instalado dentro de aquellas polvorientas paredes impregnadas todavía del vetusto gotelé original, mientras iban desapareciendo los desgastados pero resistentes suelos de granito, cubiertos ya casi en su totalidad por piezas de cerámica de diseño, adquiridas a precio de ganga en un establecimiento que anunciaba liquidación de existencias por cierre del negocio.

Por eso, la mayoría de los materiales necesarios para la reforma, así como parte del nuevo mobiliario, la bañera y los sanitarios, se encontraban apilados en el centro del amplio salón, a modo de anárquica isla, integrada con elementos que prometían conjuntarse en mejor armonía cuando fueran colocados allí donde pudieran cumplir la función para la que fueron diseñados y fabricados.

Los nuevos dueños llevaban días desesperados por la lentitud con la transcurría el proceso y buscaban por los recovecos de aquella isla lo que no eran capaces de encontrar en las habitaciones o en las otras dependencias, como si fuera posible que algún objeto, herramienta o papel tuviera la capacidad de trasladarse mágicamente en busca de refugio hasta aquel irregular y parcialmente inestable montículo misceláneo.

Una tarde, una mano abrió una gaveta del mueble destinado a soportar el lavabo de uno de los baños y se encontró con una agradable sorpresa: un pequeño perenquén, de unos cuatro o cinco centímetros de largo entre el hocico y la punta de la cola. Miraba sin el miedo de quien está descubriendo el mundo carente de prejuicios y complejos, aunque todavía un poco confuso por la fuerte luz que invadía hasta entonces su oscuro escondite.

La mano se temió lo peor: que el devenir de la reforma acabara por sepultar o aplastar a aquel extraordinario ser, que presagiaba buenos augurios si decidía quedarse en el futuro hogar, con la misión natural de librar a la familia de molestos insectos. Por eso, buscó un papel para trasladarlo a un lugar abierto, donde no estuviera previsto realizar obras al menos durante un tiempo, como el balcón.

Aquella vivienda iba a ser habitada por gente ilustrada, como también lo eran la mayoría de los vecinos de la escalera, por lo que la superficie desgarrada de una hoja de periódico fue la escogida como medio transporte físico y no sólo de conocimientos o información. La mano ofreció el fragmento al perenquén, que dudo en principio en subirse, pero acabó aceptando ante la insistencia y el empuje de aquella efímera pero contundente muestra del cuarto poder. Con dos ágiles y serpenteantes movimientos de abdomen, se subió al papel impreso y quedó sujetó al mismo con sus minúsculos dedos con forma de ventosa.

La mano protectora lo llevo hasta el borde de una jardinera yerma, para que reposara allí y pudiera decidir su próximo destino, cuando una ráfaga de viento lo elevó y lo invitó a disfrutar de una nueva experiencia. El perenquén ni se inmutó, como si supera que había sido elegido para esta aventura y comenzó a hacer acrobacias aéreas impulsado por la brisa, volando boca abajo y dando múltiples giros en espirales ascendentes y laterales sin marearse, hasta que se fue alejando y se perdió de vista.

Comenzaban los años 90 y nunca más se supo de aquel pequeño perenquén en el altivo edificio de arquitectura vanguardista pasada de moda, aunque otros perenquenes llegaron a habitar aquel hogar. Sin embargo, durante esa década y la siguiente, algunos viejos vecinos de otros barrios de la gran ciudad de la bahía recibieron tratamiento por parte prestigiosos médicos psiquiátricos, tras afirmar que habían visto a perenquenes subirse en hojas de papel de periódico y despegar con ellas del suelo con rumbo a lo desconocido, como si de pilotos de alfombras voladoras se tratase.

Hubo años en los que estos distinguidos catedráticos e investigadores de la salud mental estuvieron alarmados por el número de casos detectados, que llegaron a alcanzar proporciones de pandemia (que fue prudentemente ocultada al resto de la sociedad y a las autoridades para evitar efectos contagiosos nocivos), sobre todo entre los ociosos pero observadores octogenarios internados en residencias para la edad terciaria, tal y como quedó registrado en las actas de importantes congresos científicos internacionales a los que fueron invitados en el extranjero como aplaudidos ponentes. Hasta que llegó la crisis de la prensa y la gente dejó de comprar periódicos y comenzó a enterarse de las noticias por Internet.

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